Vida acuática

La ganadora a Mejor Película del BAFICI 2010 llega a las salas porteñas. El vínculo entre un padre y un hijo, la vida de los pescadores en el arrecife de coral de Banco Chinchorro en México: estas cosas y más reflejan las aguas de Alamar.
Alamar, de Pedro González Rubio.

Version reducida de la critica publicada en la edicion impresa del número de diciembre.

 

El resultado de la vertiginosa mediatización de la vida es observar a un tipo que pesca langostas como si avistáramos ovnis. Ese es el efecto inmediato que producen las imágenes de Alamar,  que de tan naturalistas incitan a enfrentarnos con (o redefinir) nuestra propia idea de lo fantástico. Sobre todo si se contrasta con la noción de retrato realista y cercano que tenemos al ver la biografía en fotogramas de un universitario que se encierra en un departamento apretando F5 durante horas; el film del mexicano Pedro González-Rubio no puede producir sino un profundo encantamiento (¿extrañamiento?) para el citadino ortodoxo.

Alamar es a la vez varias películas: una historia de ruptura amorosa, un fresco en clave documental sobre la vida de un arrecife de coral en México, un rito de iniciación en el desarrollo de la vida silvestre para el niño Natan. Un padre y un hijo hacen un breve viaje de despedida, antes de que este último se marche definitivamente con su madre hacia Italia. En el arrecife de Banco Chinchorro pasan una temporada agraciada pescando, jugando, haciendo el aprendizaje de la naturaleza sabia. Pero sobre todo, a través de una especie de poética anfibia y agreste, el film entero es un pequeño rincón excelentemente fotografiado donde descansar de esa matrix llamada vida urbana.

Cuenta la anécdota que en el rodaje de Gritos y susurros, la única indicación que le dio Bergman a Liv Ullman para construir su interpretación fue: “Es el tipo de mujer que jamás cierra su puerta tras ella”. Con una propuesta estética marcadamente diferente (rodada en exteriores, sin la apariencia de un sólido guión), pero con procedimientos igual de ligeros, no cuesta imaginarse a González-Rubio trabajando en la dirección de actores al punto de dejar un amplio margen para la recreación espontánea. En la belleza de sus encuadres,  en sus planos naturalistas que persiguen la articulación de acontecimientos azarosos hechos relato; los personajes ceden su paso a las personas y el fondo del océano, el paisaje estival, la fauna marina también se vuelven protagonistas de una sutil puesta en escena.