Doble exposición

Desmadre, fragmentos de una relación, de Sabrina Farji, muestra el vínculo entre madres e hijas, contado en primer plano, desgranado en fragmentos íntimos y personales. Una reflexión sobre el amor más primario y el paso del tiempo.
 Hablamos con su directora.

¿Cómo nació la idea de hacer un documental sobre la relación madre-hija?

El documental surgió a partir de una situación de desborde familiar en el que había muchos cambios. Una separación mía, mi hija mayor se iba a vivir con su padre, mi madre estaba atravesando episodios de ataque de pánico y problemas cardíacos. Eran como infartos pero clínicamente no era así. Se determinó que era una enfermedad que se llama Takostubo, que es el nombre de una trampa para cazar moluscos en Japón. Es la enfermedad del mal de amor. Hablando con muchas amigas sobre este desborde, me di cuenta de que todas tenían algo con el tema de la maternidad, ser madre y ser hija, el conflicto, la idealización, el tabú de poder hablar sobre sensaciones encontradas con cada uno de los miembros de la familia. Entendí que lo que me pasaba a mí les ocurría a otras mujeres, y que la maternidad no estaba explorada desde el estado crítico. La idea del documental surgió en ese momento que te digo, y tardé cuatro años en hacerlo. O sea que desde el disparador y guion original pasó el tiempo y estábamos en otro momento de nuestras vidas y con otro vínculo.

 

¿De qué manera te planteaste filmar esta película, teniendo en cuenta que es un tema inabarcable?

Siempre pensé en tomarlo desde lo personal ya que había sido mi disparador original. Pero también por esa misma razón sentí que era importante dar el contrapunto de las otras mujeres que funcionan como un coro griego, avalando, refutando, complejizando mi historia personal. Lo mismo con los fragmentos de los especialistas. De todos modos, a la hora de hacer las escenas de intimidad reconozco que pequé de cierta ingenuidad porque de verdad no sabía dónde me metía o cuál sería el alcance que podría tener vivir esta aventura. Lo digo por el costo emocional y la exposición; en mi caso puedo entrar y salir, jugar con esto, pero mis hijas y mi madre no lo tenían ni lo tienen trabajado. También pensé que debíamos tener humor, no ponernos densas. Si bien es muy emocional y todas las mujeres de mi familia somos muy temperamentales, tenemos humor ácido, negro, incorrecto. Estamos entrenadas en esta relación disfuncional.

 

En Desmadre te ponés delante de la cámara, exponiendo tu cuerpo y tu intimidad. ¿Cómo te llevaste con esa exposición?

Lo difícil del doble rol es que estaba 50 y 50. Hubo escenas que me costaron mucho transitar, pero al mismo tiempo sabía que para la película podía quedar bien y en esas situaciones me ganaba la cineasta. Cuando vi cómo venía la mano, tuve la certeza de que, si alguien debería quedar expuesto, esa era yo. Porque en definitiva es mi profesión, y como te decía me la tengo que bancar porque nadie me mandó a meterme en ese lío. Sin embargo mi mamá e hijas me estaban haciendo el aguante. Lo padecimos y lo disfrutamos alternativamente. Todo cambiaba minuto a minuto. Mi mamá estaba contenta de poder ir a su provincia natal y reencontrarse con su familia y paisajes, mostrarles a mis hijas dónde había nacido. Todas salimos ganando en la experiencia porque crecimos un poco más haciéndolo. Creo que lo que está adelante de una cámara pasa a ser ficción, incluso en el documental. Se trabaja la verosimilitud, pero no es real. La vida, nuestra vida y nosotras mismas somos esas que estamos ahí editadas, pero al estar editadas claramente pasa a ser un recorte, con lo cual no es la realidad. Por eso es como que puedo ver a una mujer que se parece a mí físicamente pero esa no soy yo. Es un recorte de mí misma en un momento.

Me gustó mucho esta nueva instancia que me permitió el documental para reflexionar sobre el lugar que ocupo, hasta dónde puedo correrme de mi ego y asumir el paso del tiempo, dar lugar a que florezcan mis hijas. Mi hija mayor trabaja con la imagen, hizo el diseño de todas las piezas gráficas, tuvo la cámara íntima registrando sin límites lo que quería, dejando que su ojo aparezca. Todo eso creo que es un ejercicio de ser madre, dejar que las hijas aparezcan, crezcan, florezcan. Es otro ejercicio sobre la maternidad. Mi madre, más allá de que no esté de acuerdo con el enfoque, respeta mi obra y me acompaña, aunque no deja de ser incómodo para ella.

 

En la película hay momentos de una espontaneidad tal que hasta los espectadores nos olvidamos de la cámara, ¿cómo se logra eso?

Pensando en trabajar con mujeres que nunca habían estado delante de cámara, necesité armar una familia de rodaje. Tenía que ser un equipo de mujeres. Debía dejar que apareciera esa intimidad, que no hubiera hombres poniendo micrófonos o armando puesta de luces. Creo que eso ayudó a lograr esa intimidad y que las mujeres estemos relajadas sobre cómo lucíamos, qué decíamos. No nos condicionaba la mirada. Durante el viaje comíamos juntas, estábamos todo el tiempo juntas, o sea que era realmente una familia de rodaje. Cada rodaje tiene su estrategia. Connie Martin (DF) y Mariana Delgado (sonido) ya habían trabajado juntas y se conocían, así que todo fluyó muy bien. Me gustó mucho la posibilidad de trabajar con mujeres en un 80%, la música es de Karina Camporino, que hizo un trabajo precioso; María Vacas en la producción; mi hija Zoe Trilnick Farji en la segunda cámara. Creo que el trabajo de dirección en este caso es encontrar la estrategia de rodaje. Fluir relajadamente hasta el punto de olvidarnos que está el micrófono prendido.