18 discos del primer semestre de 2014

De lo nuevo de Damon Albarn al disco póstumo de Michael Jackson, en nuestra edición impresa reseñamos mes a mes algunos de los discos más relevantes que se publicaron este año. Lo que sigue es una selección hecha por los dos críticos más melómanos de nuestra redacción.

The War on Drugs

Lost In the Dream

Secretly Canadian

Luego de su salto a la conciencia pública, The War on Drugs (en realidad, el compositor Adam Granduciel con una banda) retorna con un disco que profundiza y prolonga la fórmula ganadora al agregarle mayores dosis de esa especie de somnolencia oceánica en la que se especializan. En otras palabras, este es un disco que tiene mucha influencia de lo que se conoce difusamente como “americana”, que incluye a Bruce Springsteen, Tom Petty y otros grandes cantautores de las planicies y los sueños truncados del país norteño, mezclada con dosis de sintetizadores y largos pasajes instrumentales profundamente melancólicos que, por momentos, recuerdan a Spiritualized o a unos Talk Talk menos atmosféricos y más dedicados a los grandes espacios. Es un disco sobre la depresión de Granduciel luego de su éxito anterior. Y sin lugar a dudas es un disco lleno de buenos momentos, conmovedores momentos, pero que cuesta un poco desentrañar bajo sus influencias más aparentes. Quizás no es un disco para todos los días, pero la energía sutil y cambiante de canciones como “Red Eyes” y “Burning” y la tristeza enorme de “Eyes to the Wind” hacen que valga la espera y las escuchas en soledad. Amadeo Gandolfo

 

Damon Albarn

Everyday Robots

Parlophone

Damon Albarn está triste. O más bien lo envuelve la melancolía, una propia de esa aflicción del inglés en el extranjero, del romántico que observa la naturaleza y de pronto se percata de su mortalidad y su insignificancia. La carrera de saltagéneros que emprendió Albarn luego de Blur es fascinante, pero no por eso uno puede dejar de sentir que su actitud es la de un niño que tiene miedo de que descubran que no es tan inteligente como dice serlo. Su ansiedad y su inquietud parecen remitir a un miedo hacia su su futura irrelevancia en la música inglesa. Y también está esa veta de tristeza que vino surcando su obra desde The Good, the Bad and the Queen; la sensación de que hay una Inglaterra (la de su juventud) que está terminando, junto a la curiosa, pequeña, pintoresca y tradicionalista clase media de la que se burlaba en los noventa. Como los Kinks. Y como aquella escena de The World’s End en la cual todos los pubs son iguales.

En el primer disco que saca bajo su propio nombre, ese sentimiento le ha ganado. Comienza refugiándose en sus viejos trucos: sampleos de negros, percusiones pseudoafricanas, algún ritmo latinoamericano en la única canción arriba del disco (“Mr. Tembo”), unas pinceladas dub. Pero, a lo largo de toda una primera mitad más elevada, su voz suena como la de alguien que está muy cansado. Albarn siempre fue un muy buen cantante, a menudo menospreciado, con un amplio rango de voz, pero es significativo que por primera vez la ponga tan adelante, que parezca tan vulnerable, junto con una guitarra apenas rasgada. El disco es un affaire tranquilo, y quizás no tenga nada demasiado especial, pero esconde un puñado de canciones tranquilas y elegantes (lamentamos que el español no tenga un equivalente a poignant) como “The Selfish Giant”, “The History of a Cheating Heart” y “Heavy Seas of Love”, la cual cierra el álbum con un tono más optimista. Everybody Robots es un disco que nos muestra a un viejo camarada enfrentándose a viejas preguntas. A.G.

 

Angel Olsen

Burn Your Fire for No Witness

Jagjaguwar

Parece que en los últimos tiempos hubo una onda de revival de los noventa. En todos los aspectos. Está bien, es una década relativamente intocada para la nostalgia. Y los ochenta ya no les dicen nada a las nuevas generaciones. Entre este fenómeno, pareciera haber un deseo de recuperar lo que hicieron algunas cantautoras indie-rockeras de principios de esa década. Hablamos de cosas como Helium (y Mary Timony en general), The Breeders, Liz Phair. Demasiado rockeras para ser twee, demasiado sensibles para ser riot grrrls.

