Drogado y posmoderno

Un grupo de comediantes, fuertemente identificados con un estilo particular de cine, hacen de sí mismos en el marco de una película en la que irrumpe el Apocalipsis. Tras un discreto y fugaz paso por las salas, se editó en DVD Este es el fin, una de las mejores comedias estrenadas durante 2013.

La película comienza con un marco puramente apatowiano: la llegada de Jay Baruchel a encontrarse con Seth Rogen, su mejor amigo, en el aeropuerto de Los Ángeles para luego proceder a fumar porro y jugar videojuegos. El ínfimo Baruchel es, de manera coherente con la realidad, el miembro del grupo que no la ha pegado, un actor que odia Los Ángeles y que tuvo solo un pequeño y fugaz paso por las huestes de Apatow como protagonista de Primer año (Undeclared), serie universitaria que, a diferencia de Freaks and Geeks, ni siquiera es objeto de culto.

A partir de ahí, la película se divide en dos partes cuya lógica se complementa: por un lado, una primera larga secuencia ambientada en la fabulosa casa de James Franco (¡diseñada por él mismo!) durante una fiesta que sirve como excusa para tirarnos chistes estúpidos basados en la personalidad pública (y en nuestras percepciones) de varios de los invitados. Por otro, lo que es el corazón carnoso de la película, la supervivencia en el Apocalipsis y el eventual escape de él.

La primera parte es la que puede resultar más ofensiva y vacua para la mayoría de los espectadores que no hayan seguido las carreras de muchos de sus participantes o que solo los consideren insoportables. Pero acá también comienza a funcionar aquello que irá arrancando a la película del pantano de la pura autorreferencialidad: la liviandad para burlarse de sí mismos y la construcción de los personajes Danny McBride, Seth Rogen, Jay Baruchel, Jonah Hill, James Franco y Craig Robinson sobre la base de una imagen absurda y falsa, una exageración de las características superficiales más conocidas. Como cuando Humphrey Bogart aparecía dibujado en algún corto de los Looney Tunes. Además, esta porción nos da la mejor versión de Michael Cera en años.

A partir de ahí, una larga secuencia dentro de la casa, sostenida por algunas de las características más notorias de la comedia de la generación Apatow: largos diálogos de apariencia improvisada, cuya gracia proviene de la extensión de una broma o imagen más allá del tiempo esperado y del particular estilo discursivo de cada uno de los protagonistas; un arco dramático sostenido en el concepto del bromance y, de una forma más general, en el acercamiento entre hombres; y las dificultades para crecer cuando es tan fácil (especialmente en Hollywood) mantenerse como un perpetuo adolescente de edad indeterminada. Es curioso, de forma comparativa, cómo la mayoría de las marcas de los diálogos se han mantenido en la filmografía del mismo Apatow, a la vez que se han abandonado los temas sobre infantilismo y salvajismo que caracterizan a esta generación de comediantes, lo que deriva, en consonancia con su envejecimiento, en amables exploraciones de la vida diaria cada vez más conservadoras, en el buen sentido de la palabra.

Es cuando esa libertad para los diálogos, ese ambiente relajado y la sensación de fiesta de egresados se combinan que se dan momentos de comicidad despegados por completo de la imagen pública de sus protagonistas: la discusión sobre la violación, la discusión sobre la paja, la escena de la pistola. Esto nos lleva a preguntarnos sobre la curiosa combinación de libertades y limitaciones que el estilo Apatow resguarda en su interior, y que deriva en la producción de una película extravagante e indulgente como esta, que, sin embargo, es muy graciosa.

Por otro lado, la película está marcada por una absorción descontrolada y torcida de géneros que parece una consecuencia secundaria de la omnipresencia de esta generación de actores en las pantallas durante la última década y que, dicho sea con sinceridad, es una característica de la comedia norteamericana desde la revista Mad. Frente a su milieu apocalíptico, la película se comporta con respeto y con un modicum de imaginación. Su diseño de monstruos es clásico: poseen cornamentas y colas, y el diablo es representado como una bestia con patas de cabra. Pero en esa simplicidad el diseño es muy bueno, y recuerda a lo antinatural de observar una creación cuadro-por-cuadro moviéndose lentamente en la pantalla.

Es inevitable realizar una comparación con The World’s End, el reciente film de Edgar Wright, Nick Frost y Simon Pegg que cierra su Trilogía Cornetto. Ambas tratan sobre la amistad y el fin del mundo, pero ahí se acaban las similitudes. La diferencia fundamental es que The World’s End es, al igual que las películas anteriores de Wright, un ejercicio de clasicismo narrativo oculto bajo una aparente cruza de géneros posmoderna (y, como las películas anteriores de Wright, funciona como una hermosa cápsula que combina retrato de época y de Inglaterra con reflexiones sobre las relaciones humanas y con una genial dirección de escenas de acción), mientras que Este es el fin es caos, impunidad, lógica stoner, oculta debajo de una broma y de un atisbo de fama.

Como tal, es un artefacto cultural extraño. ¿Qué hubiese sucedido si el Rat Pack hubiera hecho una película en la que los personajes se llaman Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr. y deben escapar de una bomba nuclear rusa? ¿Y si el Brat Pack hubiera hecho una película en la que Emilio Estévez, Rob Lowe y Judd Nelson enfrentan a una supercomputadora decidida a dominar el mundo? ¿Hubiesen sido el Rat Pack y el Brat Pack? ¿De qué manera los recordaríamos? Si la energía que mueve a los astros del cine es producto de su actividad real, esto es, la actuación, entonces, ¿de qué manera una película sobre ellos mismos alimenta esta imagen? ¿O acaso su combustible en un momento deja de ser su actividad y pasa a ser sencillamente la fama? La fama por la fama misma es un fenómeno intensificado en nuestros tiempos, y es un poco frustrante que una película que tiene un chiste con Channing Tatum que probablemente sea el mejor del año dependa justamente de que su protagonista sea Channing Tatum para que funcione. Y que nosotros, encima, lo entendamos.