Corredor fantasma

Como nos tiene acostumbrados, Edgar Wright pone gran peso de la película en la magia de la música y en todo lo que puede generar en combinación con la imagen. El resultado del sexto largometraje del cineasta amado por los geeks no es perfecto, pero sus singulares virtudes logran que no perdamos admiración por él.

Saquémoslo de encima desde temprano: Baby Driver no es la mejor película de Edgar Wright. Lo cual no quiere decir que sea una mala película; es mejor que la filmografía de muchos directores. Y me duele en el alma encontrarle una falta a un film de Wright, y encima con la increíble primera hora con la que cuenta.

Pero primero lo primero, o sea, eso fundamental pero fastidioso de resumir en una crítica: el argumento. Baby (un maravilloso Ansel Elgort, en su primer film “serio”) es un niño prodigio del manejo de autos que es empleado por Doc (Kevin Spacey) como el conductor de escape de sus intrépidos robos de banco. Baby casi no habla, y escucha todo el tiempo su iPod ya que sufrió un accidente de niño que lo dejó con tinnitus, un zumbido persistente y permanente en sus oídos que Baby ahoga con la música. El objetivo de su vida es terminar de pagar la deuda que lo compromete con Doc para poder ser libre. Pero como siempre sucede: “Justo cuando pensé que estaba afuera, me meten adentro de nuevo”.

Baby Drivertiene unos primeros 15 minutos de un virtuosismo incomparable que narran dos escenas: primero un asalto a un banco más una persecución en auto musicalizados con “Bellbottoms”, de Jon Spencer Blues Xplosion. Luego Baby buscando café para sus compinches, después del golpe exitoso, mientras suena “Harlem Shuffle” por Bob & Earl. La primera es toda adrenalina, saltos, choques, velocidad y vértigo a lo largo de unas calles y una ciudad que son transitadas por Baby como si el auto que maneja fuese un instrumento musical con el cual es particularmente virtuoso, y como si conociese de memoria el movimiento de los otros cuerpos a alta velocidad. La segunda escena está marcada por las elegancias del movimiento urbano, los cuerpos que se esquivan, los postes de luz que nos sirven para colgarnos y girar, los cordones sobre los que hacemos equilibrio; pero también por las torpezas: los choques involuntarios, los autos que nos tocan bocina. Pero ambas apuntan al matrimonio central de la película: música + movimiento.

Wright apuntala como el centro de su nuevo film la idea de Perogrullo de que cine y sonido existen como artes en el tiempo, en su desenvolvimiento e inmediatez frente a quien los experimenta, a pesar de que existan los botones de repeat y la capacidad de rebobinar. Pero, como es Wright, lleva esta presuposición a su punto máximo: una película en la cual en casi ningún momento deja de sonar una canción, como el soundtrack de 71 temas atestigua.

Asimismo, la relación con la música forma parte central de la construcción de los personajes. Baby es un obsesivo cuya relación simbiótica con la música está vinculada, como buen origen secreto de superhéroe, a un evento traumático de su pasado en el que figura su madre (interpretada por Sky Ferreira, en un enorme acierto de casting), quien además fue una popstar fracasada que atendía mesas en un dinner pulgoso. Su padre adoptivo (CJ Jones) es sordo, pero puede escuchar la música apoyando su mano en el bafle del equipo, y su condición obliga a Baby a vivir en un mundo en el que la palabra es gesto (o sea, movimiento e imagen) y la cotidianeidad está mediada por una música que ambos intuyen, pero no experimentan del mismo modo. Como si esto fuera poco, Baby graba a su jefe en secreto y utiliza pequeños sampleos de su voz para construir canciones de hip hop infantil e instrumental. Sobre esto se monta una historia de amor con Debora, joven y hermosa camarera (Lily James) que está icónicamente inspirada en las canciones de escape y romance del rock de los años cincuenta, iconografía de núbiles princesas de suburbio sin dinero y chicos malos que conducen a altas velocidades incluida. Además, la película está llena de diálogos sobre cuál es la mejor canción para conducir a alta velocidad, anécdotas sobre asaltos a bancos frustrados por canciones sobre la mala suerte, listados de temas de acuerdo con los nombres de los personajes y, en general, un chisporroteante conocimiento musical empleado para contarnos cosas sobre esos sujetos.

Entonces, ¿cuál es el problema? El tercer acto. Wright maneja con tanta maestría el lento desvelamiento de sus personajes, la hermosa historia de amor y la mezcla de acción con videoclip (dicho esto de la forma más elogiosa posible) que cuando llega el momento de resolverlo parece titubear, parar, arrancar de nuevo, mantenerse indeciso sobre quién es el verdadero antagonista y, sobre todo, qué nivel de latitud moral y qué recompensa final le corresponde a Baby. Se nota su cariño por ese personaje extraordinario que labró con amor, pero a la vez sus acciones lo comprometen de tal forma que la película forcejea entre redimirlo o castigarlo con resultados poco satisfactorios.

Sin embargo, se podría decir que ese es un detalle menor cuando se está frente a un talento de la imagen en movimiento como Wright. Baby Driver se queda con vos y es más lo que te impresiona y entusiasma que lo que decepciona, de manera tal que, varias semanas más tarde, seguís ululando una canción despacito mientras pensás en autos brillantes acelerando en el sol de la mañana.

 

Baby: El aprendiz del crimen

Baby Driver

De Edgar Wright

2017 / Reino Unido - Estados Unidos / 113’

Estreno: 27 de julio (UIP)