Laberinto de pasiones

Una de las películas favoritas de la crítica internacional por fin se estrena en Argentina, luego de haber conquistado miradas de festival en festival. Bajo la dirección de Luca Guadagnino, Llámame por tu nombre expone un drama romántico que se funde entre los paisajes paradisíacos del norte de Italia.

El siglo XXI dio un puñado de películas de antología sobre el despertar amoroso, sobre esos ritos de pasaje que coronan las coordenadas afectivas de la adolescencia; sobre esos momentos clave donde simplemente la educación sentimental de los personajes se forja en íntima sintonía con los matices vitalistas del verano. Temporada que funciona como marco y motor de las transformaciones de ese Eros estival y un poco caprichoso que anida en los rincones de las casas veraniegas, en la sombra de un árbol de damascos que protege del sol abrazador, en los relajados paseos en bici por las calles de un pueblo. Allí están, por ejemplo, Aquel querido mes de agosto (2008), de Miguel Gomes, o Un amour de jeunesse (2011), de Mia Hansen-Love. Aunque, sin dudas, Eric Rohmer ya había sido pionero en todo esto, con una de las películas más hermosas que dio el cine: Pauline en la playa (1983). Llámame por tu nombre –transposición del libro homónimo de André Aciman– se enmarca en esta tradición de manera triunfante y conmovedora.

La película del italiano Luca Guadagnino se desarrolla durante el verano de 1983 y está situada “en algún lugar del norte de Italia”, como nos dice en sus primeros minutos. Allí, la familia del profesor Perlman –un académico interesado por la antigüedad grecorromana, la etimología y la filosofía– disfruta de su casa de campo con su hijo Elio, de diecisiete años, y su mujer. Como todos los años, recibe como invitado a algún alumno avanzado para colaborar en sus investigaciones y para convidarlo en el deleite rural de su casa en la Liguria. Es entonces cuando entra en escena Oliver, un estudiante de Historia de veinticuatro años (encarnado por un Armie Hammer en estado de júbilo). Es medianamente arrogante, medianamente desenfadado, sobradamente encantador. Arribado de Estados Unidos, el invitado se acoplará, en cierta medida, a la armonía y el hastío familiar, pero su aire descontracturado también va a sensibilizar y avivar ciertas cosas en ese lugar. Oliver disfruta de la tranquilidad del entorno vestido con sus eternos shorcitos, visita el centro del pueblo, les mete frenesí dancístico a un par de clásicos pop de los ochenta. El joven Elio (en la piel de Timothée Chalamet que, con sus veintidós años, está nominado al Oscar como Mejor Actor) pasa sus días leyendo, versionando partituras de música clásica en su guitarra o en el piano, nadando en el río, yendo al bailongo del pueblo con sus coetáneos. A pesar de que en principio Elio parece medir y observar con recelo las acciones de Oliver, pronto se pone de relieve la conexión especial que existe entre ambos. Una conexión que no necesita demasiadas palabras, sino un cómplice concierto de miradas.

Conforme el relato avanza, Elio y Oliver dan inicio a una serie de gestos tangibles de acercamiento. Un masaje desinteresado después de jugar al vóley, un paseo en bici por las cercanías de la villa veraniega, una tarde de distensión en un estanque de agua. Es entonces cuando Llámame por tu nombre se vuelve una celebración sensorial: táctil, erótica, festiva. Los planos por primera vez empiezan a ser cerrados y no generales como veníamos viendo, el montaje se desacelera un poco, y Guadagnino elige retratar cada situación a partir de tiempos más reposados (el largo primer plano del final sostenido en la economía gestual del rostro de Elio refuerza esta idea). Decisión que explica el pasaje del relato de lo familiar al núcleo íntimo de los amantes. Las escenas de amor entre Elio y Oliver son contagiosamente vívidas. La dirección de fotografía a cargo del tailandés Sayombhu Mukdeeprom (fotógrafo de Uncle Boonmee…de Apichatpong) es crucial en este punto: trabaja con la elegancia que el vínculo protagónico requiere pero sin regodearse demasiado en la estilización; forja la distancia y la luminosidad justas que cada secuencia parece pedirle a la narración. Lo que sucede con el clima ligero y atmosférico desde el sonido tampoco es menor. La película compone una sensualidad de la escucha: la resonancia del viento en los árboles, del río y del canto de los pájaros, se funde con el roce de los torsos, con unas pocas palabras proferidas casi a murmullos.

Con Llámame por tu nombre, Guadagnino construye un relato vital, grácil, empático. Podría ser lo ignoto del deseo. Podría ser ese momento que se graba en nuestro corazón y refulge a pesar de su fugacidad. Podría ser la historia de amor que estábamos necesitando.

 

 

Llámame por tu nombre

Call Me By Your Name

DeLuca Guadagnino

2017 / Italia / 130’

Estreno: 22 de febrero (UIP)