"Encandilan luces": Folklore psicodélico

Este documental se centra en la figura del particular grupo de música "Síquicos Litoraleños", quienes cuentan con una propuesta muy poco convencional

La ópera prima de Alejandro Gallo Bermúdez “Encandilan luces, viaje psicotrópico con los Síquicos Litoraleños” plasma la gira del grupo oriundo de Curuzú Cuatiá que supo ser un secreto a voces y que gracias al proyecto expande su zona de acción.

HaciendoCine dialogó con el realizador para conocer más de esta experiencia que viene sorprendiendo a espectadores y crítica.

¿Cuál era tu conexión con la música del noroeste antes de encarar el proyecto?

Antes de encarar el proyecto sabía muy poco de la música del NEA, ni siquiera de los grandes maestros del chamamé. Mi familia es de Salta y en mi casa siempre se escuchaba mucho folklore, pero más norteño, como Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Cafrune. Que creo que se diferencia fundamentalmente de la música popular litoraleña por una cuestión de solemnidad. En el norte el folklore es más solemne, más parsimonioso, hay que vestirse de gaucho para cantar y bailar, en cambio en la Mesopotamia podés bailar en ojotas y traje de baño y nadie te va a decir nada.

¿Cómo conociste al grupo?

A Los Síquicos Litoraleños los conocí por esas cosas peculiares del destino. La primera vez que tocaron en Buenos Aires yo estaba ahí de casualidad. Fue en un festival que se realizó en 2005 en una fábrica recuperada en Parque Patricios. Fue una noche que marcó mi vida, nunca había escuchado ni visto algo así. Desde el interior profundo y rural traían un nuevo sonido, forjado sin más referentes que lo suyos, sumamente auténtico y sincero. Luego de ese show me quedó la afiebrada certeza de que quería hacer algo con ellos, aunque no sabía muy bien qué aún.

¿Cómo fue tu aproximación hacia la banda? ¿Aceptaron ser parte del proyecto desde un comienzo?

Durante mucho tiempo no supe más nada de ellos. Cada tanto los googleaba sin suerte. Hasta que lograron empezaron a subir sus primeros videos desde Curuzú Cuatiá, tomando el espacio público de su pueblo por asalto, disfrazados con túnicas y máscaras hechas con bidones de gasoil, que me partieron la cabeza. Y así como a mí, ese efecto comenzó a tener réplicas en diferentes partes del planeta, donde los comenzaron a llamar “El Pink Floyd de los Pobres”. Así como las esporas de los hongos que viajan grandes distancias para compartir información. Los comencé a ayudar cada vez que venían a la Ciudad de Buenos Aires, donde vivía en ese entonces, difundiendo las fechas, haciendo visuales durante sus shows y por supuesto filmándolos. A ellos les gustaba que exista ese registro de sus presentaciones en vivo, que también compartían en Youtube. Cuando en el 2009 los invitan todo pago a realizar su primera gira, que resultó ser por Holanda y Bélgica, ese fue el puntapié del documental. Dije “ah, bueno, no sólo me parecen geniales a mí”. Vendí mi Renault 19, me compre una cámara, un pasaje y los seguí durante toda esa frenética travesía. No sabía muy bien qué quería hacer todavía, ni cómo, pero lo fui descubriendo en el camino, también haciéndolos partícipes del proceso, escuchándolos y explicando mis decisiones creativas también.

¿Qué cosas sabías que no ibas a reflejar en este rockumental?

El rockumental es un género que a veces tiene un gran defecto, y es explicar demasiado las cosas. Si hay algo que tenía en claro es que no quería hacer un documental que termine y la gente diga: “bueno, ya sé quiénes son Los Síquicos, voy a pasar a otra cosa”. Ellos tienen actuaciones muy performáticas, se disfrazan para tocar, no se sabe cuántos integrantes son exactamente. Es una banda muy misteriosa y no quería correr ese velo, ni bajarlos al plano terrenal, porque creo que iba a ser contraproducente para la película, y para ellos fundamentalmente. Entonces fue todo un proceso de alquimia audiovisual, cuánto mostrarlos, cuánto no, para que el público se quede con ganas de más y siga su viaje una vez terminada la película, que llegue a su casa y se cuestione si todo lo que vio fue real o no, que los busque en internet, que los escuche. El universo de Los Síquicos Litoraleños es inabarcable, yo condensé en 80 minutos un retrato posible, pero hay mucho más de ellos por descubrir. Creo que la película cumple con ese propósito.

