Plástico, destrucción y esperanza

Toy story 3

Con motivo del estreno en DVD de su tercera entrega, repasamos el derrotero emocional de una saga que nos sigue conmoviendo y alegrando por igual, sí, pero que también gusta de coquetear con traumarnos y sumirnos en la más cruel tristeza.

Es difícil percatarse que ya pasaron 15 años desde la primera Toy Story, que existió un momento en donde el cowboy Woody y el astronauta Buzz no formaban parte del cine y la infancia. Es increíble, incluso, que Pixar se haya tomado todo ese tiempo en armar una trilogía con cariño, preocupación y amor a sus personajes. 

A lo largo del tiempo, sin embargo, ha cambiado la tonalidad emocional de la saga. Ojo, siempre trató sobre temas peliagudos: crecer, la pérdida, el desamor, la posible y terrible realidad de que los juguetes tengan vida y sentimiento (habría que analizar la tendencia de la juventud veinteañera a tener juguetes como adorno en sus casas como consecuencia de su visión de Toy Story 1). Pero, con el paso del tiempo, con la maduración de Pixar y su evolución hacia una oscura visión del cine para niños, las películas de Toy Story fueron aderezando los frecuentes momentos hilarantes con escenas cada vez más tremendas y descorazonadoras.

En la primera nada podía salir muy mal: era solo la competencia entre Woody y Buzz lo que determinaba el conflicto pero, a pesar de que había algunos indicios de abandono (los juguetes Frankenstein) se sabía que, al final, iban a volver con su dueño, acogedores y felices. En la segunda, cuatro años después, las sombras eran más largas, la figura de Stinky Pete un futuro tangible, y sin embargo ese porvenir era rebatido con buena voluntad y amor. La película que nos compete es ya un tour de force a las profundidades del abandono y la tristeza que sin embargo logra resurgir gracias a sus personajes, sus enormes personajes, y a un mensaje absolutamente optimista.

Andy se tiene que ir a la universidad y, obviamente, no puede llevarse los juguetes. Desde sus primeros momentos, donde vemos un baúl en el cual solo un puñado subsisten, la película no tiene ningún prurito en mostrar su apocalipsis. Son tan perversos que, aprovechando el paso del tiempo y el envejecimiento de quienes fuimos niños cuando se estrenó la primera, muestran con lujo de detalles aquel final espantoso que solía ser una lejana amenaza. A partir del momento en que los juguetes son expulsados de su hogar, la película comienza a sumar nuevos formatos de desamor. Porque básicamente ese es el crux de toda la serie: los juguetes tienen que ser utilizados, amados, puestos a disposición de la imaginación de un niño. Las otras elecciones son una extraña forma de media vida (coleccionismo, olvido) o la destrucción.

Los juguetes no pueden morir, pero son mucho más frágiles y las maneras en que pueden obliterarse, más amplias. Haciéndose eco de aquella tradición cruenta y subterránea del cine infantil, es una película que habla sobre la muerte. Y quizás lo haga porque sabe que quienes vieron la primera Toy Story inocentemente, probablemente ya hayan tenido encuentros cercanos con ella y los asusta tanto como a Woody y Buzz.  Y para aquellos niños que la ven  por primera vez, nunca  es demasiado temprano para un momento “muerte-de-la madre-de-Bambi”.

Obviamente que los de Pixar no son tan sádicos como para entregarnos un dramón absoluto, pero están muy cerca de hacerlo (a los que todavía no la vieron: cuando lleguen a la escena del basurero entenderán). El final es conmovedor, brillante y optimista. Es como si hubiesen considerado lanzar todo por la ventana y traumar a una generación entera de niños y adultos. Pero a último momento se hubiesen frenado, pensando en que siempre, a pesar de saber que la muerte está cerca, es más importante creer que las cosas se van a arreglar y que lo que amamos en nuestra infancia se conservará para siempre. Y nos convencen que hacer películas para niños con cualquier otra intención es casi criminal.