Crónica de un rodaje intenso

Viajamos hasta la selvática localidad misionera de El Soberbio, donde Diego Martínez Vignatti filmó un tramo de su cuarto largometraje, un “western contemporáneo” con el que pretende concientizar sobre el desmonte y el uso de agrotóxicos.

Nota publicada en el número 147 de Haciendo Cine.

El espesor de la selva cautiva. Ya sea encendiendo de adrenalina el corazón de un puñado de cronistas religiosos en los albores de la Conquista como nutriendo la imaginación de varios escritores modernistas de nuestras tierras (Lugones, Quiroga) o convocando a algún realizador germano a gestar una empresa titánica (Fitzcarraldo de la mano de Herzog), su frondosidad motoriza ficciones de todo matiz. Filmar en medio de la selva debe ser una experiencia que ningún cineasta o cinéfilo querría perderse. Con una camioneta 4x4 que avanza con firmeza nos dirigimos hacia esas geografías densas, donde fuimos invitados a asistir al rodaje de La tierra roja, coproducción entre Argentina, Brasil y Bélgica. Se trata del cuarto largometraje de Diego Martínez Vignatti (La cantante de tango), quien se vio seducido –al igual que Pablo Fendrik, que filmó allí El ardor– a situar su historia en las inmediaciones de El Soberbio, pequeña localidad misionera que limita con Brasil.

La película tiene como protagonista a Pierre (encarnado por Geert Van Rampelberg, actor del film belga The Broken Circle Breakdown, nominado al Oscar), un ex jugador de rugby belga que trabaja en Misiones plantando pinos para una multinacional vinculada a la industria del papel. En ese contexto conoce y se enamora de Ana (Eugenia Ramírez Miori), maestra rural, militante ligada a la lucha contra el desmonte y la utilización de agrotóxicos.En su germen, el film estaba ideado como un drama romántico, pero en el camino fue dándole más importancia al tratamiento del tema medioambiental. Martínez Vignatti expresa su visión crítica sobre el tema: “En la Argentina estamos viviendo un desastre que ya no es ecológico sino sanitario, porque los efectos ya se están viendo en la población. Estamos recibiendo doscientos millones de litros de agrotóxicos por año. Detrás de todo eso tenés a Monsanto, al gobierno nacional, a los gobiernos provinciales. Las empresas arrasan con la selva, la queman, plantas pinos, inundan todo de glifosato, y cuando los pinos crecen los mandan a la papelera, hacen la pasta de papel para la cual usan cloro, contaminan más el río y así el ciclo sigue. ¿Cuánto puede aguantar la tierra y la salud de la gente? ¿No resulta extraño que no exista una película que hable acerca de esto?”.

Llegamos desde Iguazú tras recorrer alrededor de 300 km por rutas provinciales y nacionales. Ya adentrados en el pueblo, los carteles de los negocios evidencian el imperativo de la lengua portuguesa: “peixeria”, “churrascaria” y otros. “Aquí entre nativos se habla portugués, incluso en la escuela”, nos dirá al día siguiente un joven del lugar, provisto de una blonda cabellera y de unos ojos clarísimos que afirman los rastros de la importante inmigración alemana en esta zona. Corcoveando, la camioneta incursiona entre una fastuosa vegetación y llega a una especie de morro donde se encuentra Puertas del Sol, un hotel habitado casi exclusivamente por todo el equipo de producción y algunos actores. Ahí todo se mueve a un ritmo vertiginoso en el que el descanso se entrelaza con la minuciosidad del trabajo. Se almuerza o se cena mientras se planifica la jornada de trabajo del día siguiente en una notebook. Pero nosotros nos hospedamos en las cabañas Tío Coleco, propiedad del ex intendente Alberto Elio Krysvzuk,quien se encuentra prófugo, sospechado de haber robado más de dos millones de pesos.

