La historieta sin fin

No hay dudas de que Spiderman es uno de los superhéroes favoritos del universo Marvel. Por ese motivo las películas sobre el adolescente que se trepa por los edificios se multiplican como la telaraña que él mismo dispara. Una vez más la historia vuelve a empezar, esta vez dirigida por Jon Watts y protagonizada por el carismático Tom Holland.

“Siempre quise ser Spiderman” es una frase que escucho seguido con relación al héroe de Marvel que ya estrenó su sexta película en salas este mes. Más que con otros superhéroes, quiero decir. Uno de los aspectos fascinantes de los superhéroes es la forma en que nos identificamos con ellos. Ser Batman, Superman, la Mujer Maravilla o alguno de los X-Men sería espectacular. ¿Por qué entonces elegir la fantasía de ser Spiderman? Peter Parker es joven, inocente, sencillo; un adolescente de Queens con una novia muy linda y que se balancea por los edificios con agilidad de acróbata y combate el crimen usando su superfuerza y sentido arácnido. La mayoría de los superhéroes son invencibles, pero también son adultos marcados por algún trauma y atrapados en una espiral de violencia sin fin. Batman, por ejemplo, pasó de sus raíces noir y de serial de aventuras a ser casi una autoparodia fascista. Peter Parker, en cambio, logró superar la muerte de su tío Ben a través del viejo y conocido mantra: “Con un gran poder viene una gran responsabilidad”. Es un superhéroe icónico pero también un teenager vulnerable.

Stan Lee tenía todo esto en mente cuando creó el personaje junto con el artista Steve Ditko en los años sesenta. Hasta ese momento, los adolescentes en los cómics estaban relegados al lugar del sidekick, el ayudante o compañero del héroe. Stan Lee se dio cuenta del potencial de un personaje con el que el público adolescente pudiera vincularse directamente, un personaje conflictuado por problemas escolares, chicas y bullies, que debía balancear todo eso con su incipiente vida como vigilante. Ditko (un artista de cómics emblemático que también trabajó en Captain Atom, Blue Beetle o el detectivesco The Question) fue el responsable del aspecto del personaje. El traje de una pieza que lo cubre por completo es funcional a sus poderes (le permite moverse con fluidez y treparse a las paredes), pero también hacía posible que cualquier persona, de cualquier raza, pudiera identificarse con el personaje, a diferencia de lo que ocurre con héroes como Superman. Ditko también le dio al personaje otros aspectos icónicos como los web shooters que usa para disparar telarañas, y su traje icónico rojo y azul.

Varios artistas de cómics muy importantes trabajaron en las historias de Spiderman. John Romita, que se encargó de dibujar al personaje luego de Steve Ditko, fue el responsable de llevarlo definitivamente al mainstream, introduciendo personajes como Mary Jane, el gran amor de Peter Parker, villanos como el Shocker (que aparece en Spiderman: De regreso a casa), Rhino y el Kingpin (un villano que vimos en la serie Daredevil para Netflix) y la historia icónica de Spiderman en la que Gwen Stacy muere a manos del Green Goblin. Eventualmente Romita adquirió una mayor responsabilidad en Marvel, y se volvió director de arte de la compañía, para la que luego colaboró diseñando personajes como Punisher, Wolverine o Luke Cage. En los noventa el personaje, al igual que la industria de los cómics en general, sufrió un declive creativo, pero también fue en esa década cuando Todd McFarlane, creador de Spawn, creó al antiheroico villano Venom, un personaje icónico que al día de hoy continúa siendo una parte central del universo Marvel y que va a tener su propia película en solitario con Tom Hardy.

Obviamente la creciente popularidad del personaje originó múltiples adaptaciones. Como en el caso de Batman o los X-Men, Spiderman tuvo una gran serie animada, que duró cinco temporadas, entre 1994 y 1998. Durante todo ese tiempo, Hollywood intentó llevar el personaje al cine (James Cameron llegó a escribir un tratamiento de 60 páginas), pero no fue hasta 2002 que tuvimos la primera película del personaje, dirigida por Sam Raimi, un director conocido por su trabajo en el cine clase B. No era la primera encarnación live-action del personaje: hubo algunas series en los setenta, e incluso una versión en Japón. Supaidaman, desarrollada por Toei, nos mostraba a un Spiderman más parecido a un Power Ranger que a un clásico superhéroe americano. Incluso había un robot gigante y todo.