Este disco de Angel Olsen, su tercera producción, tiene algo de eso. En canciones como “High & Wild” y “Lights Out” hay algo de la ferocidad apenas acallada, de la frustración y las aristas agudas de esas artistas. Pero Olsen también tiene una pata en el country alternativo, o como sea que quiera llamársele a la galaxia que se desarrolló alrededor de Bonnie Prince Billy y su recuperación de los sonidos originales de Estados Unidos en toda su dimensión desgarradora y plena de tristeza. Eso se nota, y mucho, por ejemplo, en “Wild Fire”: apenas una guitarra y una voz que parece venir detrás de una columna de nieve, del medio de la tundra. A veces, hasta parece el Leonard Cohen más parco en versión femenina.

Más allá de las influencias y los remitos, lo que salta al oído es una cantante llena de sentimientos, que yace en ese punto exacto en el cual la tristeza se confunde con la apatía. Demasiado cansada para gritar, demasiado abatida para pasar desapercibida. Este es un disco que parece hablar de manera abrumadora sobre cosas que se terminan, por lo cual es paradójico y bastante lindo (de una forma retorcida) que provenga de esta chica con un inmenso talento y un brillante futuro. A.G.

 

La Hermana Menor

Todas las películas son de terror

Independiente

A esta altura del partido, decir que La Hermana Menor es una de las mejores bandas hispanoparlantes del mundo es una obviedad. Decir que el Tussi DeMatteis es un letrista que te deja mudo, conmovido hasta la médula, que genera frases que quedan tatuadas en el corazón durante mucho tiempo, también es un lugar común. Pero es todo cierto, y no deja de serlo, por más discos que saquen. Después de esa obra maestra que fue Canarios, ahora vuelven con un disco que extiende su sonido (como si antes hubiesen sido una banda limitada) e incorpora cosas que suenan entre candombe y psicodelia (“Momo contra Satán”), canciones sensibles que continúan la línea de Canarios (“Doble cabina”, “Carlos María Isabel”) y un tema de cierre que es lo más desgarrador que han hecho desde “Escala en Ezeiza”. De cualquier modo, intentar hablar de La Hermana Menor en términos de referencias, sonidos a los que remiten y estilos es un poco fútil: La Hermana Menor es una banda inmensa porque solamente suena a La Hermana Menor, porque creen en el evangelio de la canción, porque demuestran que aún se pueden hacer temas en castellano populares e intelectuales, conmovedores y admirables. En este disco de duración justa, bellamente producido, impecable y sonoro vuelven a demostrarlo. A.G.

 

Stephen Malkmus & The Jicks

Wig Out at Jagbags

Matador Records

Curiosa parábola la de Malkmus: comenzar haciendo canciones sobre cómo el estado del rock es aburrido y risible, habiendo tenido una banda que pretendía tomarse en broma las convicciones del género al preconizar las virtudes de la vagancia, la ironía y la melancolía del abandono, para terminar comprando vinilos de rock prog y exaltando las bondades del rock de los setenta. En cualquier otra persona este vuelco quizás nos habría ofendido, pero Malkmus está protegido por la enorme carcasa de su indiferencia. En ese juego entre el sentir y el sentir-de-mentiras-con-una-sonrisa-sabihonda que siempre desarrolla en sus canciones, se encuentra algo elusivo que las vuelve, en sus mejores momentos, proyectiles lanzados desde un rifle de larga distancia hacia el corazón.

Su carrera solista se ha dividido entre discos aburridos con jams que no le importan a nadie y canciones excelentes que están a la altura de lo mejor de Pavement (Freeze the Saints, Gardenia, Tigers). Este último disco comienza con dos composiciones totalmente prescindibles, pero rápidamente da lugar a una tríada maravillosa (Lariat - Houston Hades - Shibboleth). Y ahí es cuando nos damos cuenta de que, quizás más que sus anteriores, este es un disco que habla sobre escuchar música y procesar tus experiencias a través de ella. Referencias a “crecer escuchando la música de la época más grande”, a recitales, a Eminem y el punk y Johnny Thunders, que a la vez hablan sobre chicas que entregan sus besos gratis, sobre la incapacidad de cambiar, sobre el hastío de escuchar a los demás. Hasta el título es una referencia contradictoria a un disco de Dag Nasty. Entre melodías felices, letras agridulces, algunos toques de rock maduro que no molestan y una actitud de punk de entrecasa (detrás de estas canciones hay alguien a quien, en última instancia, le importa todo demasiado poco como para preocuparse), lo que surge de este disco es un Malkmus contento consigo mismo y con su propia vejez, y puede notarse que, sin embargo, el músico todavía siente y transmite una bella angustia absurda. A.G.

