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La historieta indie nacional actual ha sabido transformar la web en un espacio de autopublicación constante. Luego de invadir Instagram con charlas existenciales entre dos perros seriéfilos, Paula Sosa Holt se anima a imprimir esos grandes diálogos en papel.

¿Es posible resumir una relación en una sola imagen? La respuesta flota entre las páginas color pastel del primer libro de Paula Sosa Holt, una enciclopedia visual intimista que tatúa en papeles cuadrados, como si fueran hojas de papel glacé que pegaron el estirón, aquellos pequeños eventos cotidianos que le dan músculos a una convivencia en pareja. Pip y Pep, editado por Maten al Mensajero, nació como un amor digital. Día a día, y durante un año, la joven dibujante de 30 años publicaba una viñeta en su cuenta de Instagram, convirtiendo a la red social donde todos se sacan selfies con gatitos en un diario íntimo que no solo refleja la rutina con su pareja, sino también su relación cotidiana con el dibujo. Dos poderosos romances unidos por la tinta de la Rotring. Pero, lejos de ilustrar la fotografía que le dicta el espejo, Paula elige contar esta historia de amor pop a través de dos perros que usan remeras de Star Wars y jardineros de jean manchados con cerveza. Desde tiempos inmemoriales la historieta arrastra una extensa tradición de autores que se metieron en cuerpos de animales antropomórficos para representar sus álter egos; desde Pogo, la comadreja de Walt Kelly, hasta el reventado gato Fritz, de Robert Crumb. El universo geek que Paula pinta en Photoshop se ubica justo entre las criaturas introspectivas dibujadas por Jason y las depresivas historias cortas de Simon Hanselmann. Una fusión zoológica que da como resultado una honesta radiografía sobre los latidos de la convivencia y la complicidad poderosa que se gesta entre un cepillado de dientes y una maratón de Stranger Things en pijama.

Estos canes concubinos no precisan escalar cumbres borrascosas para reafirmar lo que sienten el uno por el otro. Ni correr desaforados por los pasillos de un aeropuerto para detener un avión, ni interrumpir una boda en el instante clave. Menos que menos cenar a la luz de las velas intentando adivinar qué hay adentro del plato. Pip y Pep no se apoyan sobre conflictos forzados para agregarle adrenalina a la pareja: compartir un paquete de papas de segunda marca y bailar a destiempo un hit de Rihanna en el living son suficientes motivos para volverse a elegir cuando suena el despertador. No hay en esta historieta de diálogos tarantinescos la amenaza de un apocalipsis emocional, tampoco hay peligro de aburrimiento. Porque cuando uno puede transformar un viaje de a dos en colectivo en una odisea a Marte el romance es un campeonato ganado. Cada cuadro que protagonizan Pip y Pep es un final feliz. Uno que se repite una y otra vez como las tardes que duermen la siesta entre pochoclos húmedos. Y aunque esta dupla de amantes mire y discuta las películas de Spielberg, no necesita que sus vidas se parezcan a los desenlaces de Hollywood. Tampoco buscan excusas tontas para revolearse libros por la cabeza con el objetivo de reconciliarse en el último minuto como en una mala comedia romántica. Pip y Pep saben que la espectacularidad de una relación estable estalla en secreto cuando, con solo mirarse a los ojos, pueden trasladarse a la misma referencia de Los Simpson

 

Pip y Pep

De Paula Sosa Holt

(Maten al Mensajero)