En perspectiva

A 61 años de su publicación original, se publica la primera edición local de La pantalla diabólica, admirable estudio de Lotte Eisner sobre la gran primera época del cine alemán.

Describir los rasgos estéticos intrínsecos a una cinematografía nacional siempre resulta un arduo desafío para el analista o el crítico. Habitualmente se suelen identificar  características recurriendo a grandes generalizaciones que no terminan por constituirse en observaciones sobre la especificidad de poéticas regionales, sino que terminan dando cuenta de aquellas coincidencias halladas entre estilísticas de dos o más países. Pocos estudios dejan en claro que eso que puede denominarse “cines nacionales”, está conformado por una heterogeneidad de miradas. Por eso, La pantalla diabólica (publicado originalmente en 1952 y hoy felizmente aparecido en edición nacional por Cuenco de Plata) resulta una lectura tan fascinante como compleja, porque se asume desde un lugar que aborda al cine clásico alemán a partir de un amplio juego de perspectivas, con una óptica caleidoscópica. Lotte Eisner hace un trabajo admirable en el que busca particularizar generalizaciones. Para la autora, existiría una gran época del cine alemán acotada en un periodo que se extiende desde la Primera Guerra Mundial hasta 1926 (luego vendría lo que llama su “decadencia” en el majestuoso capítulo dedicado al film nazi y post-nazi). Ese florecimiento que Eisner señala en las primeras décadas del Siglo XX estaría determinado fundamentalmente por dos novedades: el teatro de Max Reinhardt y la aparición del arte expresionista. Reinhardt aporta un contraste radical de luces y sombras a través de un trabajo obsesivo de iluminación que comienza como una necesidad de enriquecer y proveer densidad dramática, allí donde la carencia de escenografías suntuosas era la regla. El expresionismo sobrevuela como faro ideológico (en el sentido de gestionar negociaciones con el mundo) bajo el cual “los hechos exteriores se transforman sin cesar en elementos interiores y los incidentes psíquicos se exteriorizan” en el contexto traumático de la primera posguerra. A partir de esos dos movimientos complementarios que narrativizan características generales, Lotte Eisner va matizando su recorrido identificando modos de hacer específicos en cada una de las obras de las que se ocupa. Si en Nosferatu de Murnau (El burgués demoníaco) le parece que logra captarse el pulso tensional del horror –por vía expresionista-  como producto de un rodaje en exteriores que hace un excelente uso del paisaje y el clima; el terror de Caligari le parece “casi artificial”. Y por ese carril explorará un corpus forjado tanto “por la necesidad de evasión que experimenta un pueblo hambriento y frustrado” según detecta en las películas de época de Lubitsch; como el camino del héroe en su desdoblamiento de identidad hacia una figuración demoníaca (Homunculus, M el vampiro, Las tres luces). Libro exhaustivo y apasionante; hay razones de más para festejar la aparición de La pantalla diabólica.