El tiempo y la sangre

No es otra película de dictadura. Pasaje de vida, segundo trabajo en dirección de Diego Corsini, es un thriller que pone el foco en la agrupación Montoneros y aprovecha para contar una historia de amor –la suya, la de sus padres– con un fuerte anclaje en la realidad.

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Cuando el distribuidor Bernardo Zupnik (el mismo de La historia oficial, El secreto de sus ojos e Infancia clandestina) vio Pasaje de vida, dijo: “Lo más lógico es que la distribuya yo, ¡la quiero!”. Claro, sucede que el hilo invisible que une a algunas de las películas distribuidas por el histórico factótum de Distribution Company es la dictadura militar. Sin embargo, pese a que sobrevuela en el aire el rancio aroma a bota, esta es una película de predictadura. Es, más precisamente, una película sobre el pase a la clandestinidad de la agrupación Montoneros.

Su director, Diego Corsini, es un tipo con muchas mañas. Cuando va a un bar, se sienta atrás de todo para alcanzar una buena visión del lugar. En su bolsillo siempre lleva un pañuelo de tela para poder humedecerlo si algún día está en medio del estallido de una bomba de humo. Pero lo más contundente es un juego que hace y repite inconscientemente. Un juego que le inculcaron de chico y nunca olvidó. “Contá hasta diez. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10. ¿Qué viste?”, le preguntaba su padre sorprendiéndolo en cualquier momento. Él tenía que contestarle con precisión porque, de otra manera, perdía. De otra manera, estaba muerto.

“La historia es, en parte, la de mis viejos”, sorprende Corsini. De manera que mucho de lo que les sucede en la ficción al Chino Darín y a Carla Quevedo les sucedió a sus padres. Y eso es un montón. Un pedazo de vida asociada a un ideal revolucionario, a una postal de juventud, a un cacho de existencia con luces y sombras. La ficción marcará que esta es una historia sobre la identidad, el exilio, la militancia y la ideología. Una historia que sigue tres momentos en la vida de Miguel narrados en paralelo: su juventud de militancia en los setenta junto a su enamorada Diana; el momento en que debe huir a España para salvar su vida; y su actualidad, en la que lidiará con el deseo de su hijo de irse a vivir a otro país. Y esta historia es, también, la de los migueles y dianas de la vida real, la de los padres de Diego Corsini.

“La idea de la película me surgió por una discusión que tuve con Albertina Carri acerca de Los rubios. Fue durante un Bafici, en 2003. Sentía que ella tenía un vínculo conflictivo con sus padres y yo no lo entendía. El mío era distinto, mucho más idealizado”, dice Corsini. Aunque, en realidad, como reza el dicho popular, “lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro”. Su reclamo a Carri –hija de montoneros desaparecidos– era más bien una suerte de proyección psicoanalítica: él quería resolver algunas inconsistencias en su propia historia, y la dirección del reclamo estaba mal encausada. Por eso, en unas vacaciones con su madre tras una operación de su padre, Corsini preguntó y su madre contestó. “Mis viejos fueron montoneros. Sabía que algo había, pero ese es un tema del que habíamos hablado poco. Recuerdo juntadas en mi casa cuando era chico. Pero nunca indagué en el pasaje de la militancia a las armas”, agrega el director. De hecho, la negación fue tal que, en su estadía en España (Diego nació en Madrid en 1981), la familia Corsini tenía un pacto tácito: “Si preguntan, vinimos por una beca que se ganó mamá”.

En sus películas hay un factor común: las historias de amor. Tanto Solos en la ciudad como Pasaje de vida encuentran un sustento en el romance. Incluso, hurgando un poco más, hay algo vincular entre ellas a partir de la construcción de historias en paralelo que, al final, se cierran. “En esta película me animé a mucho más”, afirma el realizador. Y en esta oportunidad cuenta con un elenco que se balancea entre sangre joven, actores populares y artistas prestigiosos. Así las cosas, completan el casting Miguel Ángel Solá (“estaba contento porque por primera vez le dieron un papel de bueno… bah, de alguien que no es un hijo de puta”), Alejandro Awada (“tiene cara de bueno, pero con ciertos lentes es otro tipo”), Mario Pasik, Charo López y Marco Antonio Caponi, entre otros. Y, entre esos otros, la debutante en cines Andrea Frigerio (“leyó el guion y se sumó de inmediato”).

