Sur o no Sur

Historias cruzadas, de Tate Taylor.

Curiosa paradoja la del Sur norteamericano, en cuyo pasado se asienta el pensamiento más reaccionario y conservador, mientras que su legado artístico ostenta nombres como los de Tennessee Williams, William Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers y tantos más. De distintas formas, cada uno de ellos ha resuelto la reacción del yo lírico frente a ese escenario con su particular estilo, sin que la mera denuncia prevalezca sobre la nobleza artística. Las comparaciones suelen resultar odiosas (sobre todo si tenemos en cuenta distintos lenguajes artísticos), pero frente a tamaños nombres cuesta encontrar figuras en el actual cine norteamericano que sean capaces de hacer de ese territorio proteico algo más que un simple decorado. Aunque, siendo justos, fuera del mainstream aparecen casos mucho más interesantes, en el cine de Spike Lee o en aquel ejercicio que hizo Todd Haynes al transponer el estilo de Douglas Sirk en Lejos del paraíso (2002). En ese sentido, cuesta creer que un producto como Historias cruzadas se permita cometer tantos exabruptos, dentro de los cuales el subrayado y el golpe bajo son las modalidades más recurrentes. 

La trama nos muestra a un grupo de empleadas domésticas en plena década del ’60 que debe soportar todo el sentimiento racista que la clase conocida como WASP (Blanco, Anglo-Sajón y Protestante; en su traducción al castellano) le demuestra a diario, especialmente sus propias patronas. Esto incluye el señalamiento permanente, el desdén, el maltrato psicológico y la persecución. Una de las mucamas dice en primera persona que fuera de ese esquema siniestro queda la mirada infantil, materializada en los niños que ellas cuidan y que sólo responden con amor y reconocimiento, mientras sus madres tilingas organizan encuentros para prohibir que los negros usen los mismos baños que los blancos.

Si al principio creemos que aquel testimonio es –acaso- un procedimiento que mezcla el registro documental con la ficción, estamos equivocados. Hacia mitad del metraje (que ostenta una interminable duración de casi dos horas y media) nos venimos a enterar de que el mensaje está inscripto en la entrevista que la mucama le concede a Skeeter (Emma Stone), la “heroína blanca” del film, cuyo objetivo es plasmar estas vejaciones cotidianas en un libro que será best-seller.  Se trata de una de esas jóvenes emprendedoras que la cultura norteamericana ofrece como una de las figuras predilectas del self-made man, sujeto que, ubicado en un lugar de inferioridad, lucha incansablemente hasta obtener el reconocimiento del sistema.  ¿Y qué es lo que prima en esta película?  Precisamente ello, el aval y la celebración por algunos blancos progresistas que sirven para demostrar el martirio de otros. Que la heroína sea efectivamente reconocida (profesional y económicamente), y que el único sub-relato que funcione en términos dramáticos sea el de otra blanca señalada por la doxa como “excéntrica”, son apenas dos argumentos para entender por qué el espíritu contestatario de Historias cruzadases tan endeble como confuso.

En el camino hacia ambas consagraciones queda claro que la película privilegia lo gráfico por sobre lo sutil. Estamos frente a un cine de lo tautológico, que traspone sin filtros a la pantalla grande aquello que ya sabemos, confundiendo la denuncia con la acumulación de apuntes. Cinematográficamente, los planos responden a una estética televisiva, a tal punto que en determinando momento llegamos a preguntarnos si el destino de estas Historias cruzadasdebiera ser el canal Hallmark y no la sala de cine.