Días de feria

Enlazando tres historias que transcurren en uno de los mercados más grandes de Latinoamérica, La Salada se mete en un mundo poco conocido y lo retrata con delicadeza y humor. Poco antes del estreno de la película en las salas argentinas, hablamos con su director, Juan Martín Hsu.

La Salada, que completó su producción luego de recibir un incentivo económico en el festival de San Sebastián en 2013, entrelaza tres historias que tienen como epicentro el mercado informal homónimo, reputado como el más grande de Latinoamérica. El lector ya tendrá cierta imagen formada respecto del sitio real: un enorme bazar de intrincados pasillos y códigos propios, en el que compradores de todo el país se aprovisionan de ropa barata, de marcas ignotas o truchas, tecnología de dudosa procedencia y otros ítems de lujo para revender y ganarse la vida.

El film narra, entre otros temas, cómo las diferencias sociales pueden ser superadas por el amor o, en algunos casos, su pariente más cercano: el sexo. Lejos de ser un ejercicio de estereotipar al inmigrante, La Salada retrata, con delicadeza oriental y cierto humor, las vidas de tres grupos étnicos diferentes: los coreanos –los más acaudalados: son dueños de algunos puestos y talleres–, los taiwaneses –un joven cinéfilo, perdido en su departamento, que de forma rutinaria va de su trabajo vendiendo películas piratas a su casa, y llama a Taiwán a su madre, quien lo presiona para que consiga novia–, y los bolivianos, que luchan emocional y financieramente. Además, está la historia de un joven inmigrante que se enamora de una chica varios años mayor.

 

¿Cómo fue el proceso creativo que te llevó a filmar la película? ¿Pensaste en el lugar primero y luego surgieron las historias?

En un principio tenía varias ideas generales acerca de la inmigración que me venían rondando en la cabeza, pero en ese entonces todavía no lo había vinculado con mi propia experiencia personal, aunque era muy obvio que lo haría por ser hijo de inmigrantes: mi madre es taiwanesa y mi padre era chino, pero me costaba darme cuenta de qué contaba realmente la película. Por otro lado, yo conocía la feria de La Salada hacía varios años por algunos amigos y conocidos coreanos que tenían puestos ahí, y en cada visita que hice siempre me pareció un espacio sorprendente desde lo visual y por la infinidad de historias que cuenta el espacio y la gente que lo visita. Y la elección de este lugar para contar la película tenía que ver con esto, con la heterogeneidad de personas que trabajan y visitan la feria.Hasta ese entonces las ideas que tenía para trabajar la historia eran todavía muy teóricas y hasta puramente estéticas. Y además, como decía anteriormente, la cantidad de increíbles historias posibles para contar me nublaban la vista para encontrar a los personajes correctos. Por eso el trabajo de escritura con el guion fue muy largo y tedioso porque tardé muchísimo tiempo en encontrar y descubrir qué era lo que realmente quería contar. Este proceso me llevó cinco años, di vueltas en algunos talleres de desarrollo de películas como el Taller Proa, que se hizo en 2007. Ahí conocí a Rodrigo Moreno, quien me ayudó mucho a poder concretar y pensar la escritura, incluso en la etapa final de preproducción de la película, estando a dos semanas para empezar a filmar. 

 

El crítico literario Harold Bloom escribió sobre “la ansiedad de la influencia”, sobre cómo los fantasmas de los autores que preceden la obra de uno nos visitan a la hora de crear. ¿Cuáles podrías mencionar? ¿Te provoca ansiedad tener la obra en mente cuando la pantalla está en blanco?

A la hora de pensar la película aparecieron referencias de autores muy diferentes: desde Tsai Ming-liang, Hou Hsiao-hsien e Iñárritu hasta Juan Villegas y Martín Rejtman. Pero realmente a la hora de filmar no sirvió de mucho debido a la cantidad de problemas de producción y presupuesto que íbamos teniendo durante el rodaje, lo que nos obligaba constantemente repensar las propuestas planificadas. Como por ejemplo: la falta de equipo de luces nos obligaba a armar puestas aprovechando la luz propia de cada locación; a su vez, hacíamos planos cortos por la imposibilidad de iluminar zonas muy grandes o porque nos faltaban extras para llenar una locación; o encontrábamos dificultades en filmar en la feria por los constantes imprevistos, como llegar y que esté todo cerrado, o que de repente ya no existían mas los sectores que habíamos elegido para filmar. Todo esto nos obligaba a improvisar, y así fue apareciendo sola la manera estética de filmar la película; no fue buscada, sino que se impuso sobre lo que habíamos pensado. Así que la ansiedad de los referentes que tenía en mi cabeza no apareció directamente porque no era posible, pero igualmente creo que algo del espíritu de estos autores está presente en algunos momentos. Finalmente la película que quedó es muy diferente de la película que me imaginaba, y por suerte fue así; creo que la otra hubiese sido muy mala.

