Otra espera

Pintando un retrato complejo compuesto por mujeres de distintas generaciones, el cordobés Mariano Luque construye una película en la que los vínculos familiares se ramifican hacia rincones extraños mientras la orfandad es tan palpable que perfuma la pantalla.

Hace unos días, en un ciclo sobre literatura infantil y juvenil, Marina Colasanti y Liliana Bodoc hablaban, entre otras cosas, sobre los cuentos de hadas. Colasanti, investigadora experta en el tema, decía que en los cuentos de hadas tradicionales y antiguos la presencia de niños huérfanos era abundante porque en aquella época las madres muy comúnmente morían en el parto o por complicaciones posteriores, y los padres solían ir a alguna guerra y tenían el mismo destino. A esto, y ante la pregunta de un oyente, Bodoc agregó que era cierto que en sus libros también había muchos personajes de niños huérfanos, quizá heredando aquella tradición del cuento de hadas pero también –añadió– porque, con el correr de los siglos, para ella la orfandad seguía siendo algo corriente: hace tiempo ya que ambos padres dejan a los hijos todo el día para salir a trabajar. Esos chicos quedan al cuidado de otros: abuelas, tías, hermanas, niñeras, vecinas, amigos, y hasta de desconocidos. Es la orfandad industrial, podríamos decir, la orfandad industrial, la orfandad urbana.

Un poco sobre todo eso trata Otra madre, el nuevo largometraje del cordobés Mariano Luque, quien se mete de lleno en el universo de la relación madre-hija pero, puntualmente, en el mundo de unamadre (Mabel) que trabaja todo el día, que tiene que trabajar todo el día. En Otra madre hay orfandades por doquier, incluso la hermana de la protagonista, que está todo el tiempo junto a su propia madre, la siente ausente.

Y, volviendo a la “orfandad urbana”, justamente esta es una película que transcurre en una pequeña ciudad que vemos a Mabel atravesar, a pie o en colectivo, en varias ocasiones. Incluso con ese desplazamiento abre este relato: en la escena más hermosa de toda la película, un travelling nos muestra a la protagonista caminando por la calle. Está despuntando la noche y Mabel camina por las afueras de una ciudad. Está algo oscuro, bien podría ser también la hora del alba, y ella atraviesa una especie de potrero para inmiscuirse en una zona que, vemos, se asoma a la urbanidad desde el costado, oscurecido por gusto e iluminado sin pena por el reflejo de las luces de aquella concentración metropolitana que no está tan lejos. Corte directo al plano general de una ciudad iluminada de noche. Mabel camina por la calle pero también viaja en colectivo, algunas veces dormida, vencida por el cansancio. La película se toma el tiempo de mostrarnos esos traslados, porque ese trajín también es parte del tiempo robado a los hijos, aquel tiempo que –del otro lado– cobra forma de espera. Luque retrata esa espera en dos escenas impecables: con un silencioso sonido ambiente, vemos a la hija de Mabel esperar tras la reja de la casa donde vive. La nena, trepada a un escalón, mira hacia la calle. Primero, de día, sola; más tarde, ya de noche, junto a su tía (quien también parece esperar a una madre que no llega, porque, en realidad, ya está en su casa). Son dos escenas casi calcadas, impecables en su cuasi silencio (en la segunda las chicas algo conversan), en su transmisión hasta del clima que hace allí en ese instante (la brisa que mueve el pelo de la nena al mediodía, el frío que tienen ambas a la noche) y que combate el vaho que uno siente cuando se le estruja el alma al esperar algo que no termina de suceder. Y es que, para quien vuelve, claro, no es fácil atravesar la ciudad. Luque muestra una sola vez a Mabel llegando a su casa: la vemos llegar a través de un vidrio; la vemos llegar desde adentro de la casa.

En aquella espera de la niña asomada sobre la reja se le escapa esta película a Mariano Luque. Porque lo más interesante de esto que se cuenta no es quienes se van (de eso ya vimos mucho, de toda forma y color) sino quienes se quedan, quienes esperan disfrazando el tiempo de algo… Da intriga qué pasa con esa chica mientras la madre ordena ropas ajenas o da clases de gimnasia acuática. Dan ganas de ver a la nena estar sin su madre de la misma forma en que vemos a la madre estar sin su hija. Porque que una mamá se vaya es lo más natural del planeta, nadie puede estar sin trabajar y eso implica dejar a los hijos al cuidado de otro que quizás hasta trabaja de eso y debe dejar a los propios para cuidar a los ajenos (temática de varias películas, incluso –muy de costado– de esta). Eso pasa siempre, nos pasa a todos. Pero no siempre reparamos en lo que puede contarnos quien se queda esperando a que volvamos. Este director tenía eso entre manos: en las pocas escenas donde se detiene en ese lado del relato, la película resplandece y uno queda obnubilado. Tanto que hasta resulta que en Otra madre hay dos películas: aquella sobre las madres que se van y aquella sobre los hijos que se quedan. Es esta, la segunda, en la que menos se sumerge Luque. Y, lamentablemente, es la más interesante, no solo porque la pequeña Julieta Niztzschmamn y su interpretación son oro en polvo, sino porque se nota que el director de Salsipuedes tiene la sensibilidad necesaria para retratar esa “orfandad”con intensidad pero sin sobrecarga. Porque cuando Luque nos cuenta sobre los hijos (las hijas, en realidad, porque esta película tiene epicentro en las mujeres) no agota, no divaga, no empalaga, no hace encuadres feos… pero no deja de hacer eso varias veces cuando habla de las madres que deben irse. Entonces llena el plano de objetos “significantes”, de fotos maternales en el fondo, de diálogos con las madres de las madres de las madres.

En cambio, cuando aparece la otra película que hay dentro de Otra madre,el propio relato aminora el paso casi avisándole al director que siga por ahí. Es que esos ojos que miran entre las rejas como intentando cambiar algo son nuestras vías de acceso a un tipo de magia que solo existe en la niñez. Por eso, como la niñez, ojalá en Otra madre durara mucho más ese pasaje infantil, ese clima de cruzada (que para un niño es, en el fondo, el primer desamor), esa sensación de que en una espera puede írsenos la vida.

 

Otra madre

De Mariano Luque

2017 / Argentina / 77’

Estreno: 19 de octubre (Cinetren)