Las trampas de la actuación

Lejos de los flashes y las pavadas de famosos, el actor Diego Peretti logró un combo insólito: erigir una carrera de altísimo perfil y bajísima exposición mediática. Y aquí, tras Sin hijos, en su segunda colaboración con el afamado director Ariel Winograd, protagoniza Mamá se fue de viaje, una comedia ATP de corte simpsoniano.

Es un jueves lluvioso y húmedo en Capital Federal y el cuerpo de Diego Peretti le pasa factura: “Agarré una de esas gripes que tiene todo el mundo”. Con una gorrita para atrás que no le disimula ni un poco su cara de Diego Peretti, se sienta en un bar de Las Cañitas, pide un café con leche y medialunas con dulce y dispara: “Mamá se fue de viaje es medio como Los Simpson”. Se trata de una comedia familiar, que lo tiene de protagonista, en la que interpreta a un padre sobrepasado de trabajo que no puede o no sabe cómo entablar vínculo con sus hijos. Entonces, ante la ausencia de su esposa (Carla Peterson), pilar de toda la familia y del entramado hogareño, sucumbe a su propia verdad: es un pobre tipo.

Por caso, haciendo memoria y archivo, es difícil recordar al actor de Los Simuladores, No sos vos, soy yo y Wakolda en proyectos en los que no se sienta cómodo o no se destaque. Y posiblemente sea uno de los pocos actores nacionales que no tienen manchas que ocultar en su currículum. “Wino es un genio”, agita mientras bebe el café con leche. El día anterior a este jueves lluvioso y húmedo en Capital Federal se hizo la avant premiere de Mamá se fue de viaje, la nueva película de Wino, Ariel Winograd. Ahí, Peretti se topó con el mainstream de la prensa farandulera. Y eso también se le nota. “Siempre me preguntan por mi nariz, por mi pasado como psiquiatra o por la película de Los Simuladores”, comenta entre risas. Y ahí van esas preguntas de rigor. Y allí anda, respondiendo de forma original cada vez. Peretti advierte de lejos las trampas de la actuación: entre otras cosas también entendió el manto de frivolidad de la fama. No lo compró. No le gusta. No es para él. No.

Por eso, mientras bebé el café con leche, saluda amablemente a una chica que lo reconoce y contesta cada pregunta con el corazón en la mano. Incluso, preguntas que hacen referencia a su nariz, a su pasado como psiquiatra o a la película de Los Simuladores. De hecho, él mismo hará chistes sobre su rostro, buscará espejos en la psiquiatría y disipará dudas sobre el posible film dirigido por Damián Szifron. Aun con muchísimo en juego, ni el prestigio ni la popularidad lo corrieron de eje: Diego Peretti es uno de los tipos más sinceros, originales y sencillos de todo el ambiente artístico argentino.

“Por las noches escribo poesía”, dice en un tono confesional. “Son muy malas, pero me hacen bien”, se sincera. Así es cómo enfrenta sus fantasmas más íntimos. Los exorciza. Ayuda a que las huellas de su propia historia personal –de la que se conoce poco– se alivien, se deshinchen, no duelan. Así las cosas, entre el teatro (ahora mismo tiene Por H o por B, una obra independiente, y Los vecinos de arriba, en el on), el estreno de Mamá se fue de viaje y la escritura y producción de La muerte de un comediante (su nuevo proyecto, que lo tendrá también como codirector), el cuerpo de Peretti le pasa factura: es la gripe que tiene todo el mundo y es esa intensidad –tan personal, tan distinta– que le impregna a cada cosa que toca la que lo tiene un poco maltrecho.

 

¿Qué te gustó del guion de Mamá se fue de viaje?

Me cagué de risa. El guion es de Juan Vera, que también escribió Sin hijos. Este guion me pareció incluso mejor que el de Sin hijos; esa película lo que tenía muy lindo era el final, con la nena cantando la canción de Spinetta. A Mamá se fue de viaje quizás le falte un poco más ese knock-out en el final. Esta es una película eminentemente familiar; abarca los problemas desde de un nene de dos años hasta de una chica de 15. No le pusimos maldad al personaje del padre; lo que le pusimos es una ignorancia absoluta de la dinámica familiar. Eso está bueno: disecciona un padre que de repente no sabe cuántas cucharadas de azúcar tiene el licuado de la nena, dónde está el colegio, no tiene idea de absolutamente nada. Y vos decís: ¿cómo puede ocurrir? Las personas que salen a las 8 de la mañana y vuelven a las 19 del trabajo no tienen idea de eso. Fue muy gracioso actuarlo.