Pero las películas de Sam Raimi fueron hasta ahora la adaptación definitiva del personaje en pantalla grande. Raimi es un verdadero autor de cine, y su gran capacidad a la hora de filmar, mezclando movimientos de cámara estilizados y narrativa clásica con referencias al cine de terror gótico, nos dio una versión que era a la vez fiel al estilo del director pero también extremadamente fiel al personaje original. A través de tres películas pudimos ver a Peter Parker (Tobey Maguire, que saltó a la fama con este rol) y Mary Jane (Kirsten Dunst), y a varios personajes más del universo Spidey: J. Jonah Jameson, el jefe del diario para el que Peter saca fotos (una performance maniática de J.K. Simmons), Norman Osborn (James Franco) y villanos clásicos como Green Goblin (Willem Dafoe), el Doctor Octopus (Alfred Molina), Sandman (Thomas Haden Church) y hasta un fallido Venom (Topher Grace). Hoy ya parece una época distante, pero en los comienzos de los años 2000 los superhéroes todavía no habían explotado del todo. Hollywood se dio cuenta de que eran viables gracias a la saga de Sam Raimi y a la versión de los X-Men que Bryan Singer desarrolló para Fox. Eventualmente, Marvel Studios sacó la primera Iron Man, y el resto es historia. Pero las películas de Raimi son absolutamente revisitables hoy, quince años después, especialmente la segunda, el punto más alto de la saga. Raimi continúa profundizando la narración clásica, ahondando en el conflicto de la dualidad Peter Parker/Spiderman, con un villano trágico y muchos planos que nos recuerdan a su propia comic book movie de los noventa: Darkman.

Sony intentó hacer las cosas por su cuenta con Amazing Spiderman, un reboot que ponía a Andrew Garfield en el traje arácnido y a Emma Stone en el papel de Gwen Stacy, un high school crush que precedía a Mary Jane. Pero, en las dos películas de Marc Webb, Sony cometió todos los errores típicos del Hollywood moderno: puso a un director de cine indie sin visión ni experiencia en blockbusters al mando de una franquicia millonaria, repitió lahistoria de origensin aportar nada nuevo, y llenó todo de referencias arbitrarias por todos lados, anunciando prematuramente las intenciones de construir un universo cinemático de Spiderman sin planificación a largo plazo. Cuanto menos hablemos de esta encarnación del personaje, mejor.

Sony llegó entonces a un acuerdo con Marvel para introducir a una nueva versión del personaje en el Marvel Cinematic Universe. Tuvimos un adelanto del personaje en Civil War, y la verdad es que hicieron todo bien: castearon a un actor más joven, rediseñaron el traje de forma que pareciera moderno y estilizado pero respetando el diseño original de Steve Ditko, y le devolvieron el carisma y la inocencia que lo caracterizaban.

Es cierto: probablemente no tengamos necesidad de una sexta película de Spiderman hoy, cuando (insisto mucho con esto) faltan todavía dos años para ver a Captain Marvel, un personaje nuevo y la primera película de Marvel Studios protagonizada por una mujer. Pero lo cierto es que basta ver Spiderman: De regreso a casa para derribar cualquier cinismo posible. Marvel ha tenido grandes aciertos a lo largo del MCU, pero sus películas ya causan un poco de fatiga por poner el espíritu corporativo al frente. En general las películas del MCU son una publicidad para futuras películas y un producto de Marvel primero, y una película en segundo lugar. Spiderman: De regreso a casa no es una película de autor, pero se siente en primer lugar como una película de género, en este caso una comedia romántica teen al estilo de las de John Hughes, que aparece citado directamente. Además, en esta película las referencias al MCU no son frases forzadas como para que sepamos que todo está conectado. Vulture, el villano de Michael Keaton, es alguien que sufrió las consecuencias directas del accionar de los Avengers y la ambientación suburbana nos recuerda que en el MCU hay un mundo real con gente común, en el que los superhéroes son algo tan real como lejano a la vez. Tom Holland se presenta como el Peter Parker definitivo, aportando una cuota de euforia adolescente, vulnerabilidad e inocencia que venden definitivamente al personaje. Lo rodea un cast de personajes secundarios diverso (Zendaya, Donald Glover, Laura Harrier, Jacob Batalon), y una troupe de actores veteranos (Jon Favreau y Richard Downey Jr., que repite por enésima su schtick de carisma sardónico pero en la dosis justa; Marisa Tomei, Martin Starr).

Michael Keaton merece un párrafo aparte. Es un actor de otro nivel, y castearlo no solo como un villano alado (Batman, Birdman, Vulture, guiño guiño) sino como un villano de mediana edad abatido por la circunstancias es una elección brillante. Michael Keaton tiene una capacidad única para mantener su appeal como estrella y a la vez actuar de un típico everyman americano, y se destaca en una escena escalofriante cerca del tercer acto. Sin dudas Spiderman: De regreso a casa no sería la misma película sin Keaton, pero además tiene muchos méritos propios, y el verdadero encanto de un adolescente entusiasta. Tal vez no necesitábamos una versión nueva de Spiderman, pero hoy la tenemos, y es la mejor posible. Atentos que después de los créditos finales (una animación hermosa al estilo de las de Norman McLaren, que recuerda un poco a los títulos de apertura de Scott Pilgrim vs The World) hay dos escenas post-créditos.

 

Spiderman: De regreso a casa

Spiderman: Homecoming

De Jon Watts

2017 / Estados Unidos / 143’

Estreno: 6 de julio (UIP)