La división del relato

El surgimiento del sistema de proyección a 48 cuadros por segundo disparó el debate entre quienes acusan a esta nueva tecnología de verse como un videojuego y de “sacar” al espectador de la ficción que propone un film, y los que por el contrario aseguran que potencia su posibilidad de inmersión.

Nota publicada en el edición impresa del número de marzo de 2013.

La progresiva desaparición del material fílmico a manos del formato digital para la realización de películas parece ser tan sólo el comienzo de una serie de cambios tecnológicos que de aquí en más vivirá el cine. Incluso al hablar de cine 3D tendremos que abrir bien los ojos para dar cuenta de la cantidad de formas de generación y proyección de imágenes estereoscópicas. Pues a diferencia de lo que fue la aparición del cine sonoro o del color en la pantalla, la naturaleza de los cambios aquí es algo más difusa. Todavía cuesta saber si ciertas innovaciones serán entendidas como avances, como evolución o como mera experimentación, como una excentricidad estética que se escapa de la matriz para desafiar a su época. Asistimos a una era de constante experimentación, de pruebas y errores que cuestan cientos de millones de dólares. Sin ir demasiado lejos, una súper producción como fue El Hobbit de Peter Jackson abrió el juego a la técnica del 3D High Rate Frame, un sistema de grabación y reproducción a 48 fotogramas por segundo que está despertando fuertes polémicas en la industria cinematográfica, pero especialmente dentro del submundo de la dirección de fotografía.

En primer término el efecto que genera el 3D HRF es una sensación de realismo mucho mayor ya que se capta la luz de un modo muy similar del ojo humano. Así también los movimientos en la pantalla resultan más suaves y fluidos, y la imagen logra mayor nitidez y reduce notablemente la borrosidad y posibilidad de desenfoque. Estos rasgos bien podrían entenderse como elogios: frente a la imagen clásica de 24 fps, el 3D HRF potencia la profundidad de campo, el nivel de brillo o la cantidad de luz y resalta todas las texturas. Los movimientos de cámara en una primera apreciación dan la sensación de que la imagen está acelerada pero luego introducen al espectador en una dinámica nunca antes vista. Sin embargo, en las escenas estáticas se empiezan a ver algunos efectos negativos de este híper realismo. De algún modo la imagen pierde lo que conocemos como el look cine, el granulado propio del material fílmico. Entonces se quiebra lo que para muchos constituye la regla básica del cine: se hace presente el dispositivo, sentimos que estamos en un set, percibimos los trucos y el maquillaje, se desnuda el efecto especial. Es por esto que algunos detractores eligieron comparar este tipo de imagen a la de la televisión, a la de una cámara de uso hogareño e incluso, de manera algo despectiva, a la del videojuego.

Pero así como unos señalan que esta nueva tecnología nos saca de la ficción que propone un film, otros aseguran que por el contrario aquí se potencia la posibilidad de inmersión del espectador. Volviendo a las comparaciones, los defensores del 3D HRF hablan de una sensación similar a la de estar en una función teatral. Y que lejos de poner en evidencia el trabajo artístico de actores, maquilladores y escenógrafos, esta nueva técnica a lo mejor exige una búsqueda de más y mejores formas para estos rubros. La cantidad de cuadros por segundo termina siendo un valor que excede la discusión técnica e ingresa en el universo de la narración. Entusiastas y detractores del nuevo formato siguen discutiendo mientras emerge una tercera posición que empieza a pensar en una combinación de técnicas en la cual se pueda dotar a cada escena del tipo de registro que requiera, ya sea en busca del realismo o de cualquier otro tipo de efecto que director y DF deseen construir. El Hobbit dio el primer paso y se dice que será James Cameron quien tome la posta en lo que queda de la saga Avatar. El tiempo dirá si estamos asistiendo al nacimiento de algo importante o es tan solo otra buena broma del cine industrial.