 

En la película también actúa tu hija.

Sí, es la chica que tiene el affaire con el que hace de mi hijo mayor, la que juega al tenis. Hizo casting para la hija pero no quedó; fue muy genuino, las inferiores las está haciendo. Yo apenas me enteré de que iba a hacer una película con chicos le avisé que estaban haciendo casting, ¿cómo no iba a avisarle? Una cosa es no abrirle las puertas demasiado y otra es cerrárselas. Cuando no quedó para el papel de la hija, me dijeron que podía hacer un casting para un papel más chico y funcionó. También actúa Lolo, el hijo de Wino. Trabajamos con María Laura Berch, coach de actores, con la cual ya había trabajado en películas como Wakolda, Un amor y Sin hijos. En el setes como otra directora; los pibes no le dan pelota a nadie pero a ella sí.

 

¿Qué tiene que tener un proyecto para que te atraiga como actor?

Bueno, con este guion me pasó que me divirtió mucho. Otros guiones que me gustaron desde el comienzo fueron el de Tiempo de valientes y La reconstrucción. De esta última me interesó mucho el tema del adiós definitivo; cuando se va un compañero o compañera, qué pasa con esa persona. Yo con esa película me saco el sombrero, es un regalo que me hizo Juan Taratuto. Yo sentía que después de tanta comedia teníamos que hacer un drama familiar, y Juan me trajo este guion. Me emocionó mucho. Yo no soy escritor, pero sí soy bueno para darme cuenta de si un guion está bien estructurado o no. No es intuitivo; utilizo recursos de narrativa que aprendí. La película tiene que tener un inicio, un desarrollo y un desenlace: tres actos como mínimo. Si querés ponele un prólogo y un epílogo, cinco. Las escenas tienen que tener cada una un motivo para subir en el escalón de la transformación de un personaje. Si hay ocho personajes, uno de ellos principal, los otros siete tienen que tener un arco de transformación que nace del tronco conflictivo principal que tiene el protagonista. Entonces cada escena tiene que tener un escalón, o en información o en poesía, para subir esa cuesta. No puede haber escenas que se estacionen en el mismo estado informativo o emocional que la escena anterior; es decir, no se puede contar dos veces lo mismo en una película. Y, si lo reitero, tiene que tener una alimentación emocional que se transpire.

 

¿Te interesa la dirección?

Bueno, ahora estoy haciendo una película muy autogestiva con Javier Beltramino, que trabajó mucho con Axel Kuschevatzky y quiere dirigir su primera película. Va a llamarse La muerte de un comediante, va a filmarse acá y en Bélgica, y es una comedia negra. Vamos a dirigirla juntos; es la primera vez que voy a dirigir una película. No sé si soy capaz, pero como va a estar Javier al lado, que es alguien que tiene mucho cine recorrido, me quedo mucho más tranquilo. Javier me preguntó de qué quería que hablemos, y le dije que me interesaba contestar la pregunta de si soy valiente o no. Culturalmente, a uno le cuentan cómo es hasta el casamiento o los hijos. Después, cuando se empiezan a morir tus seres queridos, empezás a desenamorarte, te quedás solo… Ahí ya empezás a depender de vos en la vida y empezás a armar lo que tengas que armar. De eso quiero hablar. A mí esto me está pasando desde hace cinco u ocho años. La pregunta más genuina que me surge es dónde poner el cuerpo. Y eso encierra la pregunta de si soy valiente o no. Me gustaría saberlo antes de morir.

 

¿Cómo determinás si sos valiente o no?

Mirá, ahora tendría ganas de cortar con todo e irme dos meses a la playa. Podría hacerlo. Pero ese “podría” te lleva a vivir con el potencial durante años. Pensá en Taxi Driver: el personaje decide dar un paso; a su modo, torpemente, pero es un pie. Es un “hasta acá”. En el caso de La muerte de un comediante hay un actor que ya está harto de la vida y está haciendo una película sobre una Argentina apocalíptica del futuro, que a su visión es una mierda más. Un día decide, después de pelearse con su mujer, que va a ir a buscar a Bruselas el único número de Tintín que no tiene.

 

Me hace acordar a Flores rotas, de Jim Jarmusch.

