La grafía del espanto

Chicas muertas, de Selva Almada

Luego de la publicación de las ficciones El viento que arrasa y Ladrilleros (ambas publicadas por Mardulce), aparece Chicas muertas, una obra apasionante en la que Selva Almada incursiona en el registro de la crónica. El libro enlaza tres casos de femicidio ocurridos en los años 80, y cuenta la historia de tres jóvenes –Andrea Danne, María Luisa Quevedo y Sarita Mundín– que fueron asesinadas y sus muertes todavía continúan impunes. Pero esos tres crímenes son solo el punto de partida y el hilo conductor para desarrollar un relato entramado en el que aparecen otras aristas en juego: la complicidad policial, la violencia naturalizada en los pequeños pueblos de provincia, la descripción de numerosos casos de mujeres maltratadas, estigmatizadas, silenciadas; la infinidad de historias de violencia de género que no captaron la atención mediática. Y en ese carril la autora hace resonar, al sesgo, como un eco vergonzante, casos archivados, no resueltos, paradigmáticos, como los de Marita Verón y María Soledad Morales. La escritora entrerriana engrosa su pesquisa y entrevista familiares de víctimas, visita jueces, recorre lugares clave, dialoga con videntes; de esa manera, da lugar a una no ficción fragmentaria, trabajada con una prosa límpida, que oscila entre la investigación periodística, el diario íntimo y el relato de viajes con resultados inciertos. Una mixtura necesaria para que la propia escritura motorice nuevos horizontes de conocimiento acerca del tema que aborda, para plantarse ante la grafía del espanto.