La aventura del crítico

Si hay alguien que hizo de una forma rabiosamente moderna de escribir un clásico, ese es Jim Hoberman. Escritos sobre cine norteamericano reúne sus textos insoslayables con otros más pequeños pero igualmente luminosos, y es un resumen perfecto de un crítico que concibió el pensamiento del cine como una aventura.

Hay algo infinitamente atractivo en la mirada que despliega Jim Hoberman en sus Escritos sobre cine norteamericano. En especial, el gesto que insta a pensar a contrapelo ciertos procesos estéticos de la historia del cine, a tensar y reconsiderar algunas certezas indiscutidas sobre este arte, a ejercitar el análisis del cine como una manera de comprender lo real. Publicada en Artforum, The Village Voice y Film Comment, entre otros medios, en un arco temporal que se extiende desde fines de los setenta hasta el mismísimo siglo XXI, la compilación de estos artículos funciona como un artefacto exponencial sobre una manera de entender y hacer crítica que en nuestra época parece resultarnos poco habitual. Es a partir de ese posicionamiento que se desarrollan las ideas más estimulantes y novedosas que expone el libro. Si se rescata de la ignominia cinéfila un corpus de películas consideradas malas para acercarlas a los procedimientos de las vanguardias artísticas de principios del siglo XX, es porque en su matriz contienen ciertos elementos anticanónicos, desestabilizantes con relación a la narrativa convencional. Incluso si se llega a esos resultados de manera accidental.

“Una buena película mala es una piedra filosofal que convierte los errores incompetentes de la basura ingenua en oro modernista”, arroja el autor. El afán que tiene la industria cultural norteamericana por no dejar nada fuera de su territorio, por consolidar el clasicismo pero sin olvidarse de las expresiones de vanguardia, se observa en el excelente artículo “Modernismo vulgar”. Allí, a partir de expresiones periféricas como la animación, el cómic o programas matutinos de la pantalla chica en los años 40, el autor detecta un remedo –en clave popular– del modernismo.

El segundo capítulo del libro, donde se agrupan aquellos textos en los que se reflexiona sobre la práctica crítica, esclarece acerca de la genealogía en la cual se inscribe Hoberman. Acá el determinismo rotundo de Manny Farber (“era ciertamente contundente en sus opiniones, y muchas veces la película en su cabeza superaba a la que sucedía en la pantalla”) y el deseo de rastrear en una filmografía los avatares y la sensibilidad social de un país de Siegfried Kracauer son los pilares fundamentales sobre los que se asienta la visión de Hoberman. Por eso en estas páginas Walt Disney es estudiado como el gran gestor del relato oficial de la sociedad estadounidense. Y esto no solo es atribuido a la manipulación según el ocasional contexto histórico, a los raids argumentales de Pato Donald o de Dumbo; sino por la hilarante disquisición según la cual –deducción a partir de la escatología verbal del propio Walt Disney– se vincularía el control de esfínteres con la obsesión por el ordenamiento de lo social. De estas astucias interpretativas –con un estilo de escritura incisivo, justo, equilibrado– se compone uno de los libros de crítica más apasionantes de los últimos años.