¡Sí! ¡La de Bill Murray! Bueno, la pregunta es si es capaz de poner un pie en un compromiso que realmente siente como válido. El primer paso que da es dejar la película que está haciendo e ir a cumplir ese sueño que tenía desde chico. Bruselas es el lugar de los cómics, de los héroes, los superhéroes. Y se va hacía allá. Ahí conoce un grupo de activistas a favor de la inmigración, progresistas en su nivel más elevado, y se une a ellos, poniendo su propio cuerpo en peligro. Es un guion hermoso que escribieron Hernán Casciari y Chiri Basilis.

 

¿Sentís que esa película te interpela?

Sí, claro. Yo no soy valiente. Me pego muchos palos, pero no soy valiente.

 

¿Pero a nivel profesional también creés que te pegás palos?

Me refiero más a nivel personal. La actuación me sale bien, pero al mismo tiempo creo que uno está intoxicado por una dinámica diaria. Eso te morfa, y hay que quebrar con eso. Para eso está el cine: no para contar la vida sino para contar las cosas interesantes de la vida. Si vos hacés esas cosas en la vida real, quizás te traen consecuencias demoledoras con las que después vas a decir “uy, qué pelotudo”. Los volantazos que dan los personajes de una película son de una genuinidad muy grande. Funcionan en una órbita propia, no es que están orbitando con diez mil millones de personas.

 

¿Volverías a la vida que tenías antes de ser actor, cuando eras psiquiatra?

No, no. Es una linda profesión la psiquiatría, muy interesante. Pero eso ya quedó ajeno a mí, no soy más médico. Ahí sí hubo un gran quiebre, cuando tomé otro camino. Yo estaba muy bien físicamente, era muy deportista, no tenía hijos; tenía 26 o 27 años y hacía teatro desde hacía tiempo. Surgió la posibilidad de profesionalizarme con Poliladron; el Chueco me decía: “Vos tenés talento, Diego”. Pedí una licencia en el hospital y no volví más. Me gusta mucho más lo artístico que la medicina.

 

¿Cómo sos como padre?

Soy muy responsable. A mi hija le gusta la actuación, pero sabe que tiene que terminar el secundario sí o sí. Yo la olfateo para ver si le interesa por el solo hecho de ser famosa o si realmente tiene veta. Podés intoxicarte con la vanidad, pero tenés que tener esas ganas de expresar conflictos humanos con tu cuerpo. Es una profesión tramposa como pocas.

 

Anoche salió una nota en la que usaban tu testimonio para criticar el estado actual de los noviazgos de los famosos.

Sí, de eso me hablaron en la alfombra roja. A ver, el galán del momento y la chica del momento se juntan. Están viviendo un “romance pasional”, lo que quiere decir que están cogiendo como animales. Les está yendo bien. A los tres meses se casan: primera cagada. Si era tan buena la pasión, le estás pegando un tiro. A los seis meses van a tener un bebé. Estás engañándote a vos, estás engañando a la gente, porque si estás viviendo una relación pasional, ¿vas a tener un hijo? Eso se hace para destruir la pasión.

 

¿Vos cómo te avivaste de que no iba por ahí? Tener tu vida privada, tu mujer, tus hijos…

A mí nunca me hincharon las pelotas los medios de comunicación. Es algo tan estúpido que no necesité ni elaborarlo. Yo tengo buena madera en eso, además la fama me agarró tarde. Yo siempre viví todo eso como una gran idiotez que vos agarrás si tenés ganas. La esencia de ser actor, como la del poeta, el escritor, es contar conflictos humanos a través del cuerpo, como decíamos antes. La comunidad te elige para que te subas arriba del escenario y le muestres, por ejemplo, cómo resolvés el conflicto de un duelo. Entonces es un privilegio. Cuatrocientas personas que pagan quinientos pesos para ver cómo se descompone un matrimonio que no sabe que estaba descompuesto, por ejemplo.

 

Suar te dijo que tenías talento cuando te conoció haciendo Poliladron. Hoy, con 55 años, ¿qué creés que tenés?

Con cada oportunidad que tengo trato de hacer lo mejor posible. Es muy difícil que yo agarre algo en lo que no creo. Si no, le estoy pegando tiros a la gente que tiene que trabajar para vivir. Siempre trato de apuntar a que el proyecto que elijo tenga solidez narrativa, poética; mi objetivo es hacer películas que queden en la historia y que tengan un peso propio.

 

De las películas que hiciste vos, ¿cuáles serían esas?

