Canto rodado

Luego de desfilar por el [19] Bafici, Mario on Tour llega a la cartelera porteña para invitarnos a varios viajes paralelos: a las canciones mágicas y pegadizas de Sandro, a la historia de un imitador que encuentra en las letras de otro cantante su medio de vida, y a una relación entre padre e hijo que necesita salir a flote ahora o nunca.

Es sencillo: el que haya ido a la costa atlántica y no se haya cruzado con un imitador de algún cantante popular no puede decir que efectivamente llegó a destino. Y sobre ese mundo de imitadores trabaja Mario on Tour: él, Mike Amigorena, es un músico frustrado que ha encontrado un nicho, el yeite de salir de gira para imitar a Sandro y ganarse unas chirolas, siempre con la espina bien clavada por no haber triunfado como músico. Y, en medio de eso, lo que realmente importa: la relación con Lucas, su hijo, está a golpe de knock out. En una road movie pendular entre la risa y la lágrima, Pablo Stigliani, su director, narra tan solo un fragmento de una historia sin golpes bajos entre un grande con sueños frustrados y un chico con un padre ausente, en un fin de semana que podría empezar a arreglar la relación o terminar de enterrarla.

 

¿Cómo surgió el proyecto de Mario on Tour?

Mis abuelos eran de Santa Teresita, lugar por excelencia para las vacaciones de la clase popular argentina. Yo iba todos los veranos a pasar allí las vacaciones, a visitarlos a ellos. En uno de esos veranos a mis tías se les ocurrió ir a ver un tributo a Sandro, un show típico de la costa en el que se va a ver tributos y no imitaciones. Decidí acompañarlas por curiosidad. Vimos a un muchacho que cantaba en un barcito en la peatonal y quedé paralizado con ese personaje. Lo que más me llamó la atención fue que entre tema y tema él hablaba de su pasado rockero en el que había tocado su música en las callecitas del pueblo. Esa combinación entre tener que cantar canciones de otro para poder cantar las propias y no lograrlo me pareció paradójico, una anécdota muy sustentable para empezar a construir. A partir de eso, muchos años después, empecé a escribir un guion pensando en todo lo que este tipo había dejado en el camino por perseguir su sueño.

 

La película trabaja sobre un presente difícil del protagonista, aunque no cae en el pesimismo o la nostalgia. ¿Cómo se encaran esos climas sin caer en el golpe bajo? ¿Cuál era el tono que buscabas para la narración?

Yo venía practicando eso desde mi película anterior, Bolishopping, que trabaja con una temática mucho más pesada como es el trabajo esclavo. Lo fundamental para no caer en esos tópicos es conocer a los personajes. Son tipos que uno ve cada verano cada vez que se va de vacaciones. Siempre traté de llevar adelante el trabajo con respeto, eso fue lo que hablé con Mike Amigorena y con Iair Said. No había que reírse de los personajes, sino entender sus experiencias, porque estas personas hacen esto todos los fines de semana. Tuvimos que entender que cantar en una tarima de uno por uno, disparar tus propias pistas y vender tus shows por Mercado Libre es algo natural para estos personajes y no había que tratarlo como algo bizarro o dramático. Esa es su realidad, son trabajadores como cualquier otro, y estas son las armas que ellos tienen. En cuanto al tono de la película, la sensación que provoca es la de tobogán o trampolín: pasa por estados cómicos y por momentos muy entrañables, muy queribles. La idea era entrar y salir de las situaciones, pasar de la comedia al drama con naturalidad. Que puedas reírte y al rato emocionarte sin que te des cuenta.

 

La película explora fuertemente las relaciones entre padre e hijo, ¿cómo definirías la relación entre Mario y Lucas?

Su relación está rota. Y, más allá de eso, siempre quise centrarme en la etapa que vive el personaje de Lucas, ese momento a los 12 o 13 años en los que pasás de la primaria a la secundaria, una edad problemática para cualquier adolescente. Mario no lo ve hace dos años, no porque no quiera, sino porque busca triunfar en la música y ha dedicado toda su vida a ello. El hecho de no haber podido lograrlo lo distancia de su hijo, por vergüenza. No quiere que su hijo lo vea como un cantante que hace covers, quiere que lo vea como un artista. Por eso decide llevarlo un fin de semana de gira. Son dos desconocidos, y la película nunca buscó que esta relación terminara en un final feliz, sino simplemente transitar ese fin de semana en el que se pueden atraer o terminar de rechazar.

 

¿Cómo fue tu relación personal con la música de Sandro? ¿Por qué lo elegiste para formar parte fundamental del trabajo?

Cuando uno es chico muchas veces escucha lo que les gusta a los padres. En esos momentos de viajar en el asiento trasero del auto uno de los que siempre sonaban era Sandro, con esa voz característica y un estilo único. El verosímil obviamente fue importante: él es uno de los artistas más influyentes de Argentina y uno de los más homenajeados en los shows de la costa. En un principio nos era muy difícil pagar los derechos de Sandro y quisimos inventar un personaje con canciones escritas por nosotros. Por suerte logramos conseguir el apoyo económico para contar con el personaje de Sandro, que para mí era fundamental. Y además está el gusto personal: para mí él es uno de los artistas populares más grandes de Argentina, a la altura de Gardel, Rodrigo y Charly García.