 

Carmen Sandiego

Ciudad Dormitorio

Esquizodelia

Carmen Sandiego es nuestra banda uruguaya favorita por muchos motivos, pero básicamente por este: es una banda de una enorme energía negativa convertida en belleza, es una banda que dice “estamos afuera de este mundo con orgullo”. Es una banda, sobre todas las cosas, sardónica, que reúne una combinación de humor, resentimiento y sordidez brillante. Sus integrantes tienen una sonrisa como la de “El hombre que ríe”: antinatural, producto de que su cara haya sido aplastada por una prensa mecánica.

Este último disco, lanzado sobre el filo de fines del año pasado (en Nochebuena, para ser más precisos), es la culminación de la evolución de un proyecto dúo-personal y despojado hacia una banda de rock con grandes canciones pop. Es un disco redondo, integrado por once temas de los cuales no sobra ninguno. “Ocupaciones y oficios” es una canción de separación con una letra inmensa y una cadencia resignada, aunque eso no la hace menos hermosa. “Fiat 600” es el “Motor Away” (aquel himno de Guided By Voices) uruguayo, con todo lo magnífico que eso implica. “Chocotoño Killer” es una canción twee sobre matar indies que arranca una sonrisa cada vez que se la escucha, y es azucaradamente maligna. “Chernobyl”, con su escaso minuto y medio, describe el fin del mundo doméstico más de lo que pueden hacerlo inmensas parrafadas. Hasta se dan el lujo de ponerse nicotínicos con “Maricocracia” y cerrar el disco con una balada de amor épica sobre encontrar el disco Avalon de Roxy Music en una feria dominguera.

Carmen Sandiego es mi banda uruguaya favorita por un montón de razones, pero quizás la mejor es que están ahí, con obstinación y talento, construyendo su propio universo, donde son los reyes de la canción y aplastan a sus enemigos. A. G.

 

Laura Cantrell

No Way There From Here

Thrift Shop

Laura Cantrell no es solamente una gran compositora y cantante country. Sepa el lector que, durante más de una década, esta contadora neoneoyorkina (es oriunda de Nashville, obviamente) sostuvo un programa de radio amateur en el que pasaba viejos vinilos encontrados en mesas de saldos, a menudo acompañada por los divertidos comentarios de su pequeña hija (lo que convertía al programa en una suerte de filmoteca musical + Gilmore Girls). Esa persistencia, ese amor y ese compromiso por las historias y por el sentimiento del country se reflejan en sus composiciones, herederas de la tradición de cantantes como Bonnie Owens (“The Queen of The Coast”) o su idolatrada Kitty Wells, y en las que resaltan una voz siempre luminosa pero jamás liviana, y unos arreglos emocionantes y altamente radiables. Not Way There from Here es un lindo LP que quizás no esté a la altura de los dos primeros discos de Cantrell, Not the Tremblin’ Kind y When the Roses Bloom Again, pero trae una nueva y muy saludable dosis de canciones para llorar junto a la radio, tal como cantaba Bonnie Owens. Juan Pablo Álvarez

 

Guided By Voices

Motivational Jumpsuit

Fire Records

¡Pobre del guerrero que se obsesiona con Robert Pollard y compañía! Deberá sumergirse en las bóvedas de canciones más nutridas en la historia de la música. Pollard es una máquina, una fábrica, y no se detiene. Es increíble que aún tenga nombres que ponerles a sus temas. Luego de su retorno en 2012, la banda sacó ¡cinco! discos. Su sonido recuerda a sus orígenes, a principios de los noventa, a una banda rejuvenecida para atrás. Parecen tocar debajo de un pantano o en un sótano, bajo la somnolencia del alcohol. Pollard canta como lo hacía en Propeller o Same Fly the Place Got Smashed. Y las canciones de Tobin Sprout aparecen con la fragilidad y hermosura que las caracteriza. En este último disco, veinte temas nuevos pueden ser disfrutados en porciones de minutos. Hay cosas grandiosas. Como “Littlest League Possible”, un himno a las bajas expectativas; “Planet Score”, que es la misma canción siempre-hacia-adelante que están haciendo hace 30 años pero que hacen tan bien; o “Save the Company”, repleta de siseos de casete y que no se sabe si habla sobre los negocios, el amor o la última chance de gloria para una banda de rock gastada. Salve, Robert Pollard, estrella de energón inagotable. A. G.