 

¿Cómo fue filmar en La Salada?

El acceso fue relativamente sencillo, pero filmar en La Salada fue muy difícil y estresante ya que filmábamos con la feria abierta: transita mucha gente por día y la organización es bastante caótica. Como adelantaba antes, tuvimos que improvisar mucho sobre la marcha ante la continua aparición de imprevistos. En general todo lo que teníamos planeado para hacer nunca se podía concretar. Por ejemplo, nos pasaba todo el tiempo que la gente miraba a cámara, saludaba y hasta le hablaba denunciando situaciones de la feria, pensando que éramos de la televisión; otras veces llegábamos y la feria estaba completamente cerrada o las locaciones que habíamos elegido no existían más porque la policía cerraba los puestos o porque había venido un tractor y los había tirado abajo. Y vuelvo sobre la pregunta anterior: a partir de estos problemas fue apareciendo la manera de filmar la película: debido a que la gente miraba cámara, armábamos la puesta para que no se diesen cuenta, o si no cerrábamos el plano. Si el lugar no existía también cerrábamos el plano, y así en un momento del rodaje nos dimos cuenta con el DF, Tebbe Schöningh, que la película pasaba por ahí, por los personajes, por sus primeros planos acompañando la gestualidad de ellos. Teníamos que aprovechar la naturalidad que nos estaban dando.

 

Con respecto a la dirección de actores, ¿qué premisas solés seguir y cuáles tuviste en cuenta para esta película en particular?

La película está interpretada por actores profesionales (Chang Sung Kim, Ignacio Huang, Nicolás Mateo y Paloma Contreras) y actores naturales (Limbert Ticona y Yunseon “María” Kim). Con los profesionales ya sabía desde hacía mucho tiempo que iban a ser ellos, y con los chicos tuvimos que ir haciendo castings junto a Natural Arpajou (directora de casting y coaching actoral) en los barrios donde las comunidades suelen reunirse. Una de las condiciones que teníamos para todos los actores era que tenían que ser de la nacionalidad correspondiente a cada personaje; como casi todos vivían en Argentina, por lo tanto eran inmigrantes, transitaron de un modo u otro el camino de los personajes que cuenta la película. Este hecho ayudó mucho a la hora de los ensayos, que hubo muy pocos, porque ellos ya entendían de manera natural cómo se sentían estos personajes. La única dificultad fue igualar en tonos actorales a los actores con experiencia con los que no la tenían, pero lentamente, a medida que ellos se iban conociendo y relacionándose, se fue armando de manera natural: los actores profesionales se iban adaptando a la naturalidad de los actores no profesionales.

 

De las tres historias que se narran, ¿hay alguna que te guste más?

Personalmente las tres historias me gustan por igual, las siento muy cercanas, porque las situaciones que viven estos personajes fueron basadas en mi realidad, de familiares y amigos míos. La elección de que la película sea coral tuvo que ver con que me parecía que no me alcanzaba contar esta idea de la inmigración con una única historia; tenía que abarcar a otras colectividades, pero al mismo tiempo debía lograr que a lo largo de la película los personajes empezaran siendo muy diferenciados y lentamente se fusionaran en uno solo y armaran una idea de un único personaje inmigrante. Por eso me cuesta separarlos y poder elegir uno.

 

En un momento, Huang está mirando Juan Moreira. ¿Con qué tiene que ver ese guiño?

La elección de las películas que ve Huang (Sábado, Rapado, Nueve reinas y Juan Moreira) son películas y directores que me gustan, pero a nivel narrativo tiene que ver con la idea de ese inmigrante solitario que para pasar sus ratos libres va al cine para sentirse menos solo. Y en Huang en particular tiene que ver también con la idea de aprender del “otro”,del argentino, de sus costumbres, de su historia, de su idiosincrasia a través de sus películas, y de intentar imitarlo para poder integrarse. Me parece que estas películas tienen algo popular que transmiten estas ideas.

 

¿Con qué proyectos estás trabajando ahora?

En mayo se estrenó un corto que hice para Historias breves  que se llama Diamante mandarín y trata de una familia que tiene un supermercado en el 2001 y por miedo a los saqueos deciden cerrar una semana el negocio. Ahora estoy trabajando en una película que por ahora se llama Los extraños; la estoy escribiendo con Carolina Hsu y trata sobre la llegada de mi padre a la Argentina en los sesenta. Esta generación de inmigrantes vino por barco e hizo vida alrededor del puerto; en el caso de mi padre, estaba relacionado con el contrabando. Es un poco ambiciosa la película, pero veremos qué pasa.