Balance musical 2013: Año milagroso

Con el disco y el vivo todavía como paradigmas de una industria que sigue adaptándose a la era digital, la nota la dieron los regresos de clásicos como Bowie, Daft Punk y Arcade Fire.
Escena de Tabú, de Miguel Gomes.

Publicado en nuestra edición 143, diciembre de 2013.

Tengo la teoría, absurda e incomprobable, de que los años impares son mucho mejores para la música que los pares. Al menos los compilados que armo a fin de cada año parecen confirmarlo: el de 2011 tiene algo así como 80 canciones, mientras que el de 2012 tiene 36. Una muestra ínfima, de cualquier modo, que no comprueba nada demasiado.

Sin embargo, si hay algo que ha caracterizado este año, es la proliferación de discos, retornos y momentos definitivos. Una continuación de clímax, uno detrás del otro, en la que parecía que cada músico estaba dispuesto a superar al siguiente. Basta recordar que el año se inició con el lanzamiento del ya mítico disco de My Bloody Valentine, 22 años después de su última producción, 30 años después de su fundación. El disco es un affaire bastante mediocre y aburrido, pero eso no opaca el hecho de que haya salido.

Luego llegó el retorno de Bowie, con un disco bastante mejor que sus últimas apariciones públicas, pero marcado por la edad y por cierta conciencia de su propia mortalidad. Después vino Daft Punk, con su impecable homenaje a la música en la que se inspiraron durante años, y dio el hit más ubicuo del año. Más adelante vino la búsqueda del tesoro de Boards of Canada y otro LP  más de hipnosis y nostalgia. Luego The Knife, con su intrincado disco de música contemporánea filtrada por el pop. Finalmente, Arcade Fire, con su intento monumental de retornar a la Nueva York de fines de los setenta; a su manera, una versión intelectual y pomposa del propósito de Daft Punk.

¿Qué significan todos estos retornos? A priori, nada; solo que el rock y el pop tienen historia suficiente como para que sacar a alguna de sus leyendas a pasear de vez en cuando sea negocio. También habla un poco de cierta aceleración de la historia; vemos ahí arriba la mezcla de artistas de los setenta y los noventa con otros consagrados en la última década, que ya tienen el mote de clásicos y cuyos discos son analizados no con la condescendencia de quienes esperan una banda novedosa sino con la crudeza que se les confiere a las altas expectativas. La discusión alrededor de las producciones de Arcade Fire o The Knife –cuyos discos, con todas sus fallas, intentan hacer algo nuevo en la carrera de sus productores– es evidencia suficiente.

Al mismo tiempo, esto demuestra que, abrumadoramente, nuestra cultura musical sigue siendo una cultura de discos, a pesar de todas las loas a la digitalización (esta idea se la robo a Simon Reynolds). El evento disco sigue siendo el pilar sobre el que descansa toda la estrategia comercial posterior de una banda, el evento que hace que pertenezcan a la comunidad y a la industria musical. Frente a ello, continúa el fenómeno de las giras de reunión, que dan más dinero pero no presentan casi nunca un espectáculo vivo, sino lo más cercano a un animal embalsamado con distintos grados de movilidad que brinda la industria musical. Sin embargo, el vivo se ha globalizado y, como en el cine, los mercados emergentes son sumamente importantes. Es posible que en los próximos años podamos ver a todas nuestras bandas favoritas (sin contar las que ya pasaron). El asunto es en qué estado.

Pero aún hay esperanza. No todo es la calesita de los revividos. Está el disco nuevo de Future of the Left, quizás el mejor de su carrera, o el disco de Tegan and Sara, el mejor disco de break up en un buen tiempo. También está el primer disco de Disclosure, que, si bien nos retrae a cierta electrónica de los noventa, es excelente, y está producido por dos jóvenes de menos de 20 años. El nuevo disco de Marnie Stern está lleno de himnos indie urgentes. Y el LP de A$AP Rocky es quizás el mejor disco de hip hop del año, con un sonido totalmente actual. Como decía arriba, ha sido un año excepcional. Incluso hay un par de retornos de bajo perfil que son bastante mejores que los más alabados: Annie, Adam Ant, The Pastels. Músicos que han sido realmente olvidados o que no tuvieron nunca el caché de un My Bloody Valentine, pero que todavía continúan con su proyecto estético determinado con mucha más dignidad que patetismo.

En definitiva, no tengo una gran teoría sobre este año. Fue un buen año, sin lugar a dudas, me la pasé escuchando música, en todos los ambientes de mi vida, casi sin parar, con unos grandes auriculares negros. ¿Acaso deberíamos pedir más que eso?