 

Real Estate

Atlas

Domino

Una primera escucha de Atlas puede llevar a la idea de que es muy parecido a los dos discos anteriores de Real Estate: una banda de sonido correcta para trabajar o estudiar, música que “está bien”, siempre al borde del meh pero que no molesta y que desprende de vez en cuando algún pequeño destello. Después de una segunda o tercera escucha puede seguir pareciendo lo mismo, es verdad, pero en algún momento hay un quiebre perceptual que nos permite oír algo más complejo y oscuro. Sin abandonar para nada el jangle pop (categoría de la cual se abusa como en esta reseña y que engloba a las bandas de guitarras tintineantes, sensibilidad pop y espíritu indie), hay una densidad mayor en temas como “How I Might Live” o la instrumental “April’s Song” que podría haber sido tranquilamente el lado B de algún single de los comienzos de los ingleses Felt, lo cual es mucho decir. No siempre madurar es sinónimo de algo bueno para una banda; muchas veces equivale a perder frescura, a repetirse, a perder el rumbo. Pero esta vez la madurez es bienvenida, y los Real Estate parecen haber dado un buen paso hacia adelante. J.P.A.

 

 

Johnny Cash

Out Among the Stars

Legacy Recordings

Hay una línea de Fitzgerald, generalmente mal citada, que habla de la carencia de segundos actos en la vida de los (norte)americanos. En general se usa esta cita para ironizar sobre los retornos y las caídas en desgracia, pero creo que también funciona para pensar un arco que se ha vuelto muy común en las figuras públicas y culturales: los años de gloria de la juventud y el retorno en el ocaso de la vida como eminencia gris. Pero ¿qué pasa en el medio? Ese es, en definitiva, el segundo acto: ni origen ni desenlace, el aburrido desarrollo.

Johnny Cash ha quedado pegado a ese arco tanto por su magnífico resurgimiento, lleno de arrepentimiento y sabiduría, de la mano de sus discos editados por el sello American Recordings al final de su vida como por la película que lo inmortalizó y simplificó en un arco de caída y redención. Pero en el medio de esos dos momentos hay un largo período de simple trabajo duro; giras y grabaciones mejores y peores y estabilidad.

Ese es el momento que rescata este disco, recuperado por su hijo luego de haber sido rechazado por su discográfica a principios de los ochenta, en el medio de un período de escasa venta de discos para Cash. El álbum puede ser leído de dos maneras: una es a la luz de su reconsagración y canonización luego de su muerte, la otra es como un producto de su tiempo. Sin ser un experto en Cash, se puede decir que hay poco del peso existencial y el sentido de conclusión que acompaña los últimos discos de American Recordings; la sensación es más bien la de un trabajador, un artista popular que salta entre tópicos más o menos conocidos que sabe manejar.

Out Among the Stars es un disco de sonidos claros, lo cual no quiere decir que no tenga grandes momentos de humor negro y observación elegante. Un ejemplo de eso es la descripción de una escena de robo a un banco en la canción que da título al disco, o la declaración de caballerosidad hacia los padres de una mujer con la cual se está separando en “Call Your Mother”, una de las únicas dos canciones del disco escritas por el propio Cash. La otra es “I Came to Believe”, una especie de oda de cristiano resurrecto en clave personal que nunca recae en el sermón.

Johnny Cash pasó su segundo acto como el resto de los mortales: trabajando y ejecutando su oficio con aplomo y seriedad. Quizás por eso los discos de esta etapa no son tan divertidos, pero salud por él. A.G.