Desde allí nos dirigimos hacia el set de filmación, que queda a unos pocos kilómetros de distancia. Las escenas que se filman durante este día tienen lugar en una especie de establo de madera y en una escuela rural que orillan la selva. Entre una gran cantidad de extras, vestuaristas y maquilladoras también circulan los actores. Uno de ellos es Enrique Piñeyro, quien tiene una participación pequeña en la piel de un médico rural que previene sobre los efectos de los plaguicidas. En esa secuencia de alto voltaje concientizador, entra en juego un pliegue de lo real. Es que Fabián Tomasi –quien sufrió en carne propia el flagelo de los agroquímicos cuando trabajaba como peón rural– irrumpe con su testimonio en una escena en la que el arte dramático más calculado cede ante la fuga de unas lágrimas para nada fingidas. “No estoy haciendo un documental pero, si en la ficción puedo integrar a gente real, lo hago. Los extras son más que extras; son testigos”, dice Martínez Vignatti, confirmando su capacidad para extraer del azar toda su potencialidad. Luego de la escena, Tomasi se acerca a conversar acerca de su dolorosa historia, y nos cuenta que trabajaba cargando aviones con veneno. “Yo era diabético e insulinodependiente. Por eso el veneno me atacó así, porque estoy disminuido en mis defensas.Me empezaron a tratar por un desfasaje de la diabetes. Después mi capacidad muscular empezó a disminuir. Desde la cintura hasta abajo estoy normal, pero del ombligo hacia arriba me estoy secando”.

Al día siguiente, el rodaje nos deriva hacia el medio de la ruta. La gente del pueblo asiste, expectante, a ambos lados tomando mate o cerveza. El equipo técnico está instalado en una especie de amplio e improvisado quincho donde gallos y gallinas revolotean animando el paisaje. El sol refulgente no amedrenta a nadie, aunque se potencia con el asfalto y demanda una hidratación constante. El productor ejecutivo Pablo Ratto recorre el set atento a los detalles, lidiando con la mezquina señal telefónica. Entre otras cosas, desea confirmar que el helicóptero que prometió la gobernación llegará a tiempo. Allá abajo se está por armar una escena soberbia en la que la comunidad se manifiesta por el cese de la utilización de agroquímicos (“No más lluvia tóxica en nuestras tierras”, dirán las pancartas) y la Infantería reprime. Es una escena amplia, abierta, de gran intensidad.

Acá la figuración de la selva se da en grandes dimensiones. No estamos ante el monte atravesado por un héroe que hace su devaneo en clave intimista, como podría suceder en un film de Lisandro Alonso. Tampoco es la frondosidad de la selva mágico-mítica de Apichatpong Weerasethakul. Este rincón de la selva se filma en plano general, con un importante despliegue técnico, numerosos actores y cuantiosas escenas de acción. De eso está convencido Martínez Vignatti, quien espera que la película sea, además de reveladora, entretenida: “Tenía ganas de filmar un western contemporáneo, porque antes había hecho solo películas contemplativas. Me entusiasma que haya peleas, tiros, explosiones…”.

Aquí se filman también algunos planos cruciales para la prosecución de la historia. La protagonista de esas tomas es Ana, quien debe ponerse al frente de la protesta asumiendo un precio alto. En el ansiado break para el almuerzo, Eugenia Ramírez Miori (ex esposa del director) se acerca para dialogar: “Esta es la película más difícil que hice con Diego, porque es muy arriesgada. Mi personaje tiene muchos matices: es maestra, anda a caballo, tiene momentos emocionalmente muy fuertes. A priori, en las otras películas teníamos que dejar la emoción más de lado. Y en La tierra roja la manera de filmar es más improvisada, tiene mucho de documental. La problemática que estamos filmando es algo que sucede acá. Hay gente que está enterándose de lo que sucede a medida que rodamos. Y son personas que trabajan con agrotóxicos, con tabaco. Están tomando conciencia de la situación”.

Cuando va cayendo la tarde, la actividad empieza a declinar, y el rotundo cansancio se delinea en el rostro de cada colaborador, en los que se adivina la ansiedad de la cena y el consiguiente sueño. Al día siguiente hay que levantarse temprano para visitar los Saltos de Moconá y recorrer brevemente el Parque Provincial. Pero ese será el guion que protagonizaremos solo los periodistas. Unos días más tarde, el equipo completo de La tierra roja se movilizará hasta San Luis para continuar con el plan de rodaje. Habrá tiempo, sin embargo, para que Martínez Vignatti deletree en voz alta su expresión de deseo: “Quisiera que esta película se vea mucho. Prefiero que asistan cuatro millones de espectadores y se enteren del tema, antes que ganar la Palma de Oro en Cannes”. 

La tierra roja

Diego Martínez Vignatti

Con Geert Van Rampelberg, Eugenia Ramirez Miori, Enrique Piñeyro.

Productoras: Trivial / Entre Chien Et Loup

 

Argentina/Bélgica