Crepúsculo conyugal

La versión más descarnada de lo melodramático contemporáneo. Aquel martes después de Navidad trae renovados aires al abanico temático del nuevo cine rumano.

Reseña publicada en la edición impresa del número de octubre.

 

Gracias al visionado de películas como Police, Adjective, La noche del señor Lazarescu4 meses, 3 semanas y 2 días, nos acostumbramos a percibir la oleada panorámica del cine rumano como un novedoso modo de hurgar sobre una realidad pasada candente, como la noticiabilidad de una sociedad que se halla en la tarea de repensar, de abducir de su memoria la figura despótica (más o menos explícita) del destronado presidente comunista Nicolae Ceausescu. En ese contexto, Aquel martes después de Navidad agrega al joven cine rumano su cuota más intimista, de disección clasemediera. El film plantea sin titubear un conflicto amoroso-existencialista enmarcado en un melodrama doméstico, en el que el mapa afectivo de una pareja de jóvenes burgueses se verá alterado cuando uno de ellos confiese mantener una relación extraconyugal. Son los días previos a la Navidad y para Paul -un hombre de finanzas- esa fecha se impone como una desequilibrante cuenta regresiva en la que tendrá que decidir –de manera demasiado racional y prudente- cortar con su matrimonio y recomenzar su vida amorosa con una nueva mujer. En esas vísperas festivas se tensan todas las cuerdas narrativas que conducen a este triángulo amoroso a la inminente disrupción.

 

Por la economía gestual de sus actuaciones, por sus diálogos de tinte “familiar”, por sus sobrios movimientos de cámara, hay en Aquel martes después de Navidad una búsqueda de un naturalismo radical, de obsesiva pretensión mimética.El film recala en su intenso verismo con un prólogo inigualable, en una de las mejores escenas de cama que se hayan filmado nunca. La cámara de Muntean muestra de manera frontal a una pareja desnuda (Paul y la joven Raluca) en sus jugueteos post-coito, en sus conversaciones intrascendentes, en su complaciente distensión. La situación -que se dilata durante casi ocho minutos sin cortes de montaje- nos deja entrever poco a poco el tipo de relación que une a los personajes, la sospecha de una intimidad emancipada del tiempo y el espacio circundantes. Y el corte que nos lleva a la próxima escena nos brindará la extrañeza de ver a nuestro personaje acompañado de otra mujer (su esposa Adriana) en situación familiar haciendo las compras navideñas en un shopping céntrico. Con esas sorpresas sutiles, esas pequeñas revelaciones que van sumando tonalidades a sus protagonistas gradualmente, Aquel martes después de Navidad construye la arquitectura intrigante de un crepúsculo conyugal, como si estuviéramos frente a un modesto film de enigmas que se monta sobre una adulterada “novela del corazón”. Radu Muntean vertebrala psicología de sus personajes por medio de mínimos datos, de un análisis racional del desgaste amoroso retratando el quiebre, la fisura como parte de una resignada e irreductible lógica interna en la moralidad de los amantes. Hay pocas escenas exaltadas en las cuales nuestros héroes descargan sus virulencias, sus frustraciones. El resto es demasiado conversado y racionalizado como para pensar en una especie de diplomacia de los lazos sentimentales; lo que tal vez signifique un pequeño adiós al melodrama confitado con violines y un paso hacia un romanticismo todavía más descarnado por su austeridad.

 

Con la obra de Radu Muntean la atractiva cinematografía rumana repliega su especificidad de conflictividad nacional (Ceausescu, el fracaso de la revolución, la abigarrada salida democrática) para volverse más universal, yendo hacia la microficción para trabajar temas como la infidelidad, las relaciones matrimoniales y la imposibilidad de la institución familiar.