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Con Mi amiga del parque, Ana Katz vuelve a trabajar sobre los tejidos familiares, sean estos gastados o en plena confección. En este caso, la maternidad es la zona inestable en construcción en la cual la directora vuelve a poner de manifiesto su habilidad para contar procesos en silencio y la identificación con personajes siempre en tránsito.

Existen directores de cine excelentes y directores de cine que te cambian la vida. Ana Katz pertenece al selecto segundo grupo. Su cine, escurridizo de las etiquetas, construye rascacielos con mínimos gestos; puentes descomunales a través de una sutileza narrativa que puede rajar la Tierra de un solo soplido. El juego de la silla, su ópera prima, irrumpió en escena en 2002 para proponer una nueva manera de contar historias en el cine argentino: una celebración de la comedia de situaciones. Los bonetes del humor sensible que caracteriza la obra de la guionista, dramaturga y directora cinematográfica permiten que los fantasmas del drama floten con libertad por el plano, haciendo digerible lo que lastima la garganta. Un día en la vida de la familia Luijine fue más que suficiente para que formen parte de nuestra carne por el resto de nuestra existencia. Su segundo largometraje, Una novia errante (2007), cristalizó su mirada personal al presentar un relato agridulce en el que un sorpresivo rompimiento amoroso le extendía la alfombra roja a la tan temida soledad. La pesadilla de no poder escapar de uno mismo. No importa cuánta miseria puedan ocultar o escupir sus personajes: Ana Katz logra hacerlos queribles exponiendo sus brillos y sombras en la misma secuencia, enamorándose de sus lugares afables así como de sus carencias. Y no solo les da vida: los cuida con el cuerpo, ya que en tres de sus cuatro películas la actriz se pone en la piel de un personaje. Los Marziano (2011) puso en foco los vasos de jugo asimétricos y las trampas que, por definición, nunca se ven; las que ponen los de afuera y las que fabrica uno. Su película más extraña corroboró que el trayecto elegido de la directora siempre es impredecible: nunca se sabe qué sacará de su enorme cabellera llena de rulos, pero tenemos la certeza de que, sea lo que sea, nos va a cachetear, nos va a marcar como un tatuaje. Mi amiga del parque,coescrita con Inés Bortagaray, vuelve a despistarnos: el relato introspectivo en primera persona de una madre primeriza (Liz, interpretada por Julieta Zylberberg) deja atrás los conflictos de familia: ya es tiempo de formar la propia. Un thriller claustrofóbico sobre el vértigo que significa crear humanos, con todo lo lindo y aterrador de semejante experiencia. Poniendo en crisis el paisaje rosa que nos venden las publicidades de pañales y cochecitos, Ana Katz se sumerge con valentía en la intensa relación entre una madre y un hijo que recién se conocen, pero que saben que estarán juntos por el resto de sus vidas. En medio de la incertidumbre aparecen los desconocidos, aquellos que se animan a correr la cortina para que surja la oscuridad. Esa oscuridad que en algún momento puede mutar en luz. El resultado es sublime: una película furiosa y emotiva que dibuja preguntas eludiendo aullar verdades absolutas. Una vez más, Ana Katz tira la casa por la ventana y el corazón por el balcón. Graciosa, delicada e inteligente, la directora habló en esta larga entrevista sobre Mi amiga del parque, y sobre todas sus películas, con un amor extremo hacia sus personajes. Similar al que siente una madre por sus hijos.

 

Además de ser directora de cine y actriz, sos directora de teatro. ¿Cómo decidís a dónde va a parar cada historia?

 

Creo que hay algo que se manifiesta desde el primer momento, y tiene que ver con un tipo de acontecer. El teatro es algo absolutamente presente y tiene que ver con estar de visita en un lugar, en una casa. No podés mandar a alguien de visita en un teatro: estás vos. El cine es más indirecto, tiene más que ver con una especie de sueño, para mí. El teatro es más físico, y el cine es más como un estado onírico y mental. De a poco me doy cuenta de que me acerco al teatro o al cine según mis estados de ánimo. Y las ideas aparecen vinculadas al cine o al teatro casi como un recreo que me tomo. Como si tuviera la posibilidad de escabullirme dentro del cine a través del teatro y al revés.

 

La familia como tema está presente en toda tu filmografía: El juego de la silla habla de ser hijo, Una novia errante de ser pareja, Los Marziano de ser hermano, y Mi amiga del parque de ser madre. Por primera vez, el personaje no se hace cargo de una familia establecida sino que construye la propia. Como si fuera en orden. ¿Es deliberado? ¿Por qué te interesó hablar del proceso de la maternidad renunciando a cierta visión romántica?

 

La verdad es que no había pensado así ese dibujo entre mis películas. Es cierto que Mi amiga del parque sería un primer boceto de una construcción más propia del personaje. Me parece que acá la protagonista de a poco da lugar a una nueva identidad que tiene que ver con un deseo más personal. Siento que de mis películas es la menos justa, o la menos vinculada con una moral. La idea de maternidad que trabaja tiene que ver con una pregunta: ¿por qué se busca desde un lugar y no desde otro? La frase de Nicanor Parra decía: “Como gallinas que defienden sus pollos”. Es esta sensación de un estado más colectivo en el que podamos construir una especie de cofradía. Poder pensar la crianza más en cofradía es una idea muy opuesta a la que suele venderse hoy con la maternidad. Hay un montón de productos que se ofrecen con la llegada de un bebé, pero no hay un montón de alianzas que se producen. Por eso las alianzas aparecen solo en las grietas. En los espacios de escape, como un parque. El parque es un lugar que me interesa porque es de los pocos espacios donde se junta gente de distintas clases sociales, a diferencia de las escuelas, que limitan más eso. La plaza es un encuentro de formas distintas de entender el mundo, y se nota una especie de desesperación por comunicarse con otro. Derribar ese discurso romántico de la maternidad es muy importante, porque es tan esencial lo que uno tiene para cuidar, un hijo, que te da la sensación de que no podés cometer ni un error. En ese afán de aferrarse a la primera verdad que se acerque, a veces uno se pierde la posibilidad de ir encontrando la identidad, que en definitiva es lo que puede hacerlos más felices a vos y a tu hijo.

 

Una de las cosas que más me impactaron de la película es que no tratás de definir la maternidad, quizás por lo complejo que es poner en palabras esa experiencia.

 

Absolutamente, y qué lindo que lo leas así porque era la intención. La idea no era “no sé cómo explicarlo” sino “yo quiero decir que esto no se sabe cómo es”. Es una experiencia personal, eso lo puede saber cada uno, pero a la vez se puede construir una experiencia más compartida. Es raro que no lo hagamos. El músico de la película, Maximiliano Silveira, decía que la música tenía que transmitir que tener un hijo es lo más hermoso que te puede pasar, y que también puede ser un boleto para el tren fantasma.

 

Mi amiga del parquetiene muchas similitudes con Una novia errante: el punto de vista único, la mujer-monstruo, y la forma de filmar, con mucho uso de la cámara en mano. Sin embargo, el tono de Mi amiga del parque es muy distinto, está más cerca del thriller que de la comedia. ¿Por qué ese cambio?

 

Yo creo que acá había una gran necesidad, y el suspenso es el suspenso doméstico que genera la maternidad. No es el suspenso de las películas de acción, sino el suspenso de qué pasa si no le doy la mamadera esta noche e intento que duerma de corrido. La responsabilidad de criar a las personas que van a vivir en este mundo es muy intensa, y ese suspenso creo que tiene que ver con el terror de saber si estás haciendo bien o estás haciendo mal. La posibilidad de pifiarla como madre es en sí una película de terror.

 

En Mi amiga del parque volvés a poner el cuerpo en un personaje protagonista: Rosa. ¿Cómo nació tan complejo personaje? ¿Escribís pensando en los actores o primero construís a los personajes y después buscás a los actores adecuados?

 

No pienso en los actores cuando escribo, todo lo contrario. A veces aparecen referentes de gente que conozco, pero nunca son actores. A mí me gusta mucho actuar, en mis películas y en las de otros. Actuar es una manera muy rotunda de defender un guion. Es usar el cuerpo para defender un cuento. En el caso de Rosa, no sabía que lo iba a hacer yo cuando lo escribí. Rosa es la amiga temida que echa una luz que te hace dudar de todo; ese tipo de dudas que te abren la posibilidad de pensar las cosas de otra manera. Si tuviera que encontrar una identificación, yo quizás siempre me acerqué a modelos más parecidos a los de Liz. Es como la voz del demonio de los dibujos animados, la que te dice las cosas malas. El ejemplo de Rosa tiene que ver con un modelo más posible y más verdadero, y muy cuestionado por lo social por cierta conveniencia económica, y de educación y moral. Por eso yo banco bastante a las hermanas R. Estoy de acuerdo con que el personaje de Rosa es complejo, y el de Renata también. Lo que a mí me interesaba era poner todo en duda: ¿quién está bien? ¿Quién está mal? ¿Qué significa estar bien?

 

En tus películas es muy difícil no identificarse con un personaje: sin importar cuán mezquinos o miserables sean, siempre terminás revelando cierta riqueza en todos ellos. No los dividís entre buenos y malos. ¿Es primordial para vos que el espectador no juzgue a los personajes?

 

A mí me gusta trabajar, como vos decís, las zonas más contradictorias de los personajes. Los colores en los que se ve esa complejidad que pone en duda el lado bueno y el lado malo; el infeliz y el feliz. Porque lo que más suele incomodarme de cómo se plantean las cosas en el mundo son las convenciones. Por eso a veces me es más fácil encontrar la empatía en las zonas más expuestas; en esa exposición puede aparecer tanto la generosidad como la injusticia más profunda. Últimamente pensaba mucho en las películas de Nanni Moretti, en cómo me cambiaron más de lo que yo las elegí. A mí me encanta su cine porque me deja pensando y muchas veces me modifica. Lo interesante es que pone a sus personajes en situación de crisis, de una crisis un poco inconfesable, como la del Papa. No hay lugar para dudar si querés ser Papa o no. Es más personal, en mi caso, pero en un punto, cuando una es madre, no hay lugar para pensar cómo se hacen las cosas. Es algo que se da, como de una manera callada. Y en ese silencio a veces hay un montón de humanidad que a mí me interesa trabajar. Yo comprendo y me alío bastante con mis personajes cuando los escribo. Y los quiero, siempre.

 

Mi amiga del parquees la tercera película que coescribís, y la segunda que escribís a cuatro manos con Inés Bortagaray. ¿Cómo construyen el guion de a dos? ¿De qué manera trabajan?

 

La primera versión de Mi amiga del parque fue un proceso largo de escritura. Primero la escribí yo, después la trabajamos con Inés. Hubo una entrega y una cercanía muy grande, porque somos muy amigas y muy compinches. Eso se nota cuando escribimos porque se nos desdibujan las manos: no sabemos quién escribió qué. A veces discutimos muchísimo, y en este caso defendíamos partes distintas: Inés estaba más defensora de Liz, y yo estaba más defensora de las hermanas R. Nos reíamos mucho de eso, porque usábamos prejuicios encontrados para escribir. Inés es una escritora deliciosa y a mí me gusta mucho charlar con ella. Además, Mi amiga del parque apareció en nuestras vidas en el momento de ebullición de hijos y bebés. Escribíamos de a ratos, y nos encontrábamos en Skype durante las siestas de los bebés. Siento que escribir con otra persona te amplía tu propio punto de vista, porque en el encuentro con otra persona los dibujos que uno puede tener de algunas situaciones se ponen en duda en las idas y vueltas. Escribir de a dos es escribir a dos campanas.

 

Algo que caracteriza el universo personal de tu cine son los viajes, las llegadas y las partidas. ¿Cómo pesan los viajes en tus historias? ¿Qué simbolizan?

 

Muchísimo. En lo real viajo mucho. En mis fantasías también viajo mucho. Viajes físicos y viajes más imaginarios. Los viajes son la invitación a un cambio de escenario, y la invitación a un posible ensayo de ser otra persona. Cuando uno cambia de escenario puede probar ser otro personaje. Hay algo que se refleja en las películas, porque lo primero que tengo cerca cuando intento pensar es un viaje. Todo lo mido en viajes. Empiezo a entender las cosas menos como un proceso y más como una sucesión de instantes. Hay algo de las experiencias más intensas que tiene que ver con eso.

 

En una de las escenas más lindas de Los Marziano, Delfina y Juan miran una película en la que un personaje dice “Es mucho más fácil ayudar que pedir ayuda”. Vos construís personajes que ayudan compulsivamente a los demás, pero en Mi amiga del parque es Liz (Julieta Zylberberg) quien necesita ayuda, y Rosa aparece en escena para satisfacer ciertos huecos. ¿Creés que eso es ayuda? ¿En qué consiste esa extraña relación?

 

Yo creo que sí: Rosa ayuda a Liz. Creo que la ayuda a salir de un modelo, y a salir de sí misma, porque a veces para resolver una inquietud no hay nada peor que concentrarse. Creo que Rosa la ayuda a entender que en el mundo somos varios, y hay otros que tienen problemas más urgentes. Otra cosa que a mí me gustaba mucho contar a través de estos personajes era que Liz está viviendo una etapa de puerperio, y Rosa, en definitiva, no es madre de esa bebé. Sin embargo, ella está cumpliendo ese rol. Ahí hay algo de la femineidad como espejo; es como si se mirara a sí misma a través de otra persona. Como cuando uno no sabe cómo hacer algo y quiere encontrar desesperadamente a alguien que sí sepa.

 

Los Marzianofue tu primera película industrial, con presupuestos más grandes y actores de renombre. ¿En qué te modificó esa experiencia? ¿Por qué decidiste volver a trabajar como lo hacías antes con Mi amiga del parque?

 

Me parece que hay algo que depende mucho del proyecto. Es extraño, porque Los Marziano fue mi experiencia más industrial con mi guion menos comercial. Yo pienso que tal vez el guion de El juego de la silla y el de Una novia errante pueden ser más comerciales que el de Los Marziano. Y esta película era más complicada, era con bebés en sets, y yo sabía que tenía que ser muy documental, en un punto. Se planteaba una escena pero, si el bebé se dormía, se dormía. No se podía repetir y despertar al bebé. Para mí el rodaje debía reproducir algo de la experiencia de la maternidad que es “vos estás después”. Casualmente los bebés respondieron como estaba escrito en el guion, rarísimo. Las madres de los bebés, Antares y Mariana, fueron dos dioses que yo encontré. El rodaje debía tender una intimidad enorme, por eso no me podía imaginar a la película con una factura distinta de la que tuvo. Fue una película que hice con Campo Cine en una situación de mucha comodidad, flexibilidad de tiempo, con un rodaje corto como podía ser una película con bebés. Y pude filmarla con una protagonista como Julieta Zylberberg, que es una amiga muy cercana, querida y admirada por mí. También eso tenía que ser muy cercano, porque era hablar de algo muy íntimo. Los Marziano para mí fue una película que me dio un aprendizaje gigante; la disfruté mucho, en muchos sentidos. De alguna manera voy a repetir esa experiencia en mi próxima película (que por ahora se llama Sueño Florianópolis), porque voy a trabajar de nuevo con actores de mucho nombre, y con una coproducción. En mi caso, las condiciones de producción siempre están ligadas al proyecto. A lo que necesita cada proyecto. Me gustó trabajar en condiciones de producción más grandes, pero también me encanta trabajar como lo hice ahora. No logro ponerme de un lado o del otro.

 

Mi amiga del parque

Ana Katz

Estreno: 17 de septiembre

2015 / Argentina - Uruguay / 84 minutos

Primer Plano