¿De qué viven los directores cuando no dirigen?

¿Cómo y de qué viven los cineastas cuando no están filmando? Las respuestas nos las dan Spiner, Lecchi, Berneri, Smirnoff, Berger y Biniez.

Al contrario de lo que suele indicar el imaginario popular, alimentado por la visión de lujo y glamour made in Hollywood, la carrera de un director de cine suele ser bastante dura e incierta. Dentro de un ámbito donde es todo muy volátil y que está sujeto a una multiplicidad de factores y voluntades, suelen darse baches entre proyectos o incluso dentro de las fases de producción de una película que muchas veces exceden lo lógico y aconsejable.

No es raro intercalar etapas de intenso y excesivo trabajo con momentos de total calma e inactividad. Por eso resulta habitual que la gran mayoría de los directores dediquen tiempo, ya sea por necesidad o por gusto (muchas veces por ambas), a otras actividades que no sean estrictamente dirigir una película.

Vale la pena mencionar una suerte de primera línea de directores que suelen trabajar en proyectos asociados a grandes productoras y/o a los canales de televisión, que suelen ser películas de mediano a gran presupuesto con una buena respuesta en la taquilla más allá del éxito de la producción. Ese puñado de directores puede dedicarse casi con exclusividad a dirigir y/o escribir una película, ateniéndose a tiempos de producción bastante definidos.

Sin embargo, nadie tiene un lugar reservado allí; por debajo de esa línea, se encuentra una gran mayoría de directores que, por lo general, son los impulsores y desarrolladores de sus propios proyectos (quienes, en definitiva, también mantienen el pulso y prestigio del cine nacional) que juegan en un terreno donde las seguridades son más escasas y los tiempos menos definidos.

El experimentado Alberto Lecchi ha sabido realizar algunos proyectos junto a Pol-ka y Patagonik, aunque en los últimos años se ha dedicado a proyectos más pequeños, pero también de corte popular y con figuras reconocidas. “He vivido del cine desde los 23 años, y me he acostumbrado a baches. Trato de escribir guiones, o al menos ideas que algún día pueden transformarse en guiones. Cuando uno trabaja guarda para cuando no trabaja, eso fue siempre así. Por suerte ahora la ayuda de DAC (Directores Argentinos Cinematográficos) en el cobro y reparto del Derecho de Autor hace que tengamos un poco más de aire económico”.

Por otro lado, desde hace alrededor de veinte años Lecchi también ha trabajado regularmente para televisión, como director en miniseries o unitarios como Epitafios o Mujeres asesinas. Otro director con pasado lejano y cercano en la televisión (en 2015 dirigió junto a Ana Piterbarg una adaptación de Los siete locos y Los lanzallamas para la TV Publica) es Fernando Spiner, un caso particular, aunque no del todo extraño dentro del cine nacional. Desde su debut con La sonámbula en 1998 ha estrenado solo tres películas en casi veinte años. Sin embargo, ha tenido una intensa actividad. Desde el estreno de Aballay en 2010, entre otras cosas fue director artístico del Festival Internacional de Mar del Plata entre 2013 y 2014, condujo el ciclo Cine entre líneas por canal Encuentro sobre películas adaptadas de obras literarias, fue jurado en diferentes festivales, dictó varios seminarios e incluso escribió el guion de la novela gráfica Ciudad asesina. Todo eso mientras escribía o desarrollaba sus próximos proyectos.

Es que un arte colectivo que depende de tantos factores y requiere de tanta infraestructura está muy alejado de ser solo un acto de voluntad. “Por lo general, cuando uno tiene una idea o un guion para una película, debe esperar el momento adecuado para realizarla que muchas veces depende del tamaño de la producción que uno necesita. En mi caso estuve esperando más de quince años para realizar la adaptación del cuento de Antonio Di Benedetto Aballay, y hace más de veinte años tenemos un policial escrito junto a Pablo de Santis, que por ahora tendrá que seguir esperando”.

