Linda, linda, linda

Después del impacto de Whiplash, Damian Chazelle regresa, rápido y confirmatorio, con una película que homenajea con amor a los mejores musicales y a un cine clásico orgulloso de su estelaridad. Por si fuera poco, La La Land ya es para muchos la mejor película del año que recién empieza

Chica conoce chico. Viven en Los Ángeles. Cada uno persigue un sueño. Se enamoran. Se divierten. Conviven. Hasta que llegan los primeros desencuentros y con ellos los problemas. Entre música, fantasía y una realidad edulcorada, paisajes de ensueño, reminiscencias a clásicos del género y mucha nostalgia, la nueva película de Damien Chazelle (que sorprendió con Whiplash y también dirigió otro musical: Guy and Madeline on a Park Bench)es una versión siglo XXI del tipo de películas que definieron el cine de Hollywood. Esas historias que nos regalaron el espejismo del amor y la idea de que ser como las estrellas era posible, al menos en los minutos que durara la proyección. Montada sobre toda una tradición que se inició con El cantante de Jazz y fue atravesada por Un americano en París y Cantando bajo la lluvia (dos películas a las que homenajea de forma explícita),La La Land vuelve sobre un tema que encanta desde siempre: el propio Hollywood y su maquinaria –inalcanzable y tremendamente seductora– para hacer películas.

Qué significa ser una estrella y qué representa la industria del entretenimiento en nuestra vida actual son algunas de las preguntas que nos hace La La Land. Una película moderna en el amplísimo sentido del término que recorre la ontología del cine y los orígenes de la ficción, aunque con más espíritu descriptivo que crítico. Al fin de cuentas, para eso está: para deleitar, enamorar, hacer reír, calmar la ansiedad, dejar al espectador con una hermosa melodía para tararear y un gusto agridulce como desenlace (mucho más dulce que agrio, pero igual satisface).

Con Whiplash Chazelle detonaba Hollywood; era una película llena de ritmo y adrenalina en la que, con un tono al borde del realismo, denunciaba que el supuesto entrenamiento hacia el éxito era la alienación misma y se reía de los finales conciliadores que calman al público y le ofrecen la redención. Pero en La La Land es mucho más conservador:por lo pronto, no hay sacudón. Es una película que mece la butaca del espectador mientras lo induce en esa bella ensoñación que, para muchos, define la esencia del cine. Ya desde la primera escena plantea género y estética y cierra un pacto con quien está frente a la pantalla que, a partir de entonces, nunca traicionará.

Y en ese fluir hay dos elementos para destacar. Por un lado, la banda sonora. Chazelle, quien pretendió ser músico antes que cineasta y es un melómano confeso, demuestra maestría para usar una de las dos materias de las que está hecha el cine: el sonido y, en particular, la música. Por eso, aplausos para esa dupla que forma con Justin Hurwitz (a quien conoció en sus épocas de estudiante en Harvard y quien ha sido desde entonces el compositor en todas sus películas) y para el uso del ritmo y la musicalidad que logra también expresar a través del montaje, a cargo de Tom Cross. En segundo lugar, hay que mencionar su elección más brillante: los actores. La dupla protagónica es –más que nunca– única e inolvidable y se perfila como eterna. Aunque no había dudas de que Emma Stone y Ryan Gosling tenían un lugar ganado en el Paseo de la Fama, la química que emanan, su elegancia y carisma no tienen comparación.

Algunos creen que las películas con finales felices en realidad no tienen final. En este caso Chazelle, ni tan audaz ni tan tímido, presenta una opción que, al menos, convence. Por eso, lo que queda es la pregunta: ¿puede la versión más trillada de una historia de amor convertirse en la mejor película del año según la Academia de Hollywood? A fuerza de la gracia indiscutible de sus protagonistas, una puesta en escena precisa, la calidez de la banda sonora y una imagen atractiva, sí, definitivamente sí. Mientras estas líneas son escritas muchos lo intuyen y hasta lo vaticinan pero, hasta que la ceremonia del último domingo de febrero en el teatro Dolby no termine, no lo sabremos. Mientras tanto, cada uno tiene el derecho de juzgar qué hace de una película la mejor del año y cómo se escribe la historia –grande– del cine. Y, por supuesto, elegir el final que más lo conmueva.