Más malo

La edición de Caja Negra de La sangre se esparce rápidamente es otro nivel ganado en el culto de respetabilidad a un director conocido como el peor de todos. Literatura que podría haber sido menospreciada, fiel al espíritu cinematográfico del autor, pero que ya no necesita de pruebas de aceptación.

Hasta el año 1994, cuando se estrenó la película de Tim Burton protagonizada por Johnny Depp, la figura de Ed Wood gozó de una inopinada indiferencia en el mundillo de Hollywood y alrededores. A tal punto que ningún medio de comunicación se hizo eco de su muerte en 1978, y su obra solamente comenzó a tomar notoriedad luego de que fuera premiado (tras su fallecimiento) con el dudoso galardón del “peor director de cine de todos los tiempos”. Años más tarde vendría su entronización como estandarte del cine de clase B, y la revalorización de una filmografía que en su momento inspiró solo desconfianza de productores, el rechazo sistemático de los estudios y un reiterado fracaso de recaudaciones. El fenómeno de jerarquización del director de Plan 9 del espacio exterior (1959) inauguró una creciente inquietud por sus ribetes biográficos que corre en paralelo al interés por sus producciones menos conocidas. ¿Cómo separar la imaginería desquiciada que proponen sus textos y sus films, de esa vida encarada al calor del escabio, la flaqueza económica y los sueños artísticos resquebrajados? En el cúmulo de decepciones que vive Ed Wood, entre su llegada a Hollywood en 1947 y su muerte, la precariedad es su invariable existencial. Es carencia y limitación, pero a su vez condición de posibilidad, potencia creativa.

Los relatos antologados en La sangre se esparce rápidamente son el resultado de una vida sinuosa, batallada, y a la vez el hallazgo de un oficio literario promisorio y cautivante. Ed Wood escribe sus historias pulp –para matar el hambre, pagar el alquiler, financiar sus proyectos fílmicos– para revistas eróticas de gran tirada en los Estados Unidos de los setenta. Sus escritos acompañaban los dossiers de imágenes de chicas sueltas de ropa que allí se publicaban, y están marcados por un estilo seco, directo. La frase corta, la descripción justa, el diálogo medido en su ilustración de la prosecución de la acción y el desarrollo de las situaciones. Son narraciones cortas –con sus buenas dosis de erotismo– que impactan a través de la extrañeza de sus variados personajes: travestis asesinas, dos amigos que planean divertirse matando prostitutas, y un comensal con gustos gastronómicos extravagantes como grandes tetas. Una runfla de personajes enmarcados en una atmósfera en cierto modo ominosa, que tal vez podría rastrearse, en la actualidad, en las novelas gráficas de Charles Burns. Además de mostrarnos a Ed Wood en su desconocida faceta de escriba, este libro pone de relieve –en un gesto arqueológico de festejable revitalización– y reactualiza un tipo de literatura que en el pasado hubiera sido considerada menor.