Es que cuando una película está terminada el trabajo no termina allí: así como Spiner siguió el periplo de Aballay por festivales alrededor del mundo y como película representante al Oscar por Argentina, muchos directores independientes pasan buena parte de su tiempo después de terminar una película en su derrotero por los festivales, que puede durar más de un año. A eso se le suman, eventualmente, los viajes a los mercados de proyectos que es donde se consigue financiación privada sobre la base de una futura venta. “

Los festivales y los viajes a mercados distraen y bajan mucho la ansiedad”, comenta Anahí Berneri, una de las directoras con mirada más particular y valiosa de los últimos años. Entre películas, Berneri también dedica su tiempo a la docencia, ya sea como tutora de tesis en la ENERC y del concurso Gleyzer, Cine de la Base del INCAA, como con diferentes cátedras a cargo en el CIC o con clínicas particulares.

También ha trabajado como jurado y tutora de algunas instituciones o festivales (una tarea que no siempre es rentada y, cuando sí lo es, no suele serlo en una medida justa), y como miembro del Comité de Preclasificación del INCAA. “Recientemente hice un giro hacia la producción. Participé (y participo, porque hasta que no se estrene la película no se termina) como productora de mi última película, Alanis. Armé mi productora Rosaura con Javier Van de Couter, y ahora estamos en la etapa de desarrollo de su segunda película”.

Al igual que Berneri, no es raro que ciertos directores, como Diego Lerman o Pablo Trapero, se hagan cargo de la producción, ya sea de sus propias películas o de proyectos de terceros. Por su parte, Natalia Smirnoff (Rompecabezas, El cerrajero), quien tuvo una larga experiencia como asistente y ayudante de dirección para directores como Trapero, Agresti o Martel, también suele dedicarse, como muchos otros realizadores, a la docencia y a la asesoría. “Vivo del cine al 100% pero no trabajo solo como directora; ya no soy asistente pero sí directora de casting o asesora. Tendría que filmar más seguido para vivir solo de mis películas, pero la verdad que desarrollarlas me lleva bastante tiempo”.

Volviendo sobre el tema, la concreción material de una película es como la punta del iceberg, es solo la porción visible de un largo período de trabajo, cuya mayor parte no es retribuida económicamente. Por cada idea que llega a concretarse en la película suele haber muchas otras que no lo hacen. Vivir con esa suerte de prueba y error es algo recurrente en la vida de los directores, sobre todo en la de aquellos que llevan adelante sus propios proyectos, los cuales muchas veces quedan en la nada o en un stand by indefinido.

Adrián Biniez (Gigante, El 5 de Talleres), realizador que juega en ambas márgenes del Río de la Plata, cuenta: “Cuando no estoy haciendo una película estoy todo el tiempo pensando en eso. Escribo guiones y argumentos o filmo cosas solo o con amigos. La mayoría nunca se realiza, pero el proceso muchas veces está bueno”.

Desde 2009 Marco Berger ha estrenado siete largos entre propios y compartidos, una cantidad nada despreciable para el ámbito local. Su secreto parece ser un alto grado de independencia: “Desde 2011 me abrí un kiosquito que es una escuela de teatro y doy clases ahí, vivo prácticamente de eso y eso me relaja mucho para no poner la economía en el cine. También hago retratos para actores, empecé como hobby y a partir de eso mucha gente se me acercó para hacer sus books. Como hice mucho cine sin INCAA, no estoy pensando en ganar plata con las películas; si saco algo es un extra, y eso me da mucha libertad creativa e independencia económica”.

Esa independencia, sumada a la alternancia entre proyectos financiados a través del Instituto con aquellos independientes, le permitió a Berger mantener el ritmo de su producción. “Mientras armo los proyectos del INCAA, entendiendo sus tiempos, puedo ir desarrollando los otros y así calmar mi ansiedad de filmar, de contar historias junto a gente que quiere ser parte del proyecto”.

Por otro lado, la publicidad suele ser una actividad habitual para algunos directores (por ejemplo, Adrián Caetano) ya que, en primera instancia, es muy similar a la del cine, al menos en el trabajo en el set y, en general, les da acceso a recursos técnicos más destacados. A su vez, debido a sus tiempos muchísimo más acotados, requiere de un menor compromiso y, por eso y por otros factores obvios, resulta más sustancioso económicamente.

Hay muchos directores dentro del cine argentino, y cada caso tiene sus particularidades; aun así, no es difícil encontrar ciertas generalidades. Estas palabras de Fernando Spiner quizás resuman lo que significa ser un realizador de cine en estos tiempos y en este lugar: “Mi vida gira alrededor del cine de manera obsesiva, y creo que a través de los años he logrado hacer una carrera en cine, lo que significa hacer un montón de cosas distintas”, dice con razón.