Luces de las ciudades

Una historia que incluye a un nazi arrestado en Argentina que se convirtió en un torturador del pinochetismo es la materia prima de Colonia Dignidad, film de Florian Gallenberger que fue comentado principalmente por la visita de Emma Watson al país para su rodaje. Quien nos cuenta lo que fueron estos días intensos de tan cosmopolita empresa es nada más y nada menos que la doble de luz de la joven actriz.

“¿Colonia Dignidad? Me suena…” es la frase que más oí en las últimas semanas. El nombre rondaba en los periódicos locales allá por 2005, cuando Paul Schäfer fue arrestado en Argentina, a los 84 años. Ex cabo y médico en el Ejército Nazi, se escapó a Chile en los años 60 y fundó una colonia autosuficiente en las montañas del sur. Rodeada de alambre de púas y cercas eléctricas, y en gran parte poblada por alemanes, la secta permaneció aislada del resto de Chile, y en la época de Pinochet se convirtió en un centro de tortura de presos políticos, de tráfico de armas y de inteligencia secreta. Y, por si fuera poco, funcionó como una red meticulosamente calibrada destinada a alimentar la pedofilia de Shäfer. Así nomás. ¿No sorprende un poco que un tema tan candente no haya atraído antes a los realizadores de ficción chilenos, argentinos, latinoamericanos…? Del otro lado del charco, una década más tarde, alguien intenta contar un poco de esta historia.

Se trata del alemán Florian Gallenberger –ganador de un Oscar en 2001 por su cortometraje Quiero ser–, quien aterrizó junto a su equipo en Buenos Aires para grabar algunas escenas de su tercer largometraje. Gallenberger suele verse seducido por las historias situadas en el extranjero: habiendo recorrido México, India y China, ahora se dispone a indagar en los anales de la historia chilena. Colonia Dignidad relata las peripecias de una joven alemana (Emma Watson) que decide rescatar a su enamorado (Daniel Brühl), también alemán, secuestrado en Chile por la DINA tras la caída de Allende, y llevado a Colonia Dignidad. ¿Qué me toca a mí? La sensacional hazaña de ser la doble de luz de la protagonista, ese híbrido entre el delante y el detrás de cámara, que me desvía por un rato de mi camino actoral.

Llegué el primer día al set con la emoción descomunal de las aventuras que palpitaba. Pronto me daría cuenta de que me encontraba en un set cuatrilingüe: español, inglés, alemán y luxeburgués rebotaban al unísono en diferentes rincones de las calles de San Telmo. A veces se sumaba el francés, y ocasionalmente el sueco, cuando Mikael Nyqvist –aquel periodista de la saga Millenium– se hiciera presente. Cuando llegué al tráiler de vestuario, donde me envolvieron en un vestido amarillo setentoso, quedé fascinada con el equipo cosmopolita. Conocí a algunos de mis compañeros y me encaminé hacia el set. Cientos de extras se agitaban bajo el sol, encarnando a los revolucionarios chilenos. El equipo técnico, predominantemente argentino, alemán y luxemburgués, parecía igual de numeroso.

Después del almuerzo, mientras conversaba con un ayudante de dirección, se acercó un hombre de porte imponente a preguntar en un español con acento catalán cómo iba el partido del Barça… ¿Daniel Brühl? Pensé en Good Bye, Lenin y en el actor que tenía definitivamente rotulado bajo la etiqueta de germano y, entre la confusión y los 35 grados centígrados del verano porteño, mi memoria entró en cortocircuito. Tiempo más tarde, tuve la oportunidad de charlar con él: me contó que su padre era alemán y su madre española, y que se crió hablando los dos idiomas (y también francés, inglés y catalán, se comenta).

Mientras tanto, al caer la tarde, decenas o quizás cientos de adolescentes se amontonaban contra una reja que indicaba el final del set. Estaban esperando ver un poquito de Emma Watson. Yo estaba vestida con la misma ropa que ella, y eso pareció confundir al público polizón, que me gritó desesperadamente frases que no llegué a descifrar. En alguna oportunidad, en uno de esos tiempos muertos tan frecuentes en rodaje, terminé sentada al lado de Mikael Nyqvist, que encarna a Schäfer. Me explicó desesperadamente que casi todas sus escenas fueron grabadas en Europa, y me pidió que le diera charla porque se aburre cuando no está haciendo nada. Es originalmente un hombre de teatro, me contó, de Strindberg y de Ibsen, y al enterarse de que soy actriz me regaló consejos maravillosos. Mencionó también que se encontraba en medio de una maratón de rodajes, y que acto seguido se iría a filmar otra película a Las Vegas.

Al final del día, una actriz se asomó con unas cuantas cervezas y nos invitó a todos a brindar por la exitosa jornada cumplida. Restaban solo diez días, pero la mayor parte de estos cineastas trotamundos anhelaban volver a sus hogares para pasar las Fiestas con sus familias. “Tengo un hijo de un año que no conoce a su padre”, me contó un gaffer portugués-alemán, y me mostró una foto de un bebé bellísimo. Estábamos ante el fenómeno de fin de año, y la ansiedad por las vacaciones se vivía fuerte. Pero para la mayor parte de esta muchachada el recreo no sería largo. “¿Te veo en la Berlinale en febrero?”, le pregunté a un grip oriundo de Francia. “No, voy a estar trabajando. Nunca puedo ir a los festivales. Siempre me invitan a Cannes, me muero de ganas de ir, pero siempre estoy trabajando”.

 

Nota publicada en el número 155 de Haciendo Cine.