"Monos", coproducción entre Colombia y Argentina, ya puede verse en Netflix

La película de Alejandro Landes estuvo entre las 10 preseleccionadas para el pasado Oscar a mejor película extranjera y es el estreno de esta semana en la plataforma de streaming.

Coproducida entre ocho países (incluyendo Argentina), esta película colombiana es uno de los platos fuertes del cine de autor latino del año pasado. Vendida a más de 20 países, preseleccionada para los Oscars del pasado febrero, y con más de 250.000 espectadores en Colombia, en Argentina pasó desapercibida en su estreno en cines.

Esta semana, Netflix la agregó a su plataforma, donde quedó “tapada” por el estreno de la multipromocionada “La Corazonada”. Pero ver “Monos” es una experiencia sensorial y brutal. La película sigue una línea narrativa, pero son sus imágenes, su historia y tratamiento del sonido lo que la vuelven una propuesta visceral que debe sentirse en la oscuridad de la sala y en pantalla grande.

La experiencia que uno ve como espectador y lo que el equipo liderado por el colombiano Alejandro Landes vivió en carne propia para rodar la película es lo más herzoguiano que pueda conseguirse: rodajes en montañas y en la profundidad de la selva colombiana, un elenco de niños sin experiencia actoral sumado a una actriz de Hollywood (la norteamericana Julianne Nicholson, quien este mes también coprotagonizó con Diego Peretti “Iniciales S.G”), helicópteros, pirotecnias varias, efectos especiales y la asesoría de un ex combatiente de las FARC.

Detrás de cámara, un equipo compuesto por profesionales de ocho naciones distintas, entre ellas el guionista argentino Alexis Dos Santos, la actriz Inés Efron como coach actoral y música de la artista británica Mica Levi, quien compuso piezas sonoras experimentales en la línea de sus trabajos anteriores para la pantalla grande como “Under The Skin” con Scarlett Johansson y “Jackie” con Natalie Portman.

Hablamos con Landes sobre todo el proceso de realización de “Monos”.

 

LA PRODUCCIÓN

¿Cómo fue el trabajo visual, exquisito y preciosista, de la película?

Me gusta abordar cada proyecto buscando su identidad sonora y visual, casi como una huella dactilar. No un estilo, sino una identidad. En mi primera película de ficción, toda la película está filmada a una altura de un metro del suelo y moviéndose en un Dolly. Esto es así, porque el protagonista estaba confinado a una silla de ruedas. En caso de “Monos”, al tener unos protagonistas que están entre ser niños y tener toda la vida por delante, sentí que ese momento era muy vertiginoso, con mucho movimiento. Entonces la cámara está en constante movimiento, buscando obtener la mayor cantidad de personajes en el mismo cuadro: por eso usamos Cinemascope, en formato anamórfico. Y, por otro lado, buscando un cierto arco visual, los personajes inician en la cima de una montaña donde hay una cierta inocencia, un idealismo: hay una noción de escala y tamaño. En la selva, el grupo se desintegra y se fragmenta la noción de escala, se fragmenta su noción de dónde estás frente a la inmensidad.

 

¿Cómo fue el armado de producción que, se nota, debe haber sido de gran complejidad?

La producción fue sumamente compleja: cada uno de nosotros estaba al límite de lo que podía hacer, en cuerpo y cabeza. En montaña filmamos a 4.000 metros de altura, con muy poco oxígeno, en un lugar húmedo y frío a la vez. Iban cambiando los microclimas: salía el sol, lluvia torrencial. Pero era tolerar esas condiciones en una película con menores de edad, con actores de Hollywood, tomas acuáticas, animales, efectos especiales, helicópteros. Todo eso en locaciones remotas. Seguramente Herzog podría contarlo mucho mejor que yo, fue todo muy vertiginoso. Pero, ante todo, lo que levantó cabeza fue el espíritu de esta gente joven que se puso la película sobre el hombro, muy inspirados en esa responsabilidad que tenían; lo que buscaban ellos y el equipo fue sacar lo mejor de sí. Fue muy contagiosa esa actitud. Fue un trabajo impresionante de mucho cariño.

 

¿Cómo fue el trabajo con los niños de la película?

El casting se hizo de forma ortodoxa y poco ortodoxa: buscamos en las calles, en las redes, en colegios, en escuelas de teatro. Todo tipo de sitios. De 800 escogimos a 25 finalistas a los que llevamos a una especie de campamento de verano: a la mañana hacían ejercicios de actuación e improvisación con Inés Efron, y a la tarde hacían ejercicios corporales y militares. No ejercicio clásico militar, sino más bien tratando de crear el entrenamiento que tendría un ejército clandestino, revolucionario, que se tiene que mover en las sombras. Había baile, danza, cosas muy exigentes. Ahí empecé a ver la química: quién peleaba con quién, quién coqueteaba con quién y, en base a eso, elegí a los 8 y reescribí parte del guion para que se vieran sus personalidades en la película.

En ese período contraté a Wilson Salazar, que hace el papel del mensajero que al principio era mi consultor: él había entrado a las FARC a los 11 años y desertó cuando tenía 24. Había llegado a una columna de combate muy temida, muy conocida, y tenía una autoridad, una experiencia increíble.

 

Contanos un poco del armado de la financiación, en la que participaron ocho países distintos. ¿Hubo requisitos u obligaciones para la producción o postproducción que pidiera algún país en particular?

El armado de la película sin dudas fue un camino que se hizo al andar: tuvimos que “pasar sombrero” por distintos países de los cuales finalmente quedaron ocho en la producción. Creo que se dio de una manera orgánica: tuvimos una compañía que hizo los efectos digitales que venía de un país escandinavo, el sonido lo hicimos en Argentina, hicimos el color en Francia, algunos procesos de post en Holanda. Así pudimos cumplir varias de las ambiciones que teníamos en cuanto a escala, conseguir los elementos para recrear esta fábula que empuja al mundo físico casi hasta lo fantasioso. El de “Monos” es un armado muy peculiar, pero ha sido un viaje muy provechoso también.

 

¿Cómo la recibieron en otros países?

Como colombiano me pareció muy interesante la experiencia en otros mercados: en Europa del Este (una zona del mundo que no conozco) ganó premios a mejor película en Rumania, Ucrania, Eslovaquia. Lugares que han vivido guerras civiles y conflictos en las sombras. Allá creo que es más fácil que viva la metáfora, que te hable de una manera más subversiva. Creo que la película mira al ombligo como colombiano, pero también mira a las estrellas y eso rompió fronteras y trafica emociones, que es lo que nos une.