Justo a tiempo

La película de Gachassin y Scarvaci retrata el sórdido mundo penal y judicial de la Argentina, con la guía de un abogado magnético y teatral: Alfredo García Kalb. Pasando por el costado de las leyes tradicionales del documental, los cineastas dan rienda libre a un relato de puro vértigo y timing.

Son diversos los abordajes y puntos de vista que el cine desplegó en el siglo XXI a la hora de retratar las arbitrariedades del sistema penal. En el carril de un género de larga data (cuya fase germinal tal vez sea el film Soy un fugitivo, con el enorme Paul Muni), en los últimos años un puñado de series televisivas, documentales, ficciones y docuficcionesesbozaron algunas miradas tangenciales a la espectacularización hollywoodense con la que se delineaba el drama carcelario tradicionalmente. Con Orange Is the New Black, por ejemplo, la pantalla catódica ofrece hoy una visión en la que la cotidianeidad de un penal de mujeres está narrada a partir de la comicidad más descarnada. En el terreno del documental, con César debe morir (2012), Paolo y Vittorio Taviani hicieron de los ensayos y las dramatizaciones de Shakespeare llevados a cabo por los reclusos de la prisión de Rebibbia una maquinaria de experimentación cinematográfica y teatral. En esa película, la grandilocuencia del drama isabelino y la vehemencia de la vendetta napolitana se fundían en la misma dirección con que se desvanecían los límites entre la ficción y lo real.

Los cuerpos dóciles se asienta en un camino similar en su afán de proponer más preguntas que respuestas en torno a lo representacional, y agregando una cuota de singularidad al hacer foco en Alfredo García Kalb, personaje en los confines de la fábula robinhoodesca que nos permite orbitar el ambiente de entrerrejas. La película de Diego Gachassin (Vladimir en Buenos Aires, Habitación disponible) y Matías Scarvaci vertebra su relato a partir de este abogado penalista, batero de una banda de rock, que se dedica a defender al piberío del bajofondo bonaerense con una idea muy clara (anclada en la teoría foucaultiana) del derecho penal. “La Constitución dice que la cárcel es para resocializar, pero nosotros sabemos que no va a funcionar y va a ser para castigar. Tendríamos que tomar ese tema para la determinación de la pena. Es simplemente una cuestión de humanidad”, dice Kalb en un momento intenso de la película, durante una peliaguda sesión en la que espera bajar la condena de su defendido. Ese caso (que involucra a dos pibes por el robo a una peluquería) sirve como hilo conductor de una película cuya dinámica para contar parece desprenderse (o retroalimentarse) del frenesí y el imparable tesón que motoriza a Kalb.

Durante sus breves setenta y cinco minutos, Los cuerpos dóciles nos pasea junto a su personaje mientras juega a la Playstation con su hijo, visita a los familiares de los detenidos, la rockea en un bar o guapea con argumentaciones sólidas los entresijos de un juicio oral. Y en ese raid se instala, entre secuencia y secuencia, una ansiedad por el devenir de las acciones como si asistiéramos a un film de intriga y no a un documental de observación. Una apuesta importante se da cuando los directores eligen eludir la utilización del plano extenso y contemplativo y acudir a desplazamientos de cámara, al uso rítmico del montaje. Un abanico de recursos deudores de una puesta en escena más emparentada con lo ficcional. De hecho, en su manera casi teatral de construir las escenas a partir del carisma del abogado, queda latente siempre la pregunta por el arraigo más o menos ficcional, más o menos documental que articula al film. Pero dilucidar ese problema es, más que nada, algo ocioso. En cierto sentido, la verba encendida y la impronta de demiurgo que caracterizan a Kalb constituyen un elemento de pregnancia para acercarse a un tema hostil y duro de roer. Esos tópicos son trabajados siempre sobre la base de un punto de vista que no intenta direccionar el juicio del espectador, sino que deja pendiente la elaboración de cualquier apostilla moral. Ese es un capítulo que queda disponible para aquellos que estamos del otro lado de la pantalla. Hete aquí la voluntad de Gachassin y Scarvaci por presentar a Kalb en su ambigüedad: como un antihéroe que puede perder o ganar juicios, que comete errores. Tal vez por eso se entienda la decisión de dejar simplemente esbozado el pasado tumbero del propio Kalb, para no incurrir en la trampa de la transparencia o la causalidad. Porque se corría el riesgo de que ese pasado se leyera como una explicación del vínculo empático que el protagonista tiene con el mundillo marginal. Trazo grueso en el que sí incurrían los hermanos Taviani en César debe morir,forzando un paralelismo explicativo entre la obra de Julio César y las historias de poder, expiación de culpas y venganzas de los reclusos que la interpretaban.

La intensidad de Los cuerpos dóciles se cifra allí donde la indeterminación de un estatuto de verdad es regla. No hay pedagogía leguleya ni ilustración ética, sino algunas coordenadas afectivas para aprehender fugazmente con la mirada lo avatares de esas vidas entre rejas. Entre el registro documental y las estrategias de la improvisación dramática, algún esbozo de verdad se filtra a través de la pantalla.

 

Los cuerpos dóciles

DeDiego Gachassin y Matías Scarvaci

2015 / Argentina / 74’

Estreno: 4 de agosto (Tren Cine)