Penumbras

En Bafici 2016, Edgardo Castro –que venía de actuar en varias películas que ya habían pasado por el festival– se hizo conocer como director y conmovió sorpresivamente. La noche es un recorrido potente por un laberinto de pasiones rotas del submundo porteño, y ahora llega a las salas. A nadie deja indiferente. ¿Cómo la recibirá el público no festivalero?

La nochefue una de las películas más importantes, y también más polémicas, de 2016. Su primer golpe fue durante el Bafici, como parte de la Competencia Internacional en la que se llevó el Premio Especial del Jurado. Amada y criticada, jamás ignorada, esta película es la crónica de un hombre solo que recorre la noche de Buenos Aires, más puntualmente de la zona de Once, metiéndose en ambientes tan oscuros y decadentes como extraordinarios. Su recorrido es un torrente de sexo y cocaína que choca de frente contra el espectador, pero esos excesos no son más que la cáscara que esconde un relato sobre la soledad. Un grito desesperado que acompaña a la fauna nocturna de la ciudad mientras los demás duermen.

Luego de su recorrido por festivales, en diciembre La noche tuvo su estreno oficial. “Por momentos me angustio, pienso que no va a ir nadie. ¿Qué tengo que hacer? ¿Pegar afiches? No sé, me pone un poco nervioso”, dice Edgardo Castro, director y protagonista de la película. Este es su primer largometraje. Es una tarde de calor fulminante, y Castro está sentado en el living de su casa tomando mate, mientras escucha las preguntas y agita su rodilla de manera nerviosa repitiendo un gesto característico de Martín, su personaje de La noche.

 

¿Cómo te surgió la idea de filmar una película como La noche?

Estaba escribiendo unas crónicas sobre un personaje que contaba sus salidas en la ciudad de Buenos Aires. Durante lo que era la cuarta crónica estaba en un after del Abasto y vi el show que aparece al principio de la película, ese entre una travesti y el stripper. Eran las siete de la mañana y me volvió loco. Fue ahí cuando me surgió muy claramente el deseo de hacer una película con esos personajes y ese universo. Entonces paré el libro, que al final sale en junio próximo, y arranqué con la película

 

¿Cómo fue la experiencia de filmar sin guion?

Yo soy actor, y me tiran cada guion… Después viene el director y te dice que no le des bola. ¿Entonces para qué lo hacen? Quería buscar otra manera de hacer cine. Me parecía aburridísimo sentarme a escribir un guion con la ansiedad que yo tengo, pero sobre todo porque me parecía una locura darles un guion a personas que no son actores para que lo aprendieran de memoria. Iba a salir mal, iba a ser algo muerto, cuando yo quería una película que estuviera muy viva y que se sostuviera por esos seres. El espíritu de la película no cambió nunca, cambiaron algunos recorridos narrativos, pero eso que se palpita siempre estuvo ahí.

 

¿Cómo definís el espíritu de La noche?

Pasa por algunas decisiones fuertes en el sonido, en trabajar por fuera del cine convencional, sin luces de cine, con una sola cámara, con equipos reducidos, muchas veces sin sonidista. Lo que íbamos a buscar demandaba que fuéramos muy pocos para lograr la intimidad y la crudeza de la película.

 

En algunas entrevistas decís que tu objetivo era que la cámara sintiera lo que estaba pasando. ¿Cómo se logra eso?

Lo logramos con la cámara bien pegada al cuerpo, con esa cámara rabiosa que parece estar espiando. También con los fueras de foco y con la cámara siendo parte de lo que pasa. La directora de fotografía, Yarará Rodríguez, no podía irse a su casa sin que su cuerpo estuviera atravesado por la escena.

 

En la película tu personaje se va deteriorando a lo largo del relato, como acumulando el desgaste de lo que vive.

Más que degradándose, la idea era que el personaje se fuera rompiendo a medida que avanza la película. Quería un personaje que se defina por lo que está viviendo y no por su familia o el trabajo que tiene. En La noche no se sabe casi nada de él, pero no podía terminar igual que como empezó. Era difícil, porque yo no quería tener una mirada moral. ¿Se iba a morir, iba a tener una familia, iba a aparecer en el subte yendo a trabajar? Nada de eso era coherente con la película. Hasta que apareció ese final, que fue una de las primeras escenas que filmé.

 

El final es muy potente y también es muy jugado como recurso narrativo. Después de estar siempre adentro de lo que pasa, la cámara se aleja por primera vez.

Fue una decisión muy fuerte. Los vas a ver, vas a palpitar con los personajes, pero ese final era algo de ellos, había que quedarse afuera. La cámara queda por detrás del vidrio. Es hermoso. El gran trabajo de La noche es que se corre de los prejuicios y no tiene una mirada moral frente al universo que retrata. El final es consecuente con eso.

 

La película hace visibles a algunos personajes de la ciudad de una manera en la que generalmente no son mostrados.

Me dicen que la película es fuerte, que es larga. Fuerte es ver todos los travestis que matan, a los pibes cagándose de hambre en Microcentro. Hay directores amigos que me dicen que el cine argentino no está preparado para mostrar pijas en el cine. Me parece ridículo, de un contexto cultural retrógrado. Lo que es fuerte es el alma destrozada de esos seres, su soledad. Eso me parece fuerte, y no las escenas de sexo de la película.

 

¿Cómo fue dirigir a no actores?

Era muy importante que yo tuviera un vínculo de confianza, muy honesto, con ellos. Tenía que crear ese vínculo para que confiaran en mí y en mi mirada, y de esa forma accedieran a las barbaridades que les pedía. Tenía que estar muy conectado con ellos para ver cómo podía meterlos en la actuación y que eso se ficcionalizara. Lo que más me interesaba explorar era eso: cómo crear una ficción sin actores. Entonces vi mucho Cassavetes, mi gran referente, que trabajó con sus amigos en lugares hostiles. En La noche me encargué de que todo fuera hostil. Había algo de esa hostilidad que nos colocaba en un lugar muy vivo para poder crear la ficción. Me seducía hacer lo que hacía Cassavetes, que dirigía a sus actores desde adentro.

 

Entonces, aunque no había un guion, las escenas estaban planificadas.

No teníamos plata, algunos lugares eran muy hostiles y muchas escenas las hacíamos sin permiso en unos horarios rarísimos. La gente estaba cansada, no cobraba. Por respeto a todo eso yo, como director del equipo, tenía que tener muy en claro hacia dónde íbamos. La película siempre la tuve en mi cabeza. Las escenas estaban construidas muy claramente, los actores tenían pautas que debían seguir: partíamos de acá y teníamos que llegar hasta allá. En el medio se buscaba un material que yo dirigía desde adentro.

 

También se juega con esa ambigüedad de hasta dónde llega la ficción.

Muchos creen que esa es mi vida. Ahora de repente voy a una fiesta y me dicen: “¿Dónde está la joda?”. También dicen que en La noche todos hacemos de lo que somos. Eso me parece muy facho contra nosotros. Es denigrar la película. La noche nace de mi experiencia. Estamos actuando y no actuando. Esa es la gran trampa y lo que amo