Por estos momentos, Corsini vive –según dice– una instancia más ansiosa que tensionante: la del estreno comercial. Viene de estrenar el trailer (dato colorido: su socio, Matías Lértora, periodista y fanático de Superman, se debatía entre compartir en redes sociales el trailer de Superman vs. Batman o el de su propia película) y anda diseñando el acabado final del póster. Como productor, ya estrenó una docena de películas. Y aquello, lógico, le engrandece su confianza. De su boca: “La producción es mucho más estresante que la dirección. Ojo, no más difícil: más estresante”.

Pasaje de vidaes un thriller que funciona por varias razones: tiene el ritmo de los mejores thrillers norteamericanos. En su interior, todo el tiempo está pasando algo: hay amor, hay peleas, hay algo que resolver, hay persecuciones, hay buenos, hay malos y hay algunos que no se meten. Tiene buenos protagonistas (“la película tiene una belleza montonera”) y el prestigio de un actor completo como Miguel Ángel Solá (“nunca lo viste en un papel como este”). Además, sobrevuela la historia política en un momento en que buena parte de la coyuntura puede abrazar su propuesta. Y, fundamentalmente, con el correr de los minutos destruye un prejuicio que, a simple vista, puede aflorar: ¿el Chino Darín y Carla Quevedo haciendo de guerrilleros? Sí. Y no solo eso: cumplen, y lo hacen con creces.

Corsini insiste en que esta no es otra película sobre la dictadura. Advierte que tal vez ande un poco cerca de Infancia clandestina o Kamchatka, pero que aquí no reside la historia del hijo de nadie sino la de unos jóvenes montoneros. Por eso, Corsini tuvo que documentarse. “En conversaciones con mis viejos, ellos lloraban. Todas las charlas que tuvimos fueron muy profundas”, recuerda. También se leyó los tres tomos de La voluntad, del cronista e investigador Martín Caparrós. Una curiosidad del destino: el padre de Albertina Carri, aquel que Corsini recriminaba y Carri frenaba, fue quien les advirtió a los padres de Corsini que, si dejaban Montoneros, iban a recibir un juicio revolucionario. Es decir, los iban a matar a balazos. Y en la película (¡spoiler!) la historia se viste evanescentemente de fábula: su madre muere y su padre queda anclado a un presente de negación y a un pasado que duele. En la vida real, sus padres siguen vivos. “Con la democracia, mi papá quiso volver. Mi mamá se quería quedar en España. En el film invertí los roles”, advierte.

Por su parte, hay algo en su existencia que recoge un espíritu de época posible. “Si esta película se estrenaba en los años noventa, no la veía nadie”, se anima Corsini. Y sigue: “En ese sentido, mis papás le agradecen mucho al kirchnerismo: ahora empezaron a decir quiénes son”. Así, de alguna manera, la identidad, el exilio, la militancia y la ideología siguen latentes pero, sin embargo, sus significados van cobrando otro valor a partir del clima de época. “Hoy la política no es mala palabra. Encima acá hay mucho cine de género, lo cual la vuelve muy entretenida”. En una proyección cerrada para el elenco, los técnicos y productores, se llevó a cabo una escena que terminó de redondear sus intenciones: “Lo que me partió al medio fue que al final de esa función, mis viejos –que ahora están separados– se abrazaron, se miraron a los ojos y se dijeron: ¡Esta es nuestra historia!”. Y por consiguiente, en un gesto que tiene más de reparación histórica que de ambición cinéfila, es también la suya.

 

Pasaje de vida

Diego Corsini

Estreno: 28 de mayo

2015 / España - Argentina / 112 minutos

Distribution Company