La misa del indio

Después de Wayward Pines, sin dudas Shyamalan resucitó. Ahora, con la aterradora Los huéspedes, se inicia en el found footage y en el cine puramente de terror con éxito. Película por película, la obra completa de un director que vendían como el nuevo Spielberg y que terminó siendo él mismo.

El indio-filadelfiano M. Night Shyamalan realizó su primera película, Praying with Anger, en 1992, pero se trata de una obra algo maldita que casi nadie vio y que no está editada en ningún formato. La primera película de él que sí puede verse fácilmente es Wide Awake, terminada en 1995, estrenada en Estados Unidos en 1998 y lanzada directo a video en Argentina bajo el título Más astuto que nunca luego del exitazo que fue Sexto sentido. Wide Awake es una anomalía dentro de la carrera de Shyamalan, ya que se trata de una comedia familiar, un subgénero al que suele recurrir lateralmente en muchas de sus películas pero al que nunca se abocó totalmente más allá de esta película y de Stuart Little (1999), de la que fue guionista. Más astuto que nunca es un adorable coming of age sobre un niño que, luego de la muerte de su padre, sale a “buscar a Dios”. Quien esté al tanto de la filmografía de Shyamalan y de su mirada sobre la religión tal vez se asuste con una película cuyo argumento gira en torno a la existencia o no de un “ser superior”. Pero la película funciona muy bien: es muy graciosa y entrañable y está repleta de grandes personajes, especialmente el protagonista y la monja canchera interpretada por Rosie O’Donnell. Y sí, la película tiene incluso una vuelta de tuerca de esas que tanto le gustan a Shyamalan.

Luego llegó el éxito espectacular de Sexto sentido, sus seis nominaciones al Oscar (si bien no ganó ni uno, porque ya sabemos lo que pasa con el cine de género en los Oscar) y sus meses y meses en cartel. Y su vuelta de tuerca desvió la atención de los verdaderos valores de la película: Sexto sentido es una película de una belleza visual impresionante, narrada de manera extraordinaria (hay muchísimo de Spielberg aquí), y con de un nivel de amargura al que no nos tenía acostumbrados el cine mainstream de género de la época.

Pero resulta que Sexto sentido terminó siendo apenas un borrador de la más genial de sus películas, y una de las mejores de la historia. Pocas películas están filmadas de la manera en que lo está El protegido, que ya arranca con un flashback desgarrador pero de una belleza increíble: un plano secuencia en una tienda departamental donde acaba de nacer Elijah, el personaje que de grande será Samuel L. Jackson. La cámara (en mano) va de un espejo a la madre de Elijah, con Elijah envuelto en una manta y llorando de forma desaforada. Por el espejo vemos cómo llega un médico. La madre le pregunta si se supone que debería estar llorando de esa manera. El médico agarra al bebé y se preocupa. Y empieza a hacer preguntas, porque se da cuenta de que Elijah nació con los brazos y las piernas rotas. Cuando está contando esto, la cámara deja de lado el espejo y lo muestra al médico al lado de la madre de Elijah, que se pone a gritar. La película narra el viaje de David Dunn (Bruce Willis) mientras empieza a darse cuenta de que es un superhéroe y el de Elijah, su némesis. Pero El protegido es una película de superhéroes totalmente atípica, con un tono menor y casi siempre silencioso que se asemeja a (y ahonda un poco más en) el de Sexto sentido.

Pero si Sexto sentido y El protegido son películas bastante sobrias y serias, fue en Señales (2002) donde Shyamalan empezó a jugar un poco con todo, al punto de ganar una gran cantidad de odios acérrimos. Y sí, a partir de Señales, las tramas de sus películas y sus resoluciones comenzaron a parecer desopilantes en papel. De hecho, toda la subtrama de Scary Movie 3 (David Zucker, 2003) que parodia Señales resulta graciosísima haciendo muy pocos cambios respecto del original. El problema en cuanto a la recepción de esta película se debió a que la mayoría no se dio cuenta del brusco cambio de tono que hay en Señales respecto de sus películas anteriores. Casi todos vieron en Señales otra película seriota de Shyamalan que caía en un ridículo accidental. Y no, las ridiculeces que aparecen en Señales no son accidentales: Shyamalan está jugando todo el tiempo a hacer una peliculita hitchcockeana(esto se vuelve evidente a partir de la música, que remite muchísimo a la de Bernard Herrmann) con mucho de sci-fi clase B. Lo único realmente serio en la película es aquello que surge de su vuelta de tuerca (aunque esta no sea demasiado seria que digamos): aquí, Shyamalan vuelve a la pregunta sobre la existencia de Dios que es el centro de Más astuto que nunca –y que está presente de formas menos evidentes en varias de sus otras películas– y la confirma en un 100%.

