El jefe de los malos

La pasión de Tony Soprano, de Emmanuel Burdeau (El Cuenco de Plata).

Si hubiera que remontarse al origen del fenómeno actual que tiene lugar en la ficción televisiva americana, indudablemente habría que referirse a Los Soprano, creada por David Chase. Esta serie monumental de seis temporadas, taquillera, con miles de fans que plagaron (y siguen plagando) el ciberespacio de foros de discusión, se erigió como una de las más importantes plataformas de jerarquización de la pantalla chica. No en vano, el cahieristaEmmanuel Burdeau le dedica a este megarrelato sobre la mafia un libro tan elocuente como apasionado. Si la apertura de La pasión de Tony Soprano se centra en la conmoción que provocó en la audiencia el cierre de la historia en el último capítulo (que ganó tantos entusiastas como detractores), el libro pronto se ocupa de describir la renovación y recuperación del género de gángsters que la serie promueve (con ese magnate de la gran ciudad que es atormentado por su madre y recala en una terapia psicoanalítica), así como de desandar la figura indisociable de ese ícono-personaje que encarnó Tony (James Gandolfini). El libro extrae una fuerza inusual al pensar su objeto reconciliando supuestos extremos: “Chase debió haber rastreado sus referentes incluso en los géneros y territorios a priori más incompatibles. Habrá recurrido seguramente a los grandes films del pasado y a las sitcomsde tardes aburridas, Gustave Flaubert y Brigada A”. El volumen, además, se encarga de enaltecer imperiosamente la manera en que esta serie elude cierto reduccionismo sociológico que Burdeau detecta en las producciones actuales. “Así como la mafia escapa de los códigos de visibilidad, Los Soprano escapa de las identificaciones. (…) Hay que ver Los Soprano como una serie fantástica”.