Luis Ortega: "Si fuera feliz, no estaría haciendo películas"

Tras su estreno mundial en el festival de Cannes, Luis Ortega se prepara para mostrar "El ángel" al público argentino.

"Este es un momento de vacío terrible. Todo el mundo te dice ‘Estás feliz, ¿no?’, y respondo ‘No, es un momento de mierda’. Porque lo otro ya pasó, lo que viene no llegó y en el medio estás vos, o -como dice Musaluppi en su libro- lo que queda de vos. Después de dos años de mirar una sola cosa, vas a comprar fideos y no entendés nada".

A pesar de haber dirigido 7 películas y varios capítulos de diversas series, a pesar de haber dado infinitas entrevistas, a pesar de estar expuesto públicamente desde pequeño a los medios dada  la familia en la que le tocó nacer, Luis empieza a hablar y tenés la sensación de que lo hace por primera vez. Que  todo eso que siente, nunca antes se había materializado  en palabras. Y no porque no lo manifieste con precisión, sino porque parece no haber filtro entre sus ideas y lo que en ese instante le dictan sus  emociones. Luis habla como si volviera de la guerra, con una mezcla de agotamiento  y excitación propia de quien ama tanto lo que hace que está dispuesto a dar la vida en ello. Pero como lo que ama es el cine -me animaría a decir que más que la vida- película a película incorpora las herramientas que le permiten acercarse cada vez más a su propósito como cineasta: retratar el desamparo ante un mundo cada vez más difícil de comprender.

Lejos de la ortodoxia del “periodista" quiero comenzar haciéndote un halago. Con la dificultad que existe para financiar las películas, todo se polariza cada vez más entre un cine de autor de mambo personal y un cine industrial donde tenés que satisfacer a tus inversores y a una clase media que compra las entradas y, para eso, debés hacer concesiones de todo tipo. Cuando vos hiciste tu cine “experimental" había una búsqueda honesta y ahora que hacés una película con presupuesto que puede amenazar ese espíritu, aún encontré la exploración. Acabo de ver “El Ángel” y me produjo una linda envidia ver a un director con todos esos recursos pero que salta al vacío.

En principio había un riesgo muy grande en que el actor nunca hubiera actuado. A nivel producción, que el protagonista en una película de estas características sea un  desconocido hacía temblar la estantería. Yo también pensaba que iba a ser mucho más difícil integrarme en el “sistema”, pero con los años y con varios fracasos acumulados, algunos artísticos y otros exclusivamente comerciales, me encuentro en un momento donde puedo ser "una persona" y cumplir el protocolo (aunque tal vez llegué tarde) y respaldar mi sentimiento, mi intuición, mi manera de narrar con adultez. Me hubiera gustado que este momento llegue a los 27 y no a los 37, pero uno siempre quiere otra cosa. La verdad es que seguramente no estaba preparado, de hecho -a esa edad- estaba derrapando fuerte. O no: estaba en la búsqueda. Y la verdad es que empezando por mi hermano Sebastián, Matías Mosteirín, Leticia Cristi y todo K&S, y después con FOX y El Deseo, yo tenía mucho prejuicio acerca de cómo funcionaba todo eso. Pero al ver que Matías se tomaba un avión y defendía mi película en Los Ángeles con uñas y dientes o al ver a toda una productora -que para mi era algo ajeno- apasionada e involucrada, se me ponía la piel de gallina. Es un cambio  radical para mí. Sobreviví a lo que los que hacemos cine sabemos que implica hacer películas (cargar los trípodes, comprometer amigos, entrar a la sala, que no haya gente, seguir haciendo películas, y que eso solo te genere deudas) y este cambio para mí es muy loco: me siento por primera vez bien plantado y sin todas esas cavilaciones suicidas que tiene estar tan a la deriva y solo.

Se me ocurre que decís todo esto desde el hoy, pero cuando aún no habías “sentado cabeza” tenías una toma de posición filosófica muy firme al respecto.

