Viaje hacia la noche

En La mujer sin piano, la impecable y rigurosa puesta de cámara de Javier Rebollo sigue con obsesión el deambular nocturno de una protagonista que transmite con gestos y silencios su extrañeza y la del mundo que la rodea.
La mujer sin piano, de Javier Rebollo

Reseña publicada en la edición impresa del número de octubre.

 

Rosa (Carmen Machi) es una de esas mujeres con una rutina lo más alejada posible de la vida. Rosa tiene un trabajo como depiladora, un marido con el que sólo choca sus labios de manera simbólica e intercambia algunas conversaciones –siempre sobre qué van a comer-, un hijo casi inexistente, una casa gris  y un zumbido permanente en el oído, como si todo lo anterior no fuera ya suficientemente enloquecedor. Frente a esa rutina aplastante, Rosa parece a la vez inmutable y perdida. Y decimos “parece” porque nunca estaremos del todo seguros de qué se le cruza por la cabeza.  Así que cuando Rosa se ponga una peluca, se pinte los labios de un rojo furioso, agarre una valija y se lance a recorrer -¿sin rumbo?- una enrarecida noche madrileña, no podremos más que acompañarla sin saber muy bien a dónde podrá llevarla ese viaje.

Es sabido que durante las noches cinematográficas, de Scorsese a Antonioni, el mundo se transforma, se desquicia, o se desnuda (a veces, todas las anteriores). Y aquí, la dirección de Javier Rebollo apuntala esa idea desde el primer momento.Lo que comienza como el monótono relato de una vida sin alma se va enrareciendo cada vez más a medida que la protagonista se interna en la noche. Y la película nos recuerda, paso a paso, plano a plano, su distancia del registro realista.

 Los personajes recorren unos encuadres hiper calculados, que imponen sobre las situaciones un punto de vista no siempre esperado, y que por momentos privilegia el fuera de campo. Esta rigurosa puesta de cámara se complementa con un trabajo de luz y color que extrae de los espacios reales la sensación de que todo el mundo no es más que un enorme decorado, habitado por los personajes más insólitos. Hay en el film toda una galería de personajes secundarios (con un gran casting de rostros, empezando por el primero, el del marido de la protagonista), entre los cuales se destaca un extraño inmigrante polaco (Jan Budar). Éste se convertirá en el inesperado compañero de ruta de Rosa, y con él desarrollará la única relación humana del film: rara, pero no exenta de ternura.

Por otra parte, y a pesar de los escasos diálogos, la banda sonora tiene un peso expresivo importante. Lejos del directo, hay aquí un orquestado montaje de sonidos que se van relevando y que refuerza la sensación de bloque que se desprende de los planos, contribuyendo a construir la extraña atmósfera del film. Y además, de vez en cuando, nos sumerge en la subjetividad de Rosa a través de ese desesperante pitido del cual no puede desprenderse.

Pero el enrarecimiento no es sólo formal. Porque este minimalismo deja al descubierto el absurdo que atraviesa lo cotidiano, la hostilidad opresiva, sutil, y tremendamente ridícula que el mundo ejerce sobre Rosa, de todas las formas posibles. Este absurdo, omnipresente pero encarnado en particular en una serie de personajes que cumplen reglas y las hacen cumplir (empleados, guardias, burócratas), abre también una puerta hacia el humor, un humor frío y seco, presente también en los gestos de Rosa, y esa inexpresividad tan deadpan que caracteriza a la protagonista. Algunos han arriesgado alguna que otra lectura sociopolítica del asunto, y hay que recordar que, además, entre los planos se cuela alguna que otra referencia a la invasión a Irak que permite datar la acción con la misma quirúrgica precisión con que Rebollo construye sus encuadres.  Pero La mujer sin pianoes una película simple aunque no directa, por lo que no nos atreveríamos a afirmar interpretaciones definitivas.

La mujer sin piano es de esas películas que suelen dividir opiniones: algunos verán en ella una ostentación formal festivalera, fría y demasiado calculada; otros se dejarán cautivar por su estética y entrarán de lleno en su registro absurdo. Como sea, y estemos del lado que estemos, no deja de ser una propuesta interesante, lejos del cine español for export; de esas que nos dejan con preguntas sin respuestas definitivas, preguntas que quedan dando vueltas en la cabeza.