¿Quién puede matar a una anciana?

Con noventa años recién cumplidos, la reina de la Nouvelle Vague Agnès Varda volvió al terreno fértil del documental para filmar, junto al artista gráfico urbano y fotógrafo JR, una obra donde la belleza inexplicable siempre está en primer plano.

AV

La obra de Agnès Varda es una de las más importantes de la historia del cine. Y esta aseveración se basa en su filmografía, dejando de lado cualquier tipo de considerando que no tenga que ver exclusivamente con su arte. Vale esta aclaración, ya que su figura creció hasta convertirse, hace unos años ya, en un ícono. Varda, entre otras cosas, es la responsable de haber establecido lazos entre el grupo de la Rive Gauche (Chris Marker, Alain Resnais, Jean-Pierre Melville, Alain Robbe-Grillet y Marguerite Duras) y los jóvenes de la revista Cahiers du Cinéma, futuros responsables de la Nouvelle Vague; y también de haber sido una precursora estilística de los films de la nueva ola francesa con su ópera prima Le Pointe Courte (1955). El resto de su extensísima obra contiene grandes momentos de la historia del cine. Basta revisar películas como Cléo de 5 à 7 (1962), Le Bonheur (1965) y Sin techo ni ley (1985), o ver cómo en el 2000 realizó Les Glaneurs et la glaneuse, descubriendo las posibilidades de las nuevas tecnologías (las pequeñas cámaras de video), y logrando finalmente llevar a cabo la profecía que soñó François Truffaut: el cine como un diario personal e íntimo y las cámaras como lápices para escribir lo que se nos ocurra.

JR

JR, a quien no se le conoce la identidad más allá de estas dos letras, comenzó su carrera artística realizando grafitis en las calles de París y, más tarde, pegando fotografías gigantes en las paredes de la ciudad. Su fama lo llevó a ser reconocido con el premio TED (sí, los mismos de las charlas), galardón que, entre otros, recibió gente como Bono, el cantante de U2, y el expresidente norteamericano Bill Clinton. JR, además, dirigió algunos cortometrajes y un largo documental titulado Women Are Heroes (2010). El arte de JR, por llamarlo de alguna manera, mezcla recursos publicitarios con conciencia social. Como si se tratara de un creativo de la marca Benetton, pero sin un dejo de ironía. Comentarios políticos, simplificados por un supuesto ingenio (o talento) visual. Su sombrero y sus lentes de sol (que a Agnès la llevan a pensar en su amigo Godard) siempre están presentes en su vestimenta, y terminan de completar un personaje tan interesante para notas de color en la revista dominical como apto para el consumo de las almas bien pensantes y socialmente comprometidas.

VV

Visages, Villages(2017) es un encuentro bastante improbable entre Agnès Varda y JR. La excusa para dicho encuentro es, como indica el título, recorrer la campiña francesa en busca de esos rostros de “la gente común” y sus “pequeñas historias”. En el camino se encontrarán con las esposas de unos trabajadores del puerto, un artista desdentado que no corrió la misma suerte que los directores, unos criadores de cabras con quienes se discutirá la conveniencia, o no, de mutilarles los cuernos a dichas bestias. Es un viaje amable, con momentos emotivos, lindas imágenes y algo de tristeza por un mundo que tiende a desaparecer, y la inminente ceguera que acosa a la directora desde hace años. También habrá un momento para que conozcamos sobre los orígenes de JR y su impoluta humanidad a través de su abuela, pero lo más importante que se cruzarán en el camino son los recuerdos de Varda. Esos recuerdos aparecen en la forma de la humilde tumba de Henri Cartier-Bresson, del también fotógrafo Guy Bordin (quien de joven supo ser modelo para Varda) y, finalmente, en la figura de Jean-Luc Godard.

JLG

Llegando al cierre de la película, o buscando una excusa para llegar a él, Agnès Varda decide ir a visitar a su (hasta ahora, al menos) amigo Jean-Luc Godard. Durante todo el trayecto, Varda le pide a JR que se saque esos lentes oscuros que le recuerdan a JLG para poder ver sus ojos, algo que quizás, dentro de un tiempo, ya no pueda hacer. No hay que olvidar que Varda fue una de las pocas que pudieron retratar a Godard sin lentes. JR, cuidando su personaje, se niega todo el tiempo. Al llegar a la humilde morada de JLG, nadie responde; a cambio descubren una frase escrita en la puerta de vidrio de la casa, con la típica letra del director que aprendimos a reconocer en sus películas. La frase, nos enteramos por Varda, remite a un recuerdo triste de un pasado común. Varda, dolida por la frase y ofendida por (justamente) el desprecio, no logra contener sus lágrimas y descarga su frustración llamando a Godard “sucia rata”. Es en ese momento cuando JR acude al rescate de nuestra herida anciana y, sentados al borde de un apacible lago, se sacará sus lentes negros para mostrarle sus ojos a Varda. Ojos que, desde el punto de vista de Agnès, veremos de manera borrosa. JR termina de transformarse en el héroe y JLG en el villano. En una película que se jacta de su libertad, ese final termina condicionando todo lo que vimos y nos hace preguntarnos sobre la necesidad de Varda de ir a molestar a Godard. El escritor argentino Fogwill solía decir que uno debía escribir para no ser escrito por los demás. Varda elige enfrentarse a Godard y seguir aferrada a los recuerdos del pasado; JR, autopromocionarse; y Godard, seguir escondido en Rolle, malhumorado y solitario, registrando imágenes para darle forma al cine del futuro.

 

Visages, Villages

De Agnés Varda & J.R.

2017 / Francia / 89’

Estreno: 29 de marzo (Ifa Cinema)