Las malas herencias

El recuento de los daños

Ninguna  tragedia de las que me interesan hubiera podido entrecruzar mejor política, tragedia e historia que la de Edipo.

La tragedia de Sófocles tiene toda una trama que está del lado del policial,  y es un relato clásico. A mí me interesaba pensarlo junto con lo que pasó acá en la dictadura,  porque lo que sucedió tiene una línea muy parecida a la de Edipo: pasaron más de 30 años y todavía hay consecuencias.

Por otro lado, los griegos me interesan mucho. Yo me siento  más cercana a su cosmovisión que a nuestra cultura judeo-cristiana. Sobre todo por cómo se relacionaban con  la culpa y la responsabilidad: para ellos no se trataba tanto de culpa sino de responsabilidad, y eso creo que tiene que ver con nuestra historia. La culpa no le sirve a nadie, es una interpretación fácilmente rebatible y manipulable; en cambio, la responsabilidad que cada uno tuvo y tiene es un hecho, un elemento demasiado contundente. En ese sentido soy griega: a los hechos me remito, si uno hace las cosas mal, más allá de la interpretación, ese daño que uno produce va a tener consecuencias que se van a manifestar antes o después y eso no se puede controlar.

 

La película se refiere, no sólo al legado que esos años nos dejaron en cuanto a las desapariciones humanas, sino también a la destrucción de toda una matriz socioeconómica.

 

Claro, por eso también entra el tema de lo económico y laboral. No se puede separar nuestra realidad económica y nuestra realidad laboral de lo demás, está todo dentro de una responsabilidad. La dictadura produjo daños en todos los aspectos, los más graves ya sabemos cuáles fueron. Pero hubo muchos otros, y que persisten. La propuesta es, entonces, salir de la culpa y empezar a pensar más en la responsabilidad.

 

En casi todas  tus películas hay cierta “opción por el artificio”. En El recuento…esto permanece pero a la vez  hay una narración bastante más clásica que en las anteriores ¿Cómo trabajaste esta combinación?

 Para mí esta película necesitaba de un cierto tipo de marco y de relato donde todo esto se entendiera. Si hacía algo totalmente abstracto, lo que yo quería que la película trabajara, no se iba a terminar de comprender.

Y fue todo un desafío porque mis otras películas eran más libres en ese sentido: Como pasan las horas era una tragedia familiar en el medio del campo y Extranjera buscaba a conciencia situarse en un plano atemporal justamente para poner en evidencia que eso pasó y va a seguir pasando. En El recuento… yo tenía que situar todo, y eso me obligó también a manejar la información que daba en la película de un modo distinto a cómo lo hice en las otras dos. Pero a la vez  tenía que mantener el estilo que  me representa como narradora, sin olvidarme de que mi elemento primordial en ese terreno es la cámara. Si para el tipo de cine que me interesa hacer (y ver) no logro narrar las sensaciones y los climas con  la cámara y con  el sonido, entonces no funciona, aunque lo llene de diálogos.

Por eso traté de trabajar con la subjetiva indirecta libre ya que la película no hace subjetivas de los personajes pero se basa en una puesta en escena que permite saber lo que los personajes sienten, sin la necesidad de que lo digan. Esta película fue más compleja porque tuve que buscar el punto de equilibrio entre narrar y que no se produjera una redundancia que no quería.

 

Tres de tus cuatro películas estuvieron en el Forum de Berlín y pasaron por diferentes ediciones del BAFICI ¿Te sentís más cómoda con ese circuito de exhibición? ¿Qué expectativas tenés con respecto al estreno comercial de El recuento de los daños?

Si la película se abre a un circuito comercial mayor, sería una gran felicidad porque podría ser vista por más espectadores. Pero si tengo que ser franca, desde el momento en el que mis películas no especulan con la cantidad de dinero que voy a ganar, porque no surgen de ese pensamiento, mal haría yo en pretender que sean hits comerciales porque sería deshonesta conmigo misma y con el mundo.

Pero me parece que hay muchísimo más público para mis películas que el que supuestamente hay, lo que pasa es que en Argentina no hay un dispositivo creado que permita difundirlas y sostenerlas con los medios económicos que tenemos.

Al no haber inversores que se animen a hacer cierto tipo de difusión, mis películas se mueven con los medios que disponen.

Quizás algún día se me ocurre una idea que me encanta y además  es hiper comercial y será bienvenida. Pero actualmente no se me ocurre. También, sucede que se fabrica esta imagen de “el cine independiente”, que es lo que la industria te vende,  y yo sola no puedo hacer nada contra eso. Solo puedo seguir haciendo películas y encontrarme con algunos espectadores que siempre me hacen devoluciones buenísimas.