Of Montreal - Skeletal lamping

Of Montreal - Skeletal lamping

 

Kevin Barnes, alma y cerebro de Of Montreal, nunca fue ni será un tipo normal. Siempre lo supimos pero la edición de Skeletal Lamping, continuación de su disco cumbre Hissing Fauna, Are You the Destroyer?, viene a sellar dicha sentencia con ganas. Veamos. Como si fuera un personaje de Herzog obstinado en emprender las empresas más imposibles y extravagantes, la edición de su décimo álbum, y más allá de su esquizofrénica forma musical, sale a la venta junto a objetos como una lámpara, una cartera y adornos para la pared (¿!); sus primeras 75.000 copias fueron desechadas y tiradas a la basura sin más por un mínimo error de imprenta y en sus recientes shows, plagados de fans que se vísten igual a él, se hace ahorcar en escena y, créanlo, sube a cantar desnudo montado a un caballo blanco. Quizás los Animal Collective o los The Fiery Furnaces se les arrimen en su radical y emocionante manera de hacer pop pero nadie en la escena actual del indie más ambiciosos que ellos. Of Montreal hace del permanente cambio un movimiento natural: pasaron por el pop psicodélico de los sesentas a lo Beach Boys, se vistieron con las ropas del glam de Bowie y Roxy Music y ahora reencarnan en una banda funk plagada de falsetes en homenaje a Prince. Once años después de su debut, y en el pico de su popularidad, Barnes echa sanamente todo a perder cual neurótico empeñado en boicotear su éxito. Buscando desconcertar oídos ávidos de consumo fácil, sus melodías pegajosas de siempre aparecen más deformes que nunca. Es difícil hablar de canciones propiamente dichas; básicamente, se tratan de pedazos de cuarenta segundos hilados confusamente uno al lado de los otros. ¿Cuántos cambios de ritmo puede permitirse una canción? Sólo luego de exhaustivas escuchas el veneno se apodera de nuestras venas y la experiencia deviene en un viaje fascinante. Pero su mayor apuesta está en explicitar la necesidad de sacudir la escena. Skeletal Lamping arremete contra el anestesiamiento sexual del indie y su ya aburrida corrección y amabilidad santificando el mal, penetrándolo de vitalidad y de coros orgásmicos al ritmo deforme del groove más sensual y sucio. En la irresistible “Plastic Wafers” prende fuego la pista de baile repitiendo que a su amante fantasea con “hacerla eyacular hasta que ya no sea gracioso”. Y en “Gallery Pieces” canta cosas como “Quiero ser tu amor/ quiero besar a tus amigas/ quiero chocar tu auto/ quiero volverte loca/ quiero hacerte acabar doscientas veces al día”. Si en su anterior álbum desnudaba abiertamente los secretos de la traumática ruptura de su matrimonio introduciendo a su alter ego George Fruit, aquel que se había entregado sin reservas al amor de la “primer chica linda que podía apreciar a George Bataille” y que, toneladas de antidepresivos mediante, lo arrastraba hasta la más absoluta perdición de sí mismo, acá lo retoma y lo hace, ya no entrañable y conmovedor, sino, directamente detestable. Por eso, más que un alter ego, una especie de “yo ideal”, este transexual, negro y ex presidiario y miembro de una banda funk de los setentas es la encarnación de los recovecos más humillantes y vergonzosos de su conciencia. Criminal y profano, tal como lo definió el propio Barnes, Skeletal Lamping es su disco maldito que, lejos del beneplácito unánime de crítica y fans que tuvo su predecesor, busca incomodar, provocar, arrancar falsas seguridades y afectar en lo más íntimo invitándonos a bailar en la fiesta más pervertida y degenerada de la temporada.