Totalmente. Por eso ahora sentís esa continuidad entre películas en principio tan distintas como “Caja Negra” o “Dromómanos” y “El Ángel”. Pero lo bueno de todo esto es que uno puede desde el mundo adulto respaldar los sentimientos de la infancia. Cuando sos chico no podés porque nadie te da crédito. Y hoy yo no siento distinto de cuando tenía 6 años, realmente mi llógica no es distinta. La diferencia es que sé que si te tirás de un piso 20 te vas a morir, en esa época pensaba que no, como el personaje de Carlitos (Robledo Puch), pero el sentimiento es el mismo. Entonces que esa infancia haya sobrevivido, cuando de alguna manera “sentar cabeza” implica dejar de ser vos, para mí es un logro personal. Igual estoy más loco que nunca y no va a dejar de ocurrir. No se cómo hacer para estar más tranquilo. Pensé que una vez que estuviera en este lugar iba a pasar y, sin embargo, estoy mucho más alterado. Pero creo que tiene que ver con la vitalidad, con la exaltación de vivir, y las ganas de hacer otra película ya.

Veía “El Ángel” y pensaba que lo que le ocurre al personaje de Carlitos es el síndrome de los que hacemos películas. En el sentido de que, de alguna manera, nos tomamos todo esto como un juego en el que construimos un mundo aparte. Y de una manera un poco sociópata creemos que no hay muchas consecuencias, ya que, de última, vamos y armamos otro mundo.

Sí. Pero en un punto cuando se borran los límites hay cierta peligrosidad, y por eso yo puedo hacer la película de un chico de 18 años desde la perspectiva que me da tener 37. Con 18 años, no sé si podría contar eso mismo, porque me terminaría mordiendo la cola o pegándome un tiro, o cometiendo un acto de verdad irreversible. Una vez leí que uno debería filmar sobre temas que ya resolvió en terapia y no sobre los que aún no. La muerte no la resolvés en ningún lado. Pero el hecho de bailar ante la duda, como hace el personaje de Carlitos, que el hecho de delinquir esté involucrado con una danza, una celebración y no con el botín, lo vuelve heroico y digno de una película. A contraposición empiezan a aparecer los personajes que quieren el botín, la plata, que quieren acumular. Esa oposición a su romanticismo natural lo va desilusionando de la vida y todo termina como termina. Porque si seguía robando solo y no hubiese entrado a esa casa y el personaje de Fanego no le hubiese puesto un fierro en la mano, no sabemos qué hubiera pasado. Esa desilusión con el mundo es lo que lleva a la mayoría de las personas a la cárcel o al loquero. Entonces la idea de que él se mantenga puro hasta el final, siendo un asesino, es polémica pero es mejor a que salgas de la sala y te quieras pegar un tiro en los huevos, con la sensación de que la humanidad es mala y perversa y no tenemos salvación. Para eso está Iñarritu y un montón de directores, pero no es lo que yo quiero. La idea de celebrar el acto de estar vivo; sería un pecado no hacerlo. La película trasciende el policial, es más intima.

De hecho no hay una investigación de ninguno de sus asesinatos, hasta que lo atrapan.

Porque al estar vista desde sus zapatos, al no existir la muerte… La película cambiaría de lenguaje si presenciás cómo lloran los familiares de las víctimas. Se perdería todo el lenguaje de “Alicia en el País de las Maravillas”. Él -justamente- cree que la muerte no existe, obvio que hasta que mata a su amigo, pero ahí ya se le derrumbó su mundo de ilusiones, no le queda nada.

La tendencia en la series actuales es que los protagonistas sean antihéroes repletos de características para ser antagonistas y, sin embargo, uno empatiza y quiere que les vaya bien. ¿Cómo fue el trabajo de guionado con Rodolfo Palacios, que había escrito “El Ángel Negro”?

