La tiendita de los horrores

Fanático de los cómics y las películas de monstruos gigantes, Álex de la Iglesia vuelca en su obra la relación que construye con los personajes de ficción. El director español presenta en El bar una sociedad mediocre que toma sol en las profundidades del infierno. Aprovechando la visita a nuestro país para presentar su nuevo film, nos dimos el lujo de entrevistar a este enorme autor.

Tu cine se caracteriza principalmente por la fisicidad, algo no muy común en el cine actual. Los actores ponen el cuerpo en todos los géneros que atraviesa tu filmografía, y siempre terminan repleto de moretones y heridas. Es inevitable no pensar en la comedia física de Buster Keaton o Los tres chiflados. ¿De dónde viene eso para vos?

Hay una película que se llama Runaway Train. Es una película en la que Jon Voight se escapa de una cárcel y termina en un tren. Pero para escaparse de la cárcel se envuelve en bacon, en trozos de grasa de cerdo, y se pone plástico alrededor, porque va a caer por unas alcantarillas para terminar en un río congelado. Y la única manera de poder sobrevivir es esa locura. Porque se encuentra en una cárcel demente en medio de Siberia y no tiene otra manera de hacerlo. Eso me impactó. Me encantó, me pareció una locura. Fue una sensación de ver algo auténtico y maravilloso. No había contado nunca esto… Yo creo que esa película, y ese momento, está muy cerca de mi película El bar. Esa sensación de equiparar el agobio o el conflicto mental o moral de los personajes con un conflicto físico.

 

Es sabido que sos muy fan de los cómics. ¿De qué forma influyen en tu manera de hacer cine?

Yo creo que cuando haces una película te influye todo: lo que has leído, lo que has vivido, y es curioso porque mi generación se ha influido tanto o más por lo que hemos leído que por lo que hemos vivido. De hecho hay personajes de la ficción que nos importan más, o a mí me importan más, que muchas personas que he conocido. Haddock, el amigo borracho de Tintín, es muy importante en mi vida. También Obelix, con su problema del tórax bajo. En ese sentido creo que los cómics, y su manera de contarlos, me han influido poderosamente. Porque precisamente en un cómic al personaje lo cierras con líneas, así lo entiendes bien con respecto al fondo. Cuando separas el fondo de la forma estás generando una identidad. Y esto es algo inamovible. Haddock es inamovible en mi cabeza. Lo entiendo, entiendo su forma, su manera de trabajar, de pensar… Una persona es menos identificable. En un cómic los personajes se entienden, en la vida no.

 

También sucede que, a diferencia de los personajes en el cine, con los personajes de historieta por lo general tenemos años, décadas para conocerlos. Porque los cómics pueden durar tanto o más que nuestro paso por la vida.

Efectivamente, tienen mucho más que ver con las series de televisión que con el cine. En definitiva, la unidad narrativa del cine, la hora y media, está provocada por una cuestión física. Cuando vas al cine aguantas hora y media sentado, si no te vas. En cambio, en una computadora, o en tu casa, o en el caso de una serie de TV, no tienes esa esclavitud del asiento. Entonces puedes contar una historia de otra manera. Se parece más a la novela decimonónica, se parece a lo que hacían Balzac o Julio Verne o Dickens.

 

Muchas de tus películas, incluyendo El bar, suceden en espacios claustrofóbicos.

Sí, porque yo creo que aumentan o amplifican el drama. La unión de respetar el espacio único y el tiempo único aumenta el drama. Y te pone las cosas más difíciles. Ahora todas las películas son la misma. Vas al cine y ves siempre lo mismo. Hay alguien que está haciendo algo, y al mismo tiempo tiene a un colega con una computadora que lo ayuda. Porque esas cosas son muy fáciles de montar. Utilizas el truquito de las computadoras para contar un montón de cosas que te llevaría mucho más tiempo contarlas con el personaje moviéndose. Solucionas un montón de cosas, das un montón de información. En definitiva, es una táctica muy sencilla utilizada por Hollywood para resolver una serie de situaciones y de conflictos narrativos que al final te destruyen la historia. ¿No te da la sensación de haber visto esa película mil veces? Es una lástima. Por ejemplo, el conflicto sexual ha desaparecido del cine. ¿Por qué? Porque hoy las películas están pensadas para que gusten a un entorno de unos 8, 10 años. Vamos a un target cada vez más bajo. Y eso hace que las historias cada vez sean más simples. Que importe menos lo que está pasando. Que importe más lo bonito que es el plano que lo que pasa adentro de él.

 

Otro rasgo para destacar en tu obra es que los personajes femeninos no están de adorno, son mujeres que dan y reciben golpes al igual que los personajes masculinos. ¿Cómo construís esos personajes femeninos?

Curiosamente, sin pensar que son mujeres. Cuando estás hablando de un personaje estás pensando en qué es lo que hace y qué es lo que no hace. En La comunidad, por ejemplo, el protagonista en un principio era un hombre. Finalmente luego fue una mujer, Carmen Maura, y no cambiamos nada. ¿Por qué deberíamos cambiar algo? Lo que me interesa es la fuerza del personaje, entonces normalmente son asexuados, desde un nivel narrativo. Tienen sus líos, sus deseos y sus movidas, pero en principio, con respecto a la acción, me interesa mucho más que una mujer sea activa. Que sea pasiva es una mierda.

 

Diste a entender más de una vez que cada película es una reacción ante la anterior. ¿Cómo responde El bar a Mi gran noche?

Mi gran noche es una apuesta por el exceso, por la comedia histérica. Me apetece mucho y creo que voy a hacer más. Es algo que me obsesiona, la idea de regalar un momento de hora y media de locura y diversión. Casi dolorosa. En un momento deja de ser comedia para convertirse en una especie de tragedia o farsa enorme. Me gusta mucho eso. Pero en el caso de El bar es muy distinto: es un grupo de personajes que se ven encerrados en una situación que hay que resolver, ¿Y cuál es la solución? Encontrarse a sí mismos en el fondo de su corazón. Empiezan en una especie de vida normal, pasan a un purgatorio, en el que se limpian de sus obsesiones, o de sus miedos y angustias, y al final se encuentran a sí mismos en el infierno. Para mí el auténtico miedo es estar solo contigo.

 

En El bar hay un actor argentino, Alejandro Awada. ¿Cómo llegaste a él?

Me lo encontré en YouTube. Vi Historia de un clan y lo llamé. Él no sabía que era yo, fue muy divertido. Le dije que se viniera a España en dos semanas. Después nos hicimos muy amigos.

 

Cuando fuiste parte de la Academia anticipaste la importancia que iban a tener las plataformas digitales en el futuro. ¿Cómo ves hoy el escenario de producción, distribución y exhibición con estas plataformas?

Sí, me siento Nostradamus. Yo creo que es un momento de cambio fantástico. Es un reto, y sobre todo es muy beneficioso para el productor y para el creador. Porque de pronto hay muchos más personajes en la comedia de la financiación de una película. Ahora hay un montón de gente interesada en contenidos, mucho más de los que había antes. Y además hay mucha gente que de pronto está interesada en que tu proyecto sea diferente, porque hay mucha más competencia. Y, por último, desaparecen otros personajes, desaparece el intermediario. Cuando vos veas que alguien está intentando cometer un crimen piensa en quién se beneficia del crimen. Entonces, cuando alguien no quiere que entremos en Internet, piensa por qué y descubrirás qué pasa. Ahora lo que ocurre es que tenemos que tener la humildad de reconocer que el cine no es algo que se proyecta en una pantalla. O no es tan solo eso, sino que es imagen en movimiento. Hay que definir el cine de nuevo.

 

Cuando concebís un proyecto, ¿pensás la película para todos los formatos?

A mí me sigue gustando mucho proyectar mis películas, obviamente, pero no rechazo otras maneras de ver cine. Al contrario, tenemos que estar donde está el público. Hacemos cine para el público, hay que buscarlo.

 

El bar

De Álex de la Iglesia

2017 / Argentina - España / 102’

Estreno: 8 de junio (Buena Vista)

 

 

Cacería humana

Un día normal que transcurre dentro de un bar puede convertirse en mundo de puro caos para salvarse de la roedora muerte. Al menos así parece mostrarlo Álex de la Iglesia en su última película, a través de situaciones límites que van a vivir los personajes a lo largo de todo el film, casi una obra de observación sociológica. El bar transcurre precisamente dentro lo que en Argentina puede conocerse como café o bodegón. Este lugar ubicado en el centro de Madrid parece albergar gente de todas las clases: desde un homeless que duerme entre cartones y entra gritando extractos bíblicos hasta un freak diseñador de publicidades. Todos cruzan sus suertes sin hablarse, hasta que un hecho clave altera el equilibrio de la narración. Los murmullos se acaban porque se escucha que un tiro deja en el suelo, en la puerta del lugar, a uno de sus clientes habitués. Nadie sale a asistirlo por miedo a sufrir las mismas consecuencias. De ahí en adelante, la acción y el drama, al estilo del cineasta español, empiezan a hacer de las suyas.

El director de El día de la bestia cuenta una historia con un tono apocalíptico, el cual ya parece ser su leitmotiv, y pone énfasis en las miserias cotidianas de las cuales parece estar hecha la sociedad, pero que se muestran dosificadas para no terminar actuando por el propio instinto de la naturaleza salvaje. Dentro de este bar parece sobrevivir el más apto. A raíz de esta lógica darwiniana, los personajes van a defender lo suyo a capa y espada desde estrambóticos artilugios. Por eso, durante el trayecto de la película habrá lugar para sospechas de posibles asesinos dentro del bar, un portador de ébola que intenta salvarse dentro del baño inyectándose una vacuna y la paranoia de posibles infectados. Las miradas incisivas y acusadoras estarán atravesadas por un humor negro en esta película que no descansa nunca.