¿Cuánto tiempo de rodaje real hubo? ¿Y de investigación previa y búsqueda de material?

De rodaje real habrán sido tres meses, pero distribuidos a lo largo de casi diez años. La película comenzó siendo una aventura súper independiente, yo con mi cámara haciendo todo. Pero estoy seguro que los minidvs hubieran muerto en un baúl si no hubiese salido a buscar financiación, y ahí tengo que mencionar a mi productor Juan Pablo Di Bitonto, que se puso la película al hombro. Afortunadamente el proyecto gustaba, y eso me permitió conseguir fondos para seguir filmando ya con un equipo técnico integrado por grandes amigos y amigas. El audiovisual es un trabajo conjunto y la creatividad de cada integrante del equipo enriquece el resultado. En 2014, por ejemplo, ganamos el Concurso Federal de Proyecto de Largometrajes Raymundo Gleyzer, organizado por el INCAA, y pude sumar a Santi Van Dam como coguionista que me ayudó a ordenar todo lo que tenía en la cabeza. Yo venía muy enfrascado en hacer una fan movie, y gracias a su aporte, profundizamos mucho en el debate cultural que plantea la película, sobre los diferentes caminos o no caminos de cualquier hacedor para desarrollar su potencial, sea músico, arquitecto o panadero.

¿Cómo seleccionaste a los entrevistados?

Al no querer tener a Los Síquicos hablando de su música, necesitaba suplir esa ausencia contando con muchos entrevistados que hablaran de ellos y de su universo, y eso vigorizaba el relato, ya que aportaba tanto información como confusión. Quería contar con la voz de su pueblo, de Curuzú, ya que hay algunos vecinos que los idolatran, y otros no los comprenden, otros que no creen que existen y otros que se quejan porque no los dejan dormir la siesta. Aparecía entonces una riqueza muy genuina, porque todos tenían algo sincero para decir. En el mismo nivel que los periodistas especializados en música de Buenos Aires. En todos estos años de visitar Curuzú fui conociendo a muchísimos personajes, como “Toto” Jáuregui, que está parado siempre en la misma esquina y es un cronista de su pueblo, construyendo su propia historia de Curuzú a partir de los detalles que observa. O Aldi Balestra, músico creador de hits como “Sobredosis de Chamamé”, que asegura que Los Síquicos hacen covers de sus temas. O Guillermo Álamo, comerciante y ufólogo curuzucuateño, que tiene material increíble sobre sus avistamientos ovnis sobre el Acuífero Guaraní. Era indudable que el documental necesitaba de todas estas miradas.

¿Qué te gustaría que pase con la película?

En estas películas independientes es muy difícil la exhibición, ya que las salas son pocas, y hay muchas películas afortunadamente, pero que no encuentran a su público por una cuestión de que atrás vienen más películas y las sacan de cartel luego de una semana. Encandilan Luces… es mi ópera prima, con lo cual estoy aprendiendo mucho de este proceso, pero me llevó tanto tiempo hacerla, tanto corazón, tanto pensamiento, tantas tripas, que quiero que la película se vea fundamentalmente. Se estrenó en competencia en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, después dio algunas vueltas por otros festivales, y la verdad es que la reacción del público es genial. La película es fundamentalmente una comedia, una fábula sobre el éxito y la autenticidad, con lo cual creo que está dirigida a cualquier clase de público que se abra al poder transformador del espíritu creativo. Confío en el boca en boca, en que la gente la va a recomendar, porque en los festivales donde estuvo ocurrió eso y las funciones así se llenaron. Ahora es la prueba de fuego, espero que sea así.