El libro formó parte de la investigación y escribí con Rodolfo Palacios que fue quien me acercó la historia. Nos hicimos muy amigos en “Historia de un Clan”, yo lo contacté porque conocía a Arquímedes. Mi hermana me dice “¿Pero vos leíste ‘El Ángel Negro’?”. Entonces fui, lo leí y quedé impactado; pero nunca vi una película en ese libro: vi una obra literaria  inalcanzable de ser filmada. Después de “Historia de un clan” nos miramos con Rodolfo y nos dijimos “Carlitos”, por decantación natural. Entonces empecé a hablar con Sebastián, nos preguntamos bastante si seguir con este mundo que a primera vista presenta mucho morbo y oscuridad, pero enseguida empezó a aparecer este otro planteo de una película que iba por otro lado. Yo me crié viendo “Bonny & Clyde”, “The Outsiders”, “Pixote”, “Ferris Bueller's Day Off, y la cámara está siempre del lado de la aventura, nunca se pone a juzgar, y esa es la tradición del cine noble que yo reconozco. No es “Asesinos por Naturaleza”, no hay grotesco desbocado. Hay una espiritualidad muy poderosa. Entonces yo siento que la película no defiende ni justifica la violencia ni el acto de matar, pero sí te muestra que es algo complejo de resolver. También creo que todos venimos de un bagaje, que nos hace jugar de una manera que no sabemos bien porqué es así. Todos hermanos criados en una misma familia, en un mismo contexto, y uno sale así y otro nada que ver. ¿Por qué? Evidentemente hay algo más que marca las acciones de las personas, y es un misterio. Y gracias a ese misterio existe el cine. El arte está en el terreno de todo lo que no se puede resolver.

Vos siempre tuviste una fascinación muy intensa por los personajes marginales y un mundo que está en el lado B de la vida cotidiana de la clase media urbana a la que pertenecés. Siempre me pregunté que encontrabas ahí en términos humanos y también artísticos.

Yo nací acá y a los tres años me mudé a Miami, donde todo es muy plástico y las distancias son muy grandes para recorrer solo. La calle casi desaparece y aparece la pantalla. Hay un canal que se llama Showtime que pasaba cuatro veces la misma película y yo la veía las cuatro veces. Cuando de Miami me fui a vivir a Tucumán sin escala, aterricé en la tierra. Tan valioso como en Miami era el cine para mí, acá eran las personas, el encuentro. Yo vivía al pie del cerro y volvía del colegio, subía la montaña y había un viejo -el viejo Batata- con una bolsa de artillera. Le choreaba una botella de vino a mi papá, lo esperaba ahí, le regalaba un vino y el viejo me mostraba un huevo que le llegaba hasta la rodilla, y todos nos quedábamos pasmados porque tenía una hernia en ese huevo gigante. Teníamos diez años. Él se iba con el vino y nos quedábamos con esa imagen. Era una aventura. Empecé a conocer ese tipo de personajes en la vida real, ya no en las películas. Y por otro lado, supongo que hay algo en el ADN que se remonta a los orígenes paternos. Algo me es familiar. Cuando llegué a Buenos Aires, Ana María Picchio me llevó a ver un cine que nunca había visto en mi vida. Me llevó a ver Kurosawa, “El imperio de los sentidos”, “Stalker”, “Persona”, y yo venía de Tucumán y me dije “Todo lo que viví es posible de recrear: el mundo de las emociones puede ser ejercido, puede ser un oficio" e inmediatamente descubrí mi vocación, pero tuve que hacer ese recorrido. Si caminás por Buenos Aires después de las 2 de la mañana, te encontrás con esa otra vida de gente durmiendo o leyendo la guía telefónica o haciendo crucigramas o masturbándose o viéndose con sus parejas o llorando o leyendo la Biblia o con una tele enchufada en la calle. Es muy atractivo ese mundo, es muy sólido, mucho más solido que si vamos a una casa de una familia consolidada. Es de una consistencia que a mi me desarma, y me atrapa. Y para mí es el sentido de todo. Después, lo que nos rodea es mentira, es automatismo. Es lo que ve el personaje de la película y contra lo cual dispara a ver si puede romper ese automatismo. Y, por supuesto, no lo logra.

Hay un hecho subrayable: vos tenías fascinación por ese mundo a pesar de venir de otro lado, pero te entregabas a él, lo explorabas de verdad. No es que tocaste de oído y lo utilizaste convenientemente para filmarlo como algo exótico y huir. ¿Cómo hacía eso eclosión en tu familia? Porque de pronto, esa familia tan heterogénea y rica (que sin duda algún día merecería una película) te veía probando cosas raras y durmiendo en la calle.