 

¿Qué le aportó Mike Amigorena a la película?

Teniendo en cuenta que Mike nunca había hecho un protagónico en cine y que yo solo había hecho un largometraje anteriormente, fue un desafío y una apuesta. Aportó todo. La elección del protagonista es la más importante que debe tomar un director. Él materializó la idea. Yo quería que se cantara en vivo, sin playback, y necesitaba un actor que pudiera hacerlo, que pudiera actuar y lograr el verosímil que aportan las escenas cantando en vivo. Teníamos que pensar en alguien que pudiera cargarse la película al hombro y ser atractivo para el estreno, y creo que Mike Amigorena lograba todas esas cualidades. Hizo un trabajo muy serio para no caricaturizar al personaje. Fue un desafío para los dos. Él venía de hacer mucha televisión y tuvo que someterse a otros códigos, a otros ritmos, y pudo lograrlo. Y algo increíble es que uno cree que tiene el personaje controlado porque lo pensó, lo escribió y lo leyó, y cuando el actor se apodera de él aparece otro personaje. Eso asusta, porque te das cuenta de que no tenés el control sobre todo. Mike creó un nuevo Mario que no era el que yo pensaba, pero lo potenció y fue mucho mejor del que yo esperaba.

 

¿Cómo fue pasar de un trabajo como Bolishopping a otro tono distinto en Mario on Tour? ¿Encontrás similitudes entre ambos largometrajes?

Desde afuera pueden parecer muy distintos, pero el cine independiente tiene tanto desarrollo y tanto trabajo detrás hasta llegar a filmar y hasta concretar la película que uno se familiariza y encuentra los temas sumamente cotidianos. Creo que hay más similitudes de lo que se puede ver a grandes rasgos. La similitud principal es que ambas películas están concebidas desde el punto de vista del trabajo. Los personajes son lo que son y tienen sus crisis a partir de su trabajo. En el fondo son dos películas que tratan de tipos que están en crisis con su profesión y a partir de ahí han tenido un desequilibrio en su vida.

 

Mario on Tour

De Pablo Stigliani

2017 / Argentina / 105’

Estreno: 24 de agosto (Cinetren)

 

 

"Cada vez elijo más cantar que actuar"

Entrevista con Mike Amigorena

¿Qué fue lo que te atrajo de la película en general y de tu personaje en particular?

Me atrajo que el personaje cantaba y encima cantaba canciones de Sandro. Era un desafío poder hacer de padre y vivir ese vínculo tan conflictivo que tenía con su hijo. Eso fue lo que más me atrajo, además del hecho de que es una road movie.

 

¿Qué sentís que le aportaste al protagonista?

Siento que le aporté sencillez. Mario es una persona sencilla y apasionada por la música. Le di notas de ternura, para que no diste tanto con el público y no parezca una persona irresponsable. No quería que fuera leído como un descuidado por su familia y por su hijo. Lo que más le volqué al personaje fue familiaridad, características de un hombre común.

 

¿Cómo es tu relación personal con la música de Sandro?

Siempre fui muy afín a su música. Por una cosa o por otra, Sandro siempre estuvo en mi vida, desde muy chico. Cuando él arrancó yo era muy chico y no me interesaba su música, pero siempre me llamó la atención su personalidad, la manera de moverse, su seguridad. Si hay algo que es Sandro es que es muy seguro, y eso lo aprecio mucho de cualquier artista. Tener que interpretar sus canciones me llena de orgullo. Y confirmo el cariño que le tengo. He generado un vínculo con él, con su música, que ha surgido con mucha naturalidad.

 

La historia del protagonista, en algún punto, tiene contacto con la biografía de cualquier artista: la lucha por que te escuchen, por que te vean y te reconozcan y el éxito que llega de repente. ¿Lo sentís así? ¿El éxito es una búsqueda o una consecuencia?

La verdad es que a cualquier personaje que esté vinculado con la música yo lo miro de otra manera. Me nutre mucho, la música es lo que más me nutre. Y el amor. Pero no hay otra disciplina que me guste más que la música. La verdad que la historia de Mario no se diferencia mucho de la mía. Yo soy un poco más responsable que él, pero desde muy chico quiero que me escuchen, que mi música se conozca, que la bailen, que la canten. Y ese es un camino que hay que recorrer. Si bien no estoy en la misma instancia que Mario, siento esa esperanza, el desafío, la búsqueda de no abdicar al sueño de que se conozca mi música y dedicarme a eso. Cada vez elijo más cantar que actuar. De modo que el éxito es una consecuencia, no es una búsqueda ni mucho menos, por lo menos para mí. Hay que desapegarse del éxito, disfrutarlo, pero desapegarse.