 

Life without Buildings

Any Other City

Rough Trade (Reedición)

Cuando en 2001 Life Without Buildings se separó sin dar mayores explicaciones, sus fans imaginamos que era el producto de alguna pelea o de “diferencias creativas”, lo normal. Como en aquella época no había más blogs indies que personas, la información no abundaba, y durante años permaneció la intriga. Finalmente nos enteramos de que los escoceses se separaron amigablemente, que nunca les había interesado hacer una carrera y que todo el proyecto terminaba con un disco. ¿Qué era lo interesante deAny Other City? Mucho, pero lo más atractivo era la extrañísima forma de expresión oral (no se lo puede llamar cantar, rapear o hablar) de su vocalista, la artista visual Sue Tompkins, quien recorría las letras desarmándolas, destruyéndolas, repitiendo una misma palabra todas las veces que hiciera falta. A veces las frases parecían estar cortadas por la mitad, y otras parecían el extracto de una conversación perdida; pero aun en lo errático había una especie de hilo emocional del cual aferrarse, quizás porque en su misma forma desarticulada podíamos reconocer algo de la forma en que fluyen ciertas pasiones. De cualquier manera, trece años después, Any Other City se reedita, y acá es donde empieza y termina el mito. J.P.A.

 

107 Faunos

Últimos días del tren fantasma

Laptra

Los 107 Faunos son “una banda polémica”. Dividen aguas. Algunos los detestan por lo que consideran su amauterismo; dicen que cantan mal las canciones, que sus discos “están mal grabados”. Otros los aman por su energía, sus letras, su capacidad para componer los últimos hits descuajeringados del mal llamado rock nacional. Desde aquí solo podemos decir que, incluso en aquellos momentos en los que parecen más caóticos, esconden la pepita de lo memorable. Ahí está “El tigre de las facultades”, de su EP apurado El tesoro que nadie quiere, una canción que a primera escucha pasa desapercibida, pero luego no podés evitar cantar en sus grandes shows en vivo.

Aquí los Faunos suenan mejor, sin querer decir que se han vendido o purificado su sonido para intentar convencer a alguien. El disco solo dura 26 minutos, y trae 13 temas a velocidad supersónica. Aquí están de nuevo las referencias a manadas, pandillas, turbas y bandas, pero, en vez de referirse a alguna realidad perdida, parecen hablar de un lugar que nunca existió, que se intenta conjurar con la voluntad. Desde el título, el disco está plagado de menciones a finales y derrotas (“Para la falsa aristocracia que ocupa los lugares / nosotros somos lo menos”, como cantan en “La Plata”; “Intento no preocuparme / por las cosas caras rotas que hay / en la casa”, en “Cosas caras rotas”). Los toques de sintetizador y teclado, que en este disco cobran mayor protagonismo, ofrecen, sin embargo, un toque optimista y brillante, y por momentos la banda parece una de garage de los años 60. Hay más canciones intimistas, un poco bochatonianas, en iguales partes esperanzadas y gritadas fuera de sintonía. Hay hits, por supuesto, como “La turba” y “Ley de los hermanos”. Parece el disco de una banda que sabe lo que quiere y que solo va a continuar esforzándose en sonar imperfectamente avasalladora. Los Faunos son una banda romántica y a la que le gusta molestar, y es en ese desafío donde encuentran una poética y un sonido que los hace grandes. A.G.

 

Mac DeMarco

Salad Days

Captured Tracks

El nuevo bufón de la escena indie, con esos dientecitos separados, esa sonrisa de payaso y esas canciones sobre cigarrillos, perder novias, reencontrar novias, estar tirado soñando, tiene la capacidad de hacerte sentir que estás ahí al lado suyo mientras te sonríe torcido y graba una canción. Su debut trataba justamente de eso, y estaba lleno de risas y voces somnolientas. Para la continuación, DeMarco mantiene la columna vertical de su guitarra tintineante y de arreglos circulares y su voz tan particular, entre totalmente desapegada e irónica y completamente comprometida con lo que dice, y les agrega más capas de sonido y una atmósfera medio psicodélica californiana que le sienta bien. Hay un momento, en “Blue Boy”, en el que dice “Calm down, sweetheart, grow up”, y parece un padre severo y preocupado; pero después, en “Goodbye Weekend”, le dice a todo el mundo que va a vivir la vida como quiera y hace de joven cabeza dura. Por suerte, parece que va a seguir siendo el mismo chistoso cantautor un poco salvaje que tanta falta nos estaba haciendo. A. G.