Buena pregunta. Mi viejo vivió en la calle cuando volvió de Tucumán. Si bien después construyó otra cosa, hay una esencia que no se espanta con nada. Por el lado materno fue distinto, y creo que hubo un sufrimiento más grande en una época determinada y una preocupación por la posibilidad de perderme. Es el gran dilema de tener un hijo: no es tuyo y no sabés que va a hacer. Mirá: en su época no fue u un gran momento para compartir, porque todo eso también venía con sentimientos míos que no podía manejar más allá de donde me sentía cómodo yo. Quizá hay emociones que me llevaron a un lugar que no necesariamente eran tan a voluntad. Mis amigos robaban el Blockbuster de Las Heras y Agüero con pistolas de plástico y me quedaba alucinado. Porque yo nunca me animé a hacer eso. Hay algo que no me permitió cruzar un límite. No sé qué es. Quizás eso tenga que ver con la ternura de los padres, quizás un abrazo sí cambie el rumbo de las cosas. Por eso es muy distinto tener una contención familiar, una preocupación genuina a no tenerla. Pero también, como yo soy el quinto de mis hermanos, no tuvieron la misma severidad, no tenían la misma energía. Y eso contribuyó a que tuviera mucha más libertad y muchos más riesgos. Pero es una lotería en un punto. Yo estaba recién llegado de Tucumán, estaba sentado en la vereda y un amigo me dijo “Vení, vamos a ver un loco al teatro”. Me subió al manubrio de la bici y me llevó a lo s pedos cuesta arriba por Independencia. Llegamos a un teatro vacío y veo a un tipo desnudo tirándose mierda en la cabeza y diciendo “¡Soy una mierda, mirá el pitito que tengo!”. Yo no entendía nada. Era Omar Chabán en Cemento. Entonces el arribo a la ciudad, si vos venís del interior, es una explosión, es una pepa. Nunca había visto nada así. No me representaba necesariamente, pero descubrí que no había límites. Eso tiene un margen de riesgo enorme, pero si de alguna manera seguimos acá, es hermoso. Mis amigos siguen siendo los mismos, desde la primera hora. Ahora hice una película, arreglé mi casa, tengo otra vida, pero emocionalmente es la misma. Y tengo que cuidarme de las mismas cosas, porque este trabajo juega con el abismo. Todos sabemos que nos podemos volver locos por un tema, pero si no te obsesionás no podés hacer una película. Alejandro Catalán, un maestro de actores, le dijo a Toto Ferro (el protagonista) “El que se obsesiona, gana”. Porque en un momento era muy grande la empresa de lograr que ese pibe haga lo que hizo. Y la obsesión esa te lleva a un borde de alineación que, depende de tu personalidad, te resguardás más o menos. Hoy me siento un poquito mejor parado y puedo vehiculizar todo eso que te lleva al manicomio, pero que también te pude llevar a hacer una película. Es un buen truque. Con “Historia de un clan” me empecé a arreglar, y estoy en ese camino.

Tener una casa, tal vez tener un hijo y todo lo que empieza a implicar, ¿son mundos que compiten con esa locura tan creativa?

Sigo teniendo un residuo de conflicto con la comodidad. Sí creo que la abandoné a conciencia en su momento, porque quería ser un hombre. Cuando sos chico, la idea de ser un hombre es bancarse cosas muy duras, y es verdad. Te vas preparando para cosas que en realidad nunca estás preparado. Y ahora me siento más integro y con la inocencia intacta. Sobrevivir fue un negocio redituable porque yo, en el fondo-fondo, tampoco creo en la muerte de esa manera. Creo que hay que descifrar todo lo que hay que resolver internamente, y solo si estás vivo tenés esa posibilidad.

Carlitos dice en un momento “disfrutemos que estamos vivos”.

Claro, porque el otro entra y va por las joyas y él le dice “Pará, no te apures”. “Pero estamos robando una joyería”. “No, estamos vivos”. Eso es todo para mí, es la diferencia. Por eso todavía me emociona y aunque la película -que ya no viene en lata como decía Orson Welles (“nada que viene en lata puede ser bueno”)-, para uno ya es como algo que murió, vuelvo a momentos y encuentro declaraciones de principios con las que todavía me emociono.

Siempre te lo quise preguntar. ¿Por qué creés que hubo esa ligazón tan fuerte con Favio, porque creés que te apadrinó de esa manera? ¿Qué creés que los unía tanto en el fondo?

Yo creo que es esta cosa subyacente que estamos hablando, la espiritualidad. No sé, un día me llegó una carta de este tipo que para mi era inalcanzable. El suicida más elegante que yo había conocido. No como persona, sino en su obra. Y me llega una carta diciendo que vio “Caja Negra” y que me propone un encuentro. No sé cómo explicarte lo que  pasó a partir de eso. Pero me pronosticó todo lo que iba a pasar. (Luis aquí se emociona mucho, tarda en volver a hablar). “Cuando estés muy loco, muy loco, tenés que volverte un atleta”. “Pero ya estoy muy loco” “No, no, pero más de grande, porque ahora tenés toda la energía”. Y ahora que terminé la película y estoy en ese momento, estoy haciendo una vida de atleta. Salgo a correr, hago ejercicio, y eso me cambió. Estoy mejor para pasar por este momento de vacío y la ansiedad de lo que viene. La exposición de poner la película para la gente. En un momento la vida no te da escapatoria y solo podés escapar desde tu propio cuerpo. Eso me lo cantó por anticipado. “Recordá que te va a pasar, promediando los 35 vas a tener que recurrir a eso”, me dijo.

¿Cómo vivís estos tiempos políticos y sociales?

Lo vivo muy alterado. Creo que hay una gran nobleza en la gente. Si te ponés a pensar en la realidad de la mayoría, es loco que permanezcan resistiendo y no estallen en la locura y la violencia. Vos mirás a las personas a los ojos y están aguantando, están resistiendo los azotes. Y no hablo solo los azotes de la situación política, sino también los de la soledad. Es muy raro lo  que te voy a decir y tal vez polémico, pero pienso que la inseguridad está ligada a la cultura. Cuando todo está un poco más salvaje, uno está con los poros más abiertos, más propenso a la creatividad como forma de dar batalla. Como dice uno de mis mejores amigos que aparece en la película, lo mira a Robledo y le dice “¿Me querés robar los pensamientos? Mirá que el enemigo existe, eh”. No soy ni fui nunca de ningún partido politico, pero es un momento para dar batalla, y si nos podemos juntar cada uno desde su lugar para combatir, hay que hacerlo. No tengo un instinto de preservación en cuanto a vivir 10, 20 o 30 años más. Creo que la actividad en algún momento te puede llevar al ocaso, porque diste todo lo que podías dar. ¿Por qué no vas sacrificar tu vida literalmente si ya sos un sacrificio? En definitiva todo perdura muy poco. Por eso, volviendo a Favio, ese tipo de kamikaze con ese corazón, con esa ternura, es de donde mamamos todos los que estamos solos. Y estemos dispuestos a reconocerlo en mayor o menor medida, todos tenemos ese aislamiento profundo que, en cuanto lo tocás, te quebrás. Porque es el punto donde reconocés tu relación con el desamparo. También creo que la gente que está en los medios de comunicación, pero también la gente individual, está generando violencia. Con sus instagrams y la exhibición de esa falsa felicidad… Y, hermano, si salís a la calle y mirás, ¡no podés no empatizar con todo eso que tenés al lado! Es muy probable que te pase algo con todo eso. Genera mucha violencia en la gente el Instagram y el Facebook, no entiendo cómo no se está cuestionando eso. Lo que yo elijo mostrar de mi, que es mentira en general, genera violencia y es algo que ni siquiera asoma en la conciencia de la gente con perfil público. Siento que la gente no tiene empatía por el prójimo. Y aunque seas buena gente y dones plata a un hospital y tengas un discurso sencillo de tipear, esa falta de empatía se siente y genera violencia. Y se podría evitar. La gente pública se expone de una manera en la que no tienen empatía en absoluto con lo que está pasando. Y después piensan que si no vas al Martín Fierro sos un snob o porque estás agrandado y te hacés el canchero.

En el discurso de esos mismos medios, no sé si la gente de a pie piensa eso. Es un discurso funcional a ellos mismos.

Claro, como que no es sincero lo tuyo. Te dan vuelta la torta, ¿entendés? Y yo veo los Oscar, por nombrar un evento mundial, y genera violencia, loco. ¿Cómo no va a generar violencia eso? ¡No el cine, eso genera violencia! Y por nuestro lado, no estamos contribuyendo tampoco. Porque todos sabemos el gobierno que tenemos, el que tiene Estados Unidos y el de Francia. ¿Qué te voy a decir respecto a eso? Pero lo que es nuestra responsabilidad -que no es solo ir a votar- nadie la está ejerciendo verdaderamente en un sentido carnal y real con el otro. Esta idea de que a ese tipo de eventos es a lo que tenés que aspirar, es una crítica muy básica e histórica, pero ahora está muy explotada por las redes. Entonces la palabra “revolución" es una palabra muy antigua y absurda, pero si la gente dejara de usar las redes sería algo revolucionario. Si la juventud dejara de usar las redes, empezaría a pasar otra cosa. Porque aparte, para los que se dedican a escribir, a imaginar películas, te anula la imaginación. Prendo el teléfono y tengo todas las noticias, y quiero leerlas obviamente, y eso conspira con lo que quiero hacer, que es escribir otra película.

Decías que te angustiaba este momento, en que ya hiciste la película y aún no sabés con qué vas a seguir. ¿Cómo ejercés el oficio de imaginar, de escribir, de pensar, de sentir que una historia empieza a crecer y sentís que hay que desarrollarla? ¿Cómo ejercés el día a día de este oficio?

Hay emociones que son muy recientes y no me animo a escribirlas todavía. Creo que tienen que pasar unos años para poder retratarlo. Pero con un delay necesario, todo lo que viví a los 26, 27 años, hoy me vuelve de una manera muy fértil. Hoy me llegan todas esas imágenes, como la oreja en el jardín de “Blue Velvet”. Me atrapa todo eso que me quedó grabado y empiezo a explorar. Y lo que pasa es que, en el último tiempo, noté que el contexto de una estructura dramática te contiene de una manera que podés experimentar ilimitadamente y a los 30 minutos de película seguís enganchado. A mí me encantan las primeras películas de Harmory Korine, incluso “Julien Donkey Boy” pero a la media hora se quedan sin pólvora los sucesos. Por algo la tradición narrativa sigue funcionando, porque acumular escenas no alcanza. Entonces, si bien lo que yo quiero contar tiene que ver con el caos, estoy incorporando la posibilidad de partir de lo narrativo. Lo que hacía Kubrick, que agarraba una novela X y la hacía estallar. Yo antes pensaba que eso era medio una concesión burguesa, porque no nos estamos animando a contar cómo realmente lo sentimos. Lo cierto es que a los cuarenta minutos eso se te termina y necesitás de la línea dramática. Entonces hoy estoy tratando de unir esas dos cosas, que hacen que detone una película. Pero no es fácil encontrar historias, estoy leyendo más que nunca ahora. Devorando libros de una manera insensata casi. ¡¿Dónde está la historia que me va a permitir contar estas nuevas emociones?! Todavía no la encontré, por ahora solo estoy bajando imágenes que en algún momento podré darle un formato de película.

¿Cómo te imaginás dentro de 20 años?

No aprendí a hacer nada más que a hacer películas como las que hago. Siempre pienso que cuando sea grande voy a construir algo, pero se me escurre entre las manos, nunca puedo construir nada. Me gustaría tener una cuenta en el banco. Siento que eso es parte de una construcción. Hoy me da vida no tenerla, pero cuando tenga 70 años, la vida me la va seguir dando estar enchufado a una de esas máquinas. En toda la época que hice “Lulú”, “Dromómanos”, etc, tener deudas me estimulaba. Me decía “No me puedo suicidar, tengo que pagar deudas”. Hay una especie de abismo, de angustia ante la escasez, que no sé si cuando tenés todo lográs hacer grandes películas. Parece una estupidez, depende de la personalidad. Ese juego que muchas veces tiene que ver con la disconformidad, el no confort, la desesperación por contar algo para romper con esa alineación, calculo que cuando eso esté resuelto te podés morir. Cuando todo eso esté resuelto, ¿qué vas a contar? Si fuera feliz, no estaría haciendo películas.