Donde sí tropezó Shyamalan es en su siguiente película, La aldea (2004), que falla desde el mismísimo momento en que él y el director de fotografía Roger Deakins deciden utilizar una paleta de colores decididamente fea que arruina toda la película desde lo visual, lo cual, sumado a unos problemas de ritmo bastante alarmantes y una vuelta de tuerca que se ve venir a la legua y ni siquiera resulta divertida, la convierten en una de sus peores películas.

Luego de La aldea llegó el período desquiciado de Shyamalan. La dama del agua (2006) y El fin de los tiempos (2008) fueron sus películas más detestadas. En ambas Shyamalan tira por la borda el clasicismo que lo caracterizó durante toda su carrera y construye dos delirios hermosos. El primero de ellos, La dama del agua, es una especie de reflexión sobre el hecho de narrar (no por nada la dama del agua del título, interpretada por Bryce Dallas Howard, se llama Story). La película se basa en los cuentos que Shyamalan les contaba a sus hijos antes de dormir y está estructurada como eso mismo: con personajes y nombres que parecen inventados en el momento, con arbitrariedades narrativas varias y con situaciones totalmente ridículas, como un niño que ve el futuro a través de cajas de cereales y descubre que uno de los habitantes del complejo en el que transcurre la película, interpretado por Shyamalan mismo, va a convertirse en una especie de Mesías (!).

Pero si La dama del agua es un disparate entrañable, El fin de los tiempos es una obra maestra incomprendida: una película casi experimental que se vende como blockbuster apocalíptico pero termina siendo una carta de amor deforme al cine clase B de los sesenta y los setenta. El fin de los tiempos (o The Happening o, por qué no, “El happening”) es una película extraña y extrañada en todos sus aspectos: en sus actuaciones y en la forma en que tienen los actores de enunciar los diálogos (y los diálogos mismos), que hacen recordar al experimento herzogiano de hipnotizar a los actores en Corazón de cristal (1976); y en su estructura esquizoide, que la hace pasar de la calma a la intensidad en un segundo. Pero, principalmente, en el tono general del film que, por ejemplo, en un momento decide contener una mini película de terror cuando los protagonistas visitan al personaje de Betty Buckley, fanática religiosa que recuerda bastante a la mamá de Carrie, Margaret White, a quien ella interpretó no en la película de Brian De Palma (allí hacía de Miss Collins, la profesora de educación física) sino en aquel fracaso que fue Carrie: el musical. Lo más increíble de La dama del agua y El fin de los tiempos es que hayan sido películas mainstream.

En 2010, Shyamalan volvió a un cine más clásico en lo narrativo, pero lo hizo con la peor de todas sus películas. El último maestro del aire, basada en la serie animada Avatar, es un bodriazo de proporciones bíblicas: aburrida, pésimamente narrada, con personajes chatos y una fealdad visual que se intensifica aún más si uno la ve en 3D, ya que la película en sí es muy oscura y el transfer a 3D (la película fue filmada en 2D) oscurece aún más la imagen. Y el resultado de todo esto es una película en la que es casi imposible enterarse de lo que está pasando.

Las cosas mejoraron bastante con la menospreciada Después de la Tierra (2013), pero Shyamalan volvió con todo en 2015: primero dirigió el primer (excelente) episodio de la serie Wayward Pines (de la cual es también productor ejecutivo), y poco después estrenó Los huéspedes, una pequeña gran película. Aquí Shyamalan juega a hacer una de found footage, pero desde el vamos establece perfectamente el punto de vista: la película es un documental filmado por una de las protagonistas, Becca (Olivia DeJonge), una joven de 15 años con inquietudes cinematográficas. El otro protagonista es su hermano menor, Tyler (Ed Oxenbould), un nene rapper que está todo el tiempo entre lo adorable y lo insoportable. Su madre Paula (Kathryn Hahn) los envía a pasar unos días a lo de los padres de ella y abuelos de ellos, que no conocen a los niños porque cuando Paula era adolescente pasó algo que hizo que no se vieran nunca más.

Según notamos gracias a la cámara de Becca, los abuelos en cuestión son personas bastante excéntricas y tienen conductas supuestamente propias de la edad que van de lo inofensivo a lo absolutamente aterrador. Los huéspedes es la primera película enteramente de terror de Shyamalan, y el director demuestra que sabe perfectamente cómo crear el clima apropiado para cada situación, dónde poner la cámara para causar una mayor cantidad de sustos sin recurrir a recursos baratos. Y, en el camino, crea unos personajes como pocas películas de found footage suelen tener: Shyamalan logra que nos preocupemos en todo momento por Becca y Tyler, e incluso por esos abuelos rarísimos que tienen. De hecho, ese amor que siente por sus personajes es tan grande que termina siendo la base de las dos fallas que tiene la película: sus dos últimas escenas, en las que Shyamalan decide que tiene que cerrar todo con moño, cuando hubiese sido mejor dejar algunos cabos sueltos o, incluso, meter una vuelta de tuerca shyamalaniana que resignificara todo.