Las chicas están bien

Cine indie norteamericano del mejor, directo al mercado hogareño. Con un elenco notable (Rebecca Hall y Catherine Keener, incluidas) y con varios pergaminos detrás, lo último de la directora de Amigos con dinero, Nicole Holofcener, es una película tan desencantada como bella.

Nicole Holofcener hace un cine de riesgo: el menor paso en falso alcanzaría para convertir sus películas en un comentario aleccionador sobre las miserias cotidianas de una clase media conflictuada. Pero con su último film la directora viene a demostrar una vez más que lo suyo es otra cosa. Saber darindaga en la intimidad de los personajes sin llegar nunca a juzgarlos o explicarlos: sus criaturas son fascinantes justamente por esa dosis de opacidad con la que cargan, siempre impermeables al desglose de la psicología. Kate compra y vende muebles, por lo general a familiares de personas mayores recién fallecidas, y sufre un repentino ataque de culpa cuando toma conciencia de que se está aprovechando de sus clientes. Es que, en pocas palabras, compra muy barato y vende carísimo. Al mismo tiempo, tiene la rara costumbre de darle plata a la gente pobre que ve por la calle, y también busca trabajos voluntarios en lugares como geriátricos con pacientes terminales. La ecuación típica sería: trabajo cuestionable más culpa, igual deseo de redimirse. Pero la depresión honda de Kate y su búsqueda infructuosa son siempre un misterio: podemos tratar de adivinar la causa de su tristeza o los motivos de su singular generosidad, pero eso sería despojarla del secreto de su encanto.

En Saber dar vuelve el universo urbano típico de la directora, donde el trabajo define a los personajes y el dinero es un tema recurrente que ocupa las mentes y las charlas. Lo cotidiano no aparece plasmado en rutinas aburridas y repetitivas sino en rituales como comprarse ropa, invitar a los vecinos a comer o hacerse un tratamiento facial para el acné. Sin embargo, si algo distingue a Saber dar de la obra anterior de Holofcener es su insistente y despiadado humor negro. No es raro que la película suya que más dialoga con la muerte (en Saber dar se habla de muertes naturales, suicidios, enfermedades, operaciones) sea también la que más se permite hacer chistes sobre el tema, como si para los personajes la única forma de medirse con el fin de la vida fuera esgrimiendo una sonrisa cínica y esperanzada a la vez.

Además de urbano, el mundo de Saber dar es netamente femenino. Rebecca hace mamografías, su hermana Mary trabaja en un spa y Andra, la abuela de las dos, se la pasa sentada en su casa esperando la muerte. Kate tiene una hija adolescente, Abby, y las dos viven al lado de Andra, esperando ellas también que la vieja se muera para poder ampliar el departamento. Rebecca está sola pero una de sus pacientes mayores le gestiona una cita con su nieto. La gran figura masculina de la película es Alex, el marido y socio de Kate. Pero Alex es un tipo más bien pasivo: en la mueblería no hace mucho, su affaire con Mary casi lo inicia y termina ella, y hace feliz a su hija comprándole cosas. La maravilla de ese universo femenino (pero nunca feminista) en constante movimiento que se lleva puesto a los pocos hombres que lo habitan reside en que la directora lo retrata sin ánimos de aleccionar o explicar: solo así Mary puede ser tan cruel, Alex engañar a su esposa de manera impune, o Rebecca ser tan hermosa y simpática pero no tener novio. Saber dar se desliza a un ritmo apacible y lánguido, sin sobresaltos, escapándole a la tragedia y a la enseñanza de vida por igual, haciendo del cine un lugar de calma y seguridad desde el cual observar la ciudad y sus personajes y, en el camino, capturar algo de su belleza.