Déjame duplicarte

Hollywood lo hizo de nuevo: copiar un modelo, despojarlo de todo su encanto inicial, y lograr multiplicar los ingresos. A raíz del estreno de Déjame entrar, versión yanqui de la original sueca Criatura de la noche, trazamos los orígenes de un problema y señalamos en qué no se parecen.
Déjame entrar, de Matt Reeves
Déjame entrar, de Matt Reeves

¿Qué ha sucedido en los últimos 15 años que Estados Unidos se ha convertido en una usina productora de remakes de películas extranjeras? Al lado del fenómeno rampante de reciclaje, y apropiación general de propiedad intelectual, encontramos el nuevo caso de películas internacionales con un modesto o notorio éxito en su mercado de origen, filmadas de nuevo para consumo local.

Hay una explicación simplista y bastante aburrida que podría rezar que lo que hacen es pura y llanamente apropiación y reconfiguración cultural. O sea, sería la crítica de izquierda: Estados Unidos está agotado como productor de arte y se apropia de productos externos, re-escribiéndolos porque su perezosa ciudadanía no está dispuesta a bancarse nada con subtítulos, tal es su desconocimiento del mundo exterior.

Esta hipótesis es atractiva pero también un poco fútil, estereotipada y sobre todo vieja. Si observamos los ejemplos más descollantes, en general vemos que las películas adaptadas pueden ser, de algún u otro modo, encasilladas dentro del “género”. El fenómeno se evidencia en películas policiales (Los infiltrados, basada en una película hongkonesa, Criminal, la adaptación de Nueve Reinas), en el terreno del thriller y la película de acción (El turista, Noches blancas, Horas de terror) y, sobremanera, en la película de terror, el cual puede ser considerado el hilo inicial de este fenómeno. Porque fueron las adaptaciones de películas japonesas de terror las que permitieron vislumbrar un mercado. Uno de los puntos de venta principales de estas, la de un extremismo que se asocia a lo extranjero, se convertirá en uno de los discursos publicitarios más asociados a estas remakes.

Sin embargo, lo que ordenado por género parece claro, oculta dos realidades: por una parte las adaptaciones “de qualité” que son moneda común desde hace mucho tiempo en Hollywood (piénsese en Los siete magníficos, Esencia de una mujer o Un ángel enamorado); una tradición que la industria defiende orgullosamente. Por otro lado, la reconversión de aquello que en su origen ya era marginal o genérico. Ese es un ejercicio al que la industria norteamericana del cine se ha dedicado con vigor en los últimos 20 años.

La hipótesis que nos atrae aquí es la siguiente: esto es el efecto directo de la decadencia (al menos cuantitativa) del verdadero cine genérico norteamericano, aquel representado por gente como Roger Corman, Charles Band o John Carpenter. Ese cine ha desaparecido, la brecha digital ha vuelto demasiado anticuados sus métodos de filmación. Por eso ya no se hacen buenas películas de monstruos de bajo presupuesto pero sí películas de tortura. Los films exploitation son ridículos y sólo subsisten en una cofradía de fanáticos que mantienen vivos los clichés del género. Pero han formado incontables generaciones de adolescentes norteamericanos. Hoy, ese nicho se ha cubierto con adaptaciones baratas de películas extranjeras bancadas por estudios medianos y grandes que dan ganancias modestas.

La máquina duplex

Todo esto viene a colación del estreno local de Déjame entrar (Let me in), la adaptación norteamericana de la película sueca Criatura de la noche (Let The Right One In). El motivo, seguramente, era aprovecharse del fenómeno vampírico desatado por la saga Crepúsculo con un producto que tenía credenciales de heterodoxia y calidad.

La adaptación es una copia casi literal de la película original, pero subrayando todo aquello que en la primera estaba sugerido  y con mucho menos del ambiente ominoso, espeluznante y repulsivo que tenía ésta. La historia sigue siendo sobre un niño maltratado por la vida que desarrolla una relación con una joven vampiro que se muda al lado de su casa. Sigue transcurriendo por los  mismos carriles de alienación juvenil, más terror de pueblo pequeño. Pero, por ejemplo, la ambientación en los años ochenta no tiene ningún asidero, más allá de la eliminación de teléfonos y computadoras que hubiesen hecho la alienación del protagonista mucho menos plausible.

Lo peor es el modo en que todo aquello que daba pavor en la original aquí está tan convencionalizado que simplemente parece otro mecanismo en la ejecución de una película de vampiros más. Lo terrible de Déjame entrar es que la amistad entre el niño y la vampiro encierra en sí misma el más espantoso de los destinos. Y que el final no es para nada feliz. Eso en Criatura de la noche está subrayado y resaltado y escrito con letras gruesas de molde. Hasta en el jingle que repite el protagonista.

Si al menos todo esto estuviese contado con un poco más de nihilismo monomaníaco quizás sería más divertida, pero en su afán de copiar al modelo, se vuelve predecible y lenta. Para quien ha visto la original, directamente es un viaje a lo más profundo del aburrimiento. Es el clásico problema de querer hacer todo: desde una película romántica con nostalgia de los ochentas, hasta una película de vampiros de ojos blancos pasando por una aguda deconstrucción de la película de vampiros.

Y es una lástima y un caso de estudio interesante, porque demuestra cómo, manteniéndose narrativamente fiel al producto original, una remake se las ingenia para simplificar y volver trillado algo que originalmente tenía un algo extra, producto de otra sensibilidad, suficiente como para llamar la atención de quienes lo adaptaron.

 

 

 

 

La comparación en números

Sobre los cofres llenos de oro

Los números parecerían darle la razón a la industria del remake. Si bien Déjame entrar costó 5 veces lo que costó Criatura de la noche (20 millones de dólares contra 4 millones), también recaudó el doble (22 millones de dólares contra 11). Esta recaudación proviene mayormente de Estados Unidos, país donde, de la película sueca, sólo circularon 4 copias el fin de semana del estreno, contra 2021 del film adaptado. Esta ínfima cantidad de copias también explica los magros 2 millones de dólares de su recaudación. La remake recuperó los costos antes de considerar el lucrativo mercado de DVD y Blu Ray y cumplió una función fundamental en el país que la encomendó: llenar asientos, salas y brindar entretenimiento rápido.