Atracción fatal

Coproducido entre Francia y Bélgica, el nuevo largometraje de François Ozon pone de manifiesto la historia de una mujer obsesiva que se enamora de su psicoterapeuta sin saber que, lejos de encontrar la sanidad, va a toparse con un atajo hacia la mayor oscuridad.

Una mujer al borde de la locura (o ya en ella), frígida, débil y vulnerable que, de repente, desata su sexualidad a través de la violencia que le infringe su amante. Esa premisa promete una película de trama caduca ya bien entrado el siglo XXI, clicheada, patriarcal y heteronormativa.

Pero esa película la dirige François Ozon, y por eso todo cambia. Sus méritos son puramente cinematográficos, de puesta en escena, no debido a una trasposición de la novela al guion.

La película comienza con una serie de planos que hablan mucho más que los diálogos, además de que sintetizan en muy poco tiempo una compleja situación psicológica que tardaremos muchos minutos en ir entreviendo. El film abre con unos ojos, los de Chloé, la protagonista, parcialmente tapados por su propio pelo, que forma unas rejas frente a su rostro. Luego, ese pelo es cercenado de forma un poco violenta en un plano que nos remite automáticamente a esa escena tantas veces vista del prisionero siendo rapado en cualquier centro de detención. La arreglan, sí, está allí por voluntad propia (suponemos), pero la puesta en escena nos está diciendo otra cosa: algo anda mal. Lo que debería parecer una publicidad de un coiffeur se asemeja a una situación previa a la tortura. Luego vemos el interior de su vagina, que se funde con su ojo en plano, quizás como homenaje a Psicosis, cuando el desagüe de la ducha se transforma en el ojo de una Janet Leigh muerta (no será la única referencia al film de Hitchcock: ver los gatos embalsamados). Si el corte de pelo era violento, el análisis ginecológico es flagrantemente vehemente.

Luego siguen los planos simbólicos, que cuentan sin decir, que plantan dudas en el espectador. Al comenzar a trabajar en un museo, la forma en que Ozon muestra a Chloé es como parte de la infraestructura o como una obra, una instalación. Pasa desapercibida, está, de alguna manera, cosificada. Al comenzar a “curarse” gracias al tratamiento psicológico, pasa frente a una serie de espejos que multiplican su imagen, que termina fundiéndose en una al acercarse –sería como la materialización de la frase “get yourself together”, algo así como “recomponete” –.

A primera vista podemos creer que el director nos dice que está curada, pero las otras partes del espejo siguen en pie y ella vuelve a ser una desde el ángulo en que la vemos, nomás. Este tipo de planos están diseminados por todo el metraje, con menos asiduidad que al comienzo, lógicamente, pero están ahí, refutando con el simbolismo lo que creemos estar viendo o lo que nos parece que dice el guion.

La historia se desarrolla durante un pequeño momento con cierta normalidad: una mujer recuperándose psicológicamente que intenta establecer una relación seria (con su psicólogo) y los problemas de convivencia que ello acarrea. Sin embargo, ella está ausente, como si algo le faltara para completarse como persona; queda medio vacía.

Toda la trama está extrañada, nada parece ser lo que es, y no pocas veces sentimos que de un momento a otro todo se desmadrará y veremos que nada de lo que vemos existe, ni ella misma. Un deseo reprimido la obsesiona y cree encontrar al hermano gemelo de su pareja.

Este será, como imaginamos desde un principio, su doble y su reverso. Donde en su pareja todo es comprensión y ternura, en el otro es violencia (física y psicológica), cinismo y manipulación. Es este el momento de la película en que sentimos que se ha avanzado poco en la representación de la mujer y sus deseos en el cine.

Nada puede ser más (peligrosamente) cliché que una mujer que desea internamente que la sometan, que la hieran para encontrar el placer sexual. Aunque ese motivo será brillantemente compensado con una escena en la que Chloé sodomiza a su pareja con un strap-on (sí, una cinturonga). La precisión de los movimientos y el sentido que adquiere cada gesto y movimiento nos hacen pensar en lo desaprovechadas que suelen estar las escenas de sexo en el cine. Ese momento narra más que gran parte del film y, de paso, al invertir los roles ayuda a los hombres a entender que la violencia y el sufrimiento no son parte de la excitación.

El poco prurito para filmar el acto deja en otro plano a películas supuestamente transgresoras como Call Me By Your Name o Una mujer fantástica: en la primera, las escenas homosexuales están obliteradas mientras que las heterosexuales son mostradas sin tapujos; en la segunda, el sexo ni siquiera se muestra cuando el cuerpo y su accionar deberían ser un discurso dentro del general de la película.

En resumen podríamos decir que, con un guion que atrasa, François Ozon se adelanta varios pasos al demostrar que la ideología no se juega en las palabras sino en la forma.