 

Lykke Li

I Never Learn

LL/Atlantic

La aparición del tercer disco de la sueca Lykke Li venía acompañada de algunos augurios negativos para quien escribe. Sus declaraciones previas, en las que remarcaba su intención de ser reconocida como una cantautora más que como una figura pop, y la promesa de un disco más serio y alejado del indie revoltoso de sus obras anteriores (especialmente del gran Wounded Rhymes,que traía el hit“I Follow Rivers”, ¡el que baila Adèle en La vida de Adèle!) habían mermado expectativas. No obstante, si bien se trata de un disco menos fresco, I Never Learn(“No aprendo más”, en castellano) contiene momentos de contundente belleza. Concebido y ejecutado con la ayuda del Björn de Peter Björn and John, el disco es un breve pero grandilocuente recorrido emocional post ruptura, que puede llegar a ser algo agobiante para sensibilidades más distantes (solo se encuentra paz en la minimalista “Love Me Like I’m Not Made of Stone”), pero que recompensa al oyente intenso en la estridente catarata de guitarras que da inicio al disco, en la fortaleza gospel de “Heart of Steel” o en el épico ritmo marcial de “Just Like a Dream”. Se trata de un disco asfixiante que crece con las escuchas, pero que no por eso (a pesar de lo que diga Li) deja de alimentarse deuna pulsión pop que es tan grande como en sus discos anteriores, solo que ahora está canalizada en épicas power ballads. J.P.A.

 

Parquet Courts

Sunbathing Animal

Rough Trade

 

A ti te hablo, joven, que te crees un poco más inteligente que tus contemporáneos, que piensas que el rock ya no tiene nada para ofrecerte, que estás cansado de los viejos artistas con crisis existenciales y guitarras acústicas. A ti te digo: escucha Parquet Courts. El primer disco de estos extejanos transplantados a Nueva York duraba menos de 40 minutos y estaba lleno de la hermosa energía de las guitarras chirriantes y de cierto espíritu colgado, meditabundo, errante; un poco el de la lógica de la marihuana que te hace pensar sobre cosas que no deberías estar pensando de manera profunda. Este, su segundo LP, es un tanto menos eufórico, y cuela temas expansivos en el medio de estallidos como “Sunbathing Animal” y “Black and White”. Lo que en su primer disco era una rápida postal de un lugar lleno de decadencia y óxido (“N Dakota”) acá, por ejemplo en “Instant Disassembly”, se vuelve una larga crónica country de la disolución de una relación, con una batería que parece hueca y un órgano de iglesia en el fondo. Te lo digo yo, muchacho: esta es música rock con el cerebro de un coleccionista y el corazón de un enamorado primerizo. Dale una oportunidad. A. G.

 

The Pains of Being Pure at Heart

Days of Abandon

Yebo Music

Tres años después de su poderoso Belong, ha pasado mucha agua bajo el puente de The Pains of Being Pure at Heart; lo más importante fue la pacífica transición que implicó pasar de ser un grupo a ser el proyecto de Kip Berman con colaboradores. Este proceso implicó que dos exintegrantes del grupo aparezcan ahora como meros invitados, mientras nuevas figuras se unen, como la cantante Jen Goma, de A Sunny Day in Glasgow. Más allá de estas altas y bajas, el sonido de The Pains no ha cambiado tanto. Es cierto que hay menos distorsión y ruido que en Belong y una mayor tendencia al jangle pop con guitarras “johnnymarrescas” (canciones como “Kelly” traen reminiscencias demasiado fuertes de temas de The Smiths como “This Charming Man”), pero de ninguna manera hay un cambio radical y, de hecho, aún aparecen momentos de ruidismo épico y pop como en “Coral and Gold”. No obstante, las mayores inspiraciones llegan en formas más contenidas, como en la muy sencilla y eficaz “Art Smock”, la ambigua “Life After Life” y la que cierra el disco, “The Asp in My Chest”. Aunque no cuenta con la energía de sus dos discos anteriores y tiene más gusto a disco de transición que a otra cosa, Days of Abandon muestra que la gracia compositiva de Kip Berman sigue ahí, quizás no intacta, pero ahí. J.P.A.

 

Michael Jackson

Xscape

Epic/Sony Music

Pobre Michael. No puede descansar ni siquiera después de su muerte. En marzo de 2010, Sony anunció un contrato por el cual iba a sacar diez discos con nuevo material de Michael Jackson; en realidad, compuesto por viejas grabaciones que se habían ido acumulando a lo largo de los años en las bóvedas de Neverland. Esto parece responder, por supuesto, mucho más al deseo de ganar dinero que al de honrar la memoria de un artista único, quizás la última superestrella del mundo de la música. Al momento de su muerte, Jackson estaba preparando una mega gira mundial con la cual esperaba pagar parte de sus grandes deudas. Algunos especulan que esta presión tuvo que ver con el ataque cardíaco por el cual murió en 2009.

El primer disco póstumo salió en 2010 y se llamó Michael. Aunque fue bien recibido, mucha gente criticó la selección de material y sospechó acerca de las pistas de audio de algunos temas, lo que tendió un manto de sospecha acerca de la autenticidad de las canciones. Este segundo disco, Xscape, se encuentra producido por Timbaland, entre otros, y el punto fuerte consiste en “Love Never Felt So Good”, el primer single, compuesto junto con Paul Anka, que cuenta con una versión en la que se mezclan las voces de Michael y Justin Timberlake. El resultado es un disco en el cual la voz de Jackson, el último elemento reconocible de su presencia en la tierra, se mezcla con ciertos tintes de sonidos modernos que intentan a la vez insertarse sin arrugas dentro de su discografía. ¿Cómo se respeta una trayectoria artística cuando aquel que la llevó adelante ya no existe más? El resultado, especialmente en el caso de discos verdaderamente incompletos como este, es siempre una especie de profanación. Lo que se pone en marcha es la idea que otros tenían de ese artista, un curioso equilibrio entre el respeto y la modernización.

El disco suena a la vez sobrecargado y lleno de aire. La voz de Michael está llevada al frente de modo tal que no olvidemos que, nominalmente, este es un disco de él. Quizás la mejor canción sea “Do You Know Where Your Children Are”, porque comunica perfectamente la paranoia y el aislamiento del Michael Jackson tardío, con un coro en el cual su voz de ultratumba repite “Save me, save me”, aunque sepamos que su historia ya está terminada. El primer single suena al Michael Jackson de principios de los ochenta, más esperanzado, más feliz. Y, de forma dolorosa, el tema que da nombre al disco parece una carta de suicidio hecha música, una canción en la que Jackson habla de huir de cualquier forma, de ver su cara en todas las pantallas. Si esto pretendía ser un homenaje, termina siendo una necrológica que desnuda de forma cruda las fragilidades y los fantasmas que terminaron arruinando la vida de un artista demasiado talentoso para este mundo. A.G.

 

Riki Musso

¡Formidable!

Independiente

Riki Musso también es conocido como “el raro de El Cuarteto de Nos”, el tipo del humor oblicuo, intelectual, melancólico, el de los temas que rompían los discos de la banda uruguaya. Hace un par de años, cuando El Cuarteto estalló en popularidad y homogeneizó su sonido en pos de la importación a México y el resto de Latinoamérica, Riki lo abandonó e inició un camino solista que lo ha llevado a tocar con Leo Masliah, y ahora a sacar este disco, disponible para ser bajado de forma gratuita de su página. En once temas, el disco demuestra la enorme paleta estilística del montevideano, al tiempo que su voz y sus temáticas demuestran que solo podría ser un disco compuesto por él. Hablar de las canciones es incurrir en la tentación de listarlas una por una y explicar por qué cada una de ellas es fantástica, pero alcanza con nombrar a “Cabras en el ascensor”, una de esas canciones surrealistamente tristes, con menciones de cabras que bajan por las escaleras y se chocan con vacas, con una melodía suave y con toques de teclados que parecen silbidos espectrales. O “La estrella del baile”, un hitazo inmenso, un rock and roll con una letra desternillante y un estribillo pegadizo a más no poder. O “Nuestro aporte”, una defensa de lo artificial con ritmo seudo-reggae que tiene la que quizás sea la frase en castellano del año: “Los hippies nos persiguen/ nos quieren matar/ los indies nos persiguen/ nos quieren matar”. A ver, es un disco de un tipo que compuso una canción sobre un trabajador textil de máquinas de coser (“Sánchez, gurú del overlock”) y logra hacerla sonar hipnótica, oscura y grave, como si estuviese hablando de una persona que marcha a la guerra de los hilos. En definitiva, Riki Musso es un maldito genio, uno de esos tipos a los que les cabe, más que a nadie, el calificativo de “fuera de serie”. A.G.