Exiliado del tiempo

Tras el relativo éxito de Flores rotas, Jim Jarmusch confirma su relación esquiva con la industria haciendo la que probablemente sea su más radical obra. Un ¿falso? thriller que se detiene en la mirada poética de los detalles, en la contemplación y en el ascetismo militante de su peculiar protagonista.

Ni bien empezada la película, el asesino que interpreta el marfileño Isaach de Bankolé se mira en un espejo con la misma firmeza de los ladrones de Jean-Pierre Melville, uno de los cultores más importantes del policial francés. Pero Jarmusch no hace cine de género, y ese mirarse del protagonista va a ser el primero de los muchísimos momentos contemplativos que pueblan Los límites del control. El guión (también de Jarmusch) apuesta a un relato fragmentado y lleno de lagunas, y aunque al principio parece establecerse algo así como un conflicto (cuando a De Bankolé le asignan una misión) a los pocos minutos queda claro que el interés de la película está bien lejos de una típica trama de suspenso. La cámara acompaña al personaje durante sus paseos por Madrid y Sevilla y escudriña sus llegadas y salidas del hotel, cómo se levanta a la mañana, sus ejercicios de meditación, la manera en que se viste, el ritual de pedir dos cafés juntos (y tomar uno sólo de ellos, casi siempre el de la derecha), sus excursiones breves al museo, o sus viajes en tren y avión. Pero de acción propiamente dicha, no hay nada. Casi haciéndose eco de lo que comenta el personaje de Tilda Swinton sobre el cine y su capacidad para captar la vida de una época a través de los detalles, Jarmusch mira y retrata cuidadosamente los pequeños gestos y contactos que conforman la existencia diaria del hitman, y pone especial atención en el mundo que lo rodea.

Como Allie, el protagonista de Permanent Vacation (la ópera prima de Jarmusch), DDe Bankolé asemeja un flâneur en versión nuevo milenio cuyo único interés parece ser el de recorrer sin rumbo fijo las calles de la ciudad.Aunque el personaje de De Bankolé parezca más un turista que un asesino a sueldo, Jarmusch nunca se decanta por el turismo visual tan de moda en mucho cine mainstream: las calles españolas no tienen ni una pizca de pintoresquismo, y fuera de un grupo de flamenco y las visitas al Reina Sofía, Madrid aparece despojada de cualquier atisbo de estética for export (en gran medida, gracias a la elegancia sin aires de exotismo de la fotografía de Christopher Doyle). Esa falta de destino preciso del personaje también se percibe en otras de sus actividades y acaba por instalar un fuerte clima de vacío, pero vacío entendido no como carencia sino como despojamiento y armonía. Algo de esa noción de armonía viene a reforzar la figura recurrente de lo circular, presente en las formas redondas y equilibradas del hotel sin líneas rectas en el que se hospeda De Bankolé, en el plano siempre balanceado de los dos cafés (dos círculos, uno lleno, el otro vacío) y en las curvas pronunciadas del cuerpo desnudo de Paz de la Huerta. También las frases (porque es imposible hablar de diálogos) que los otros personajes dicen, están plagadas de referencias místicas, como “la vida no vale nada” o “todo punto de vista es arbitrario”. Así las cosas, el asesino habita un mundo que se ofrece generoso a la contemplación y en el que un entramado de signos ambiguos (helicópteros, cajas de fósforos, guitarras antiguas) revela al protagonista el críptico camino a seguir para llevar a cabo su trabajo.

Como un Hansel que reconstruye el trayecto de migajas que lleva a una casa que no existe, De Bankolé desentraña el sentido oculto de esas señales hasta dar con su blanco. Su objetivo (como era de esperarse) toma la forma de un impecable e inverosímil Mcguffin, como si ese target último fuera la excusa insignificante con la que Jarmusch construye una película que gira insistentemente sobre el vacío, y para la que un asesinato vale menos en términos de cine que un viaje en tren y el paisaje que se ve pasar por la ventanilla.