Leyenda urbana

“Un fantasma de ciudad flota en el rumor de la lluvia,

un fantasma inmóvil y borroso

que inspira más compasión que inquietud (…)”.

Juan José Saer en Lo imborrable

 

Los lugares llevan un rostro parecido al nuestro. Claro, entonces llevan muchos: uno por cada uno de nosotros, sus visitantes, habitantes o transeúntes. Los lugares (sobre todo, los de veraneo) siempre tienen los rasgos de quien los mira o los piensa. Cada territorio por el que pasamos se modifica y termina por ser otro de aquel que nos recibió en algún momento, virgen de nosotros.

Es entonces que también quienes por ellos pasamos nos convertimos, en parte, en las tierras donde hemos vivido o estado, pero sobre todo porque somos el tiempo que pasamos en cada una de ellas, y que queda ahí, aprisionado en la geografía que las compone. Es que, en el fondo, esos lugares que hemos habitado son -como las películas, como el cine- espacios que eternizan un tiempo determinado, habilitándonos a revivirlo para siempre con solo volver a verlos.

Manchester by the seaes la historia de dos hermanos, la de un tío y un sobrino, la de un matrimonio, la de una tragedia, la de una familia, la de varias muertes, la de una ciudad… es todo eso pero es más que nada una historia sobre la inmensidad de la tristeza. Lee Chandler (Casey Affleck) arde de dolor, tanto que su pena ya no se mide en emociones sino en los tangibles kilómetros que ocupa una ciudad. Lee es de Manchester, una localidad situada a menos de dos horas de Boston, donde él vive actualmente. De Manchester es su familia, allí vivían su padre y, hasta hace poco, su tío y su hermano. El primero se mudó a otra ciudad cuyo nombre es de una cacofonía cómicamente espantosa; el segundo muere a poco de empezar el film, y es la razón por la que Lee debe volver a su ciudad natal. Lee y Joe, su hermano recién muerto, se adoraban. En mejores tiempos compartían trabajo, salidas, amigos, tiempo libre. Patrick, el hijo de Joe, era otra de sus pasiones compartidas. Los flashbacks de la película -fieles a la paciencia y a la minuciosidad con que suele narrar Kenneth Lonergan (aún con un enorme respeto por la economía narrativa), delinean todo eso y dejan en claro una cosa más: que en Manchester Lee era feliz.

Pero las ciudades, como los libros, nunca callan. Ellas, cual Biblioteca de Babel, guardan infinitas historias impresas en sus paredes, en sus adoquines, en sus accidentes geográficos. Y ese mar que acompaña a la urbe del título, presentado a través del lente de Lonergan y de su perfecto manejo de los personajes secundarios (ese mar es uno más aquí), lleva impreso el relato de una enorme pena.

Justamente, es curioso que éste, el tercer largometraje de un tan dedicado guionista-devenido-director, lleve por título el nombre de un lugar modificado por un complemento que lo convierte en un lugar saboreado, vivido, transitado. Es que esta película, en realidad, se llama no como un lugar sino como alguien llama a ese lugar. Porque su título no refiere a Manchester, sino a una Manchester de quien alguien –que seguramente es Lee (porque, de paso, es al único personaje al que le escuchamos mencionar el nombre de la ciudad) – se ha apropiado.

En esta película quien observa, narra, recuerda y sufre a Manchester es Lee, cuyo hermano ha dejado a Patrick, con 16 años y una madre ausente, solo. Joe sufría de una enfermedad cardíaca hacía años, y en su testamento designa a su hermano como tutor de Patrick. Pero eso no era lo acordado con Lee, quien al conocer este deseo queda por demás estupefacto: él no puede volver a Manchester. El dolor, la culpa (tema revisitado por Lonergan), la tragedia, el enojo inundan toda esa zona. En su ciudad natal, Lee no tolera ni siquiera mirar la calle por la ventana.

Ahí es donde entra la mirada, el cuerpo, la voz de Casey Affleck, quien es absolutamente todo y más en esta película porque actúa hasta con la sangre, que por momentos (y bajo sus órdenes, claro) deja de circularle por el cuerpo para lograr la perfecta transformación de sus venas al sentir tanto dolor. Affleck actúa hasta con los dedos de sus manos (la escena en que entra a la morgue a ver a su hermano es perfecta, él es perfecto, ese titubeo corporal encarnado en cada uno de sus rincones anatómicos es perfecto). Y ni hablar del magistral manejo que este actor hace de su voz durante los más de 120 minutos de película. Siempre, siempre, su tono de voz es impecable: Affleck rumia toda la película, en cada segundo de cada una de sus líneas de diálogo situadas en el presente (justamente el contraste entre los timbres de voz de Lee es la mejor marca temporal para los flashbacks que Lonergan arroja como de repente en la película). Tanto que si uno se dedica solo a escuchar a Affleck, su tono de voz parece una meditada nota musical que va construyendo la figura de un quejido penetrante. Casey arrastra la voz permanentemente, alegando que su personaje solo habla por obligación social. Es que, en el fondo, Lee vive porque es su obligación social, y porque su vida es el castigo que merece al haber sido absuelto en aquella comisaría la noche en que murieron sus hijos.

Lee y y Manchester, entonces, no pueden convivir sin detestarse. Y su sobrino Patrick es parte de esa ciudad que todo el tiempo le muestra a Lee su propio rostro y le cuenta sobre su deforme vida. Por eso cuando él se entera de que está legalmente a cargo de su sobrino, solo atina a mirar la nieve por una traidora ventana. Incrédulo, mudo, el personaje arroja su desesperación al único escape que tiene en ese momento, un agujero que le devuelve la imagen de una ciudad que detesta, de un blanco que lo deja ciego, de un dolor que vuelve en cada esquina de ese irremediable paisaje. Lee mira la ciudad que lo vio crecer, la misma ciudad que vio a sus hijos morir, y se desangra en silencio. El problema no es Patrick sino Manchester. El problema es revivirla, recorrerla, tener que caminarla. Una de las pocas escenas en donde vemos a Lee andar solo por las calles de esa ciudad es aquella en la que se cruza con Randi (Michelle Williams), su ex mujer. Esa es una de las mejores escenas de la película, porque allí es donde ambos, que ya se vieron en el funeral de Joe, pueden estar a solas, inmersos en esas calles donde flotan fantasmas “inmóviles y borrosos, que inspiran más compasión que inquietud”. Y es ahí que Randi se sincera, y se libera del dolor que hace años la amordaza. Y es ahí que Lee no lo soporta: en esa desgarradora escena, que es quizá el mejor momento de la película, él solo consigue decir que tiene que irse. Es que Manchester le grita a Lee al oído. En esa ciudad él ya no está en su prisión de castigo sino libremente ambulando sus rumiantes historias. Entonces sí, Lee tiene que irse, porque hace tiempo que decidió abandonar todo eso allí, en Manchester y junto al mar.