Nacional y copular

Al fin un libro reúne la historia del porno argentino y lo clasifica. A través de mitos, chismes, leyendas urbanas y campitos, Porno Argento!, de Hernán Panessi, hasta se atreve a echar una hipótesis sin protección: ¿habrá sido por estas pampas la primera vez del género?

En nuestro saber mundano, basal y prejuicioso, la pornografía argentina es un inventario dispar de escenas poco pudendas que oscilan entre el amateurismo y el profesionalismo. En la versión que nos regala Hernán Panessi, el cine triple X local es una patria complementaria, un territorio profano donde se sublima el deseo de contar historias (además de disipar fantasías diurnas y nocturnas). Porque, si hay un condimento que seduce en la lectura de Porno Argento!, es su capacidad de remitir a “mitologías” tan poco probables como extremadamente estimulantes. Nuestro periodista amigo contrabandea anécdotas, exhorta documentos, examina chismografías de todo pelaje. De esta manera logra tejer y destejer, trazar una genealogía: ¿es el cine porno un invento argentino? La fecha oscilará entre los años 1907 y 1912, y la localización no será mucho más precisa: ¿balnearios de Quilmes o algún rincón del Paraná? Lo cierto es que un cortometraje titulado El Satario (fabulación picantona en la que un fauno y dos ninfas se dan maza en pleno yuyal ribereño) le daría a algún pornógrafo de estas pampas el galardón de “precursor del género”. Aunque no escasea la contrahipótesis que nos dice que El Satario es una parodia de un ballet ruso filmada por el mismísimo Sergei Eisenstein. Es así como en la primera y en la segunda parte del libro se construye la historia del cine porno argentino como si se tratara de una tarea detectivesca que va acumulando intrigas al cruzar informaciones, al narrar situaciones inéditas, al montar relatos en escala micro con la Historia en mayúsculas. Por eso en muchos apartados podemos encontrarnos con derivas que, además de describirnos los entretelones de las producciones para adultos, nos pasean por algunas estampas de época que nutren la lectura. Como el capítulo sobre la década del 20 y el 30, en el que el ambiente de extramuros, el tango, las salas del microcentro y la poseía de González Tuñón conforman un universo iniciático en torno a la vida erótica.

En su tercera parte, el volumen conforma una minuciosa guía de películas, directores, actores y actrices del género para consultar hasta perder el juicio. Esta última parte cobra más espesor cuando se comprende que es un acervo de conocimiento disponible en formato papel que permanecía sin conocerse hasta el momento. Como bien precisa Axel Kuschevatzky en el prólogo del libro: “¿Por qué vale la pena catalogar la versión local del cine para adultos? Porque nadie lo hizo antes. No hay mucho registro de este universo y corremos un gran riesgo de que, en la medida en que pase el tiempo y sus responsables envejezcan, jamás exista”. Finalmente, aquí celebramos su existencia.