Me casé con una boluda

Ni un cambio tan marcado de época y de país hizo que Larraín descansara de sus vicios. Entre rupturas en el guion, en el montaje y golpes de efecto desesperados, la Jackie Kennedy de Natalie Portman se tambalea perdida, insoportable y, por suerte, olvidable.

Larraín tiene un gusto mórbido por la Historia: le interesan los procesos políticos que desatan la catástrofe, la muerte, que hacen mella en los hombres. El tema predilecto de su cine es la dictadura de Pinochet y sus secuelas. Aunque comparte el contexto, No es la excepción: una película vitalista y veloz, una épica disimulada con héroes comunes y algo cínicos. En verdad, en la filmografía del director, No es una excepción en sentido amplio: el resto de sus películas exhiben un regodeo evidente en la miserabilidad y la tragedia que oscila entre el shock del registro y un lirismo burdo. La enorme cantidad de premios cosechados señala la eficacia de ese proyecto estético, como si de alguna manera todo en las películas de Larraín funcionara como un golpe de efecto, pero golpe certero al fin, que alcanza para llamar la atención de productores, festivales y público.

Incluso cambiando el país y el contexto sociopolítico, Jackie no se corre demasiado de esa línea. La película abre con el rostro del personaje ocupando casi toda la pantalla, nada de plano de establecimiento, plano americano o un travelling suave. Ese comienzo funciona como una suerte de advertencia: la historia que comienza es la de esta mujer de ojos llorosos, levemente desfigurada por el dolor, que hace un esfuerzo terrible para guardar las apariencias; una historia que encuentra en la desgracia y la infelicidad sus materiales predilectos. El director no tiene demasiados escrúpulos: la cámara la filma de cerca siempre, ya se trate de la crisis de nervios horas después del atentado o del momento en que la madre tiene que explicarles a sus hijos chiquitos que el papá no va a volver porque se fue al cielo. El golpe de gracia llega con la escena final del asesinato, que la película anuncia en más de una ocasión exhibiendo pequeños fragmentos: Jacqueline Kennedy sujeta a un JFK con el cráneo abierto por el segundo disparo, lo acuesta en sus piernas, trata de juntar pedacitos de masa encefálica desparramados sobre el auto y tapa el agujero apoyando sus manos sobre la cabeza reventada. Un momento de gore sutil justificado por el rigor histórico.

La película propone, entonces, una cercanía casi asfixiante con su protagonista. Pero ponerse cerca no es lo mismo que admirar o respetar: la Jacqueline de Natalie Portman es una mujer amanerada que se esfuerza denodadamente por estar a la altura de las circunstancias sin demasiado éxito. Después del asesinato, la ex Primera Dama pasa de inútil a molesta y errática: hace de la pompa fúnebre casi una guerra personal, dice cosas sin sentido, no entiende la magnitud de lo sucedido ni sus implicancias políticas. La película parece quererla a pesar de todo, igual que un padre puede querer a un hijo medio tololo. No se entiende bien cuál sería el encanto del personaje, el brillo que la película pudiera descubrir en ella como para fundamentar la elección del personaje. Los largos segmentos televisivos en los que la Primera Dama hace un tour por la Casa Blanca y explica su plan de reformas la muestran como a una mujer superficial y algo fuera de su tiempo, pura gestualidad, solamente capaz de decir cosas no muy interesantes sobre diseño y de recitar textos aprendidos de memoria. Por algún motivo, la película parece fascinada con esos momentos y con la rigidez y la incomodidad de la protagonista.

Un relato disperso que solapa los tiempos narrativos trata de disimular las carencias de la historia. La película va y viene, salta de un tiempo a otro, hace elipsis vistosas, tal vez porque no sabe bien a dónde ir. Mientras tanto, en el cuento más o menos lineal de las peripecias de Jackie se producen algunos sismos que no terminan de aprovecharse: la revelación de que la pareja no era feliz, por un lado, y de que la presidencia del marido habría sido más bien gris e ineficaz, por el otro (a pesar de las frases grandilocuentes con las que la caracteriza la viuda). El relato, desprolijo, desecha estos nudos o no sabe cómo elaborarlos. La Jackie del presente, la que cuenta, parece más madura, más curtida, pero el cambio entre una y otra ocurre en el off; la narración nunca da cuenta de esa transformación decisiva. La película cierra con una semblanza sobre la fe y el estar en el mundo a cargo del cura que interpreta John Hurt en una de sus últimas actuaciones. Hurt, demacrado, con dificultades para hablar, pronuncia sus líneas casi de compromiso, tal vez lamentándose por la despedida que le tocó en suerte.

 

Jackie

De Pablo Larraín

2016 / Chile - Francia - Estados Unidos - Hong Kong / 100’

Estreno: 9 de marzo (Diamond Films)