A mí me gustan mucho Tiempo de valientes, La reconstrucción, Taxi, un encuentro… De Sin hijos hay algo que me parece que puede quedar más adelante. De los programas que hice me acuerdo mucho de Criminal y Los Simuladores. Los Simuladores es una gran serie y me gusta mucho que haya quedado como clásico. Quizás el “pero” que tengo con Los Simuladores es que es absolutamente szifroniana, y le doy todo el mérito a Szifron. No creo que haya puesto demasiado de mí ahí. Damián debe ser de lo mejor que hay en el mundo, de verdad te digo.

 

En un momento se hablaba de la película.

Es que tenemos ganas de hacer la película. Solo falta el guion. ¡Tienen que hablar con Szifron! A mí hay tres preguntas que me hacen siempre: por qué no te operaste la nariz (los más boludos), cómo fue el cambio de profesión y si va a haber una película de Los simuladores. Lo del cambio de profesión es algo que me molestaba mucho antes, pero ahora me pongo a hablar desde otro lugar de ese cambio. Porque realmente hay que sentir pasión para hacer eso. Yo hice las inferiores en River Plate: UBA, residencia de psiquiatría en los mejores lugares…

 

Pero si volvés a hablar de esto es porque te gusta, porque te pregunté muy poco por eso…

Sí, es cierto. Es que ahora estamos bien. Yo para esta película hice muchísimas notas para todos lados. Las preguntas son siempre las mismas: por qué la gente tiene que ir a ver esta película, si me siento identificado con el personaje, qué rasgos comparto con él… Vos justo me agarraste en las dos o tres semanas más desorganizadas que tuve en los últimos diez años. Estoy hecho una bomba atómica. Yo tampoco es que soy un gran declarante; después veo las notas y me quiero morir. No pasa lo mismo con revistas más independientes, o incluso Página/12. Hace poco me hicieron una entrevista, se tomaron su tiempo, me dejaron tres páginas. Eso me permite desarrollar un pensamiento. Yo no soy muy didáctico, de hecho soy bastante anárquico.

 

¿Cuál es el género que más te conmueve hoy?

Yo me siento muy cómodo con la comedia. No es porque me sienta bien, pero ahí hay un perfume que me atrae, tengo cierto semblante de neorrealismo italiano. Es difícil apuntar bien, porque la buena comedia no se valora mucho. A mí no me importa que no se valore, pero el que escribe tiene que ser un tipo inteligente. Se escribe para vender entradas. Me gustan mucho las películas que se focalizan en un solo personaje, como las de Alexander Payne o los hermanos Dardenne, que se centran en una personalidad y la siguen toda la película. Los directores tienen que tenerme mucha paciencia, porque yo me meto mucho en los guiones, me pongo muy hinchapelotas. Winograd no me frena, Taratuto y Szifron tampoco… Si el director no me deja meterme en lo que quiero hacer yo no puedo laburar.

 

Y en Mamá se fue de viaje, ¿pudiste meter algo tuyo?

La verdad es que no quise meter nada, porque en un principio ya me pareció muy buena. A lo hecho, pecho. En Sin hijos sí me metí muchísimo. De la página 60 en adelante, lo transformamos todo con Ariel.

 

¿Te costaría mucho sentarte a pensar un guion de cero?

No sé si tengo la disciplina. Para eso necesitaría tener un año dedicado a eso. Hago muchas cosas al mismo tiempo; ahora estoy con una obra de teatro independiente en Timbre 4 llamada Por H o por B, en la cual me metí inicialmente por una promesa. Con Los vecinos de arriba me pasó que me encantó la obra y quise hacerla. No quería perderme de hacer Mamá se fue de viaje porque me gusta trabajar con Wino y tenía ganas de hacer una película para toda la familia. En La muerte de un comediante tengo puesto el corazón. Hago las cosas cuando me llegan y me dan ganas de hacerlas. En el momento en que tenga más espacio, quizás pueda volcarme a la escritura, pero sería un vuelvo para el lado de la poesía, no tanto del guion. Automáticamente voy hacia la poesía. Alguna vez me han llamado para preguntarme si tengo algo escrito; les mando mis poemas y queda en la nada. Tengo muchísimos; casi siempre escribo sobre el amor, el adiós, las despedidas.

 

Mamá se fue de viaje

De Ariel Winograd

2017 / Argentina / 99’

Estreno: 6 de julio (Disney)