Humano, demasiado humano

Las segundas partes siempre cuestan. Si a esto le sumamos el paso del tiempo, la nostalgia y el peso de una película de culto, la misión se vuelve aún más imposible. A continuación, algunos aciertos y flaquezas de una de las películas más esperadas del año.

Uno de los directores más destacados de su generación (que venía de un éxito como La llegada). Un presupuesto de 150 millones de dólares. Actores de renombre (Ryan Gosling, Ana de Armas, Robin Wright). Una película de culto que tendrá la expansión de su universo que estos tiempos millennials requieren. Una campaña de prensa con afiches y trailers que cautivarán a los fanáticos de una película que cambió el cine de ciencia ficción distópica para siempre. Todo parecía dar como resultado un cóctel que no podía fallar. Sin embargo, Blade Runner 2049 posee fallas que no la consagrarán como la película del año, aunque sin dudas recibirá elogios por parte de críticos y fanáticos.

Estéticamente es sublime. Su fotografía preciosista a cargo de Roger Keates es una obra maestra (con matices de paletas de colores que van de un azul marino a la oscuridad de una Los Ángeles cyberpunk fiel a la original y a un naranja rojizo que se asemeja a la superficie del planeta Marte). La trama emula algunos aspectos clave de su predecesora y replica su ritmo solemne y aletargado que termina en un final casi naif. Uno esperaba un poco más de tinieblas en la continuación de una película que fue innovadora al incluir elementos del neo-noir en la ciencia ficción (música de jazz, el detective que investiga un caso complicado y es seducido por una misteriosa dama, un entramado sociopolítico corrupto) y al construir personajes errantes y desoladores. Los nuevos protagonistas (el Agente K –un replicante encarnado por Gosling–, su novia virtual –De Armas– y el nuevo genio de la genética devenido en villano –un desaprovechado Jared Leto–) no logran irradiar esa emoción que en la original de Ridley Scott sorprendió a aquellos que la descubrieron en su versión VHS (ya que cuando se estrenó fue un fracaso de taquilla).

Las comparaciones son crueles e inevitables pero, a la vez, funcionan para señalar virtudes y defectos de una obra. Durante los 163 minutos (quizás un exceso) que dura el film, el espectador que haya visto la primera podrá ir trazando paralelismos. Mientras que el advenedizo, el que haya aterrizado en la butaca sin saber nada del universo inspirado en la novela de Philip K. Dick, se sumergirá en una historia que pinta un futuro cercano donde la principal reflexión parecería ser la misma que se ubica en el trasfondo de nuestra contemporaneidad: qué nos hace verdaderamente humanos.

 

La rebelión de las máquinas

Uno de los aspectos más logrados por Villeneuve es haber expandido el universo planteado en la película original y haberlo dotado de una belleza estética admirable (producto del talento del veterano Roger Deakins). Los Ángeles se convierte, de nuevo, en el paradigma de lo que algunos críticos llamaron Ciudad Cyberpunk, una especie de neo Tokyo donde proliferan las referencias orientales, ahora más desarrolladas de la mano de la tecnología CGI. La excusa para retomar la historia es similar a su predecesora: hay replicantes que deben ser desactivados. El nuevo Blade Runner encargado de esta tarea, el Agente K, es en este caso un replicante (no hay debate como lo hubo con Rick Deckard –Harrison Ford– acerca de su identidad) que retoma los ingredientes neo-noir que dotaron de belleza a esta obra y se convierte casi en un detective apático que se dedica a cumplir con su trabajo. Un descubrimiento que podría tirar por la borda a toda la nueva sociedad postapocalíptica de este relato pone en jaque a las autoridades (representadas por Wright como una especie de comisaria estricta) al propio K, que comienza a dudar acerca de su identidad, y a los creadores de los nuevos replicantes (la raza de K, más obedientes y menos rebeldes).

Jared Leto es un líder mesiánico que se verá obligado a solucionar los conflictos, atar cabos y recolectar pistas antes que las autoridades para evitar que el imperio que construyó se desmorone. La tensión se mantiene por momentos, aunque en gran parte de la primera hora y media el tiempo se vuelve más lento de lo deseado. El personaje de De Armas refuerza los dilemas identitarios de K al darle vida a una especie de novia virtual que tensa los límites de lo humano al máximo. Esta trama de intrigas, que se emparenta con el policial negro, encuentra su punto de tensión ideal con la reaparición de Deckard (un Ford que parece haber envejecido muy bien), que estuvo desaparecido durante 20 años y vuelve a traer dos aspectos que serán trascendentales: los recuerdos implantados y Rachel, aquella replicante (¿o era humana?) que enamoró al joven Harrison en la primera. Toda esta ambigüedad cyborg es, una vez más, el plato fuerte del film y lo que evita que naufrague en una trama que, desde el guion, parece dejar más cabos sueltos de los necesarios.

 

El manifiesto cyborg

Según las predicciones de recaudación, Blade Runner 2049 estaría siendo un fracaso de taquilla al no haber alcanzado las cifras esperadas. Las críticas han sido ambiguas. Algunos la definen como una obra maestra, mientras que otros sostienen que no está a la altura de la original, que es larga en exceso y que los nuevos personajes no conmueven. Lo cierto es que tiene varios aciertos (sobre todo visuales) y falencias respecto a la trama (sin caer en spoilers, la tensión por momentos se diluye y algunas escenas se ralentizan de manera innecesaria). Sin embargo, la película se sostiene y se implanta en el corazón emotivo de los fanáticos de la ciencia ficción, las distopías y la retromanía. No será la película del año, pero sirve para repensar cuestiones que nunca vienen mal en tiempos de digitalización extrema, de proliferación de dispositivos tecnológicos y de síntesis entre seres humanos y máquinas.

La filósofa Donna Haraway ya advirtió en 1983, con suManifiesto Cyborg, respecto del esencialismo (doctrina que sostiene la primacía de la esencia sobre la existencia y el devenir de la cultura). Lo que para algunos es algo propio, innato, de lo humano, en realidad es una construcción cultural (Haraway lo ejemplifica con el género; uno no nace hombre o mujer: se hace). Lo mismo plantea Peter Sloterdijk en su ensayo El hombre operable respecto de la falacia de escudarse bajo un supuesto humanismo ante cualquier posibilidad que brinde la tecnología sobre los cuerpos (ampliar la percepción, alargar la vida) modificando una supuesta matriz humana que no es por completo natural sino que se ha construido a lo largo de la historia como discurso. En tiempos de híper abundancia de discursos, de postverdades y de una supremacía de lo simbólico por sobre lo fáctico, bien vale la pena sumergirse en el universo que construye esta película para pensar hasta qué punto somos lo que somos y si realmente lo que nos constituye como humanos es tan evidente como parece. Parafraseando a otro filósofo, Friedrich Nietzsche, lo que a simple vista pareciera absolutamente irreal y fantástico a veces es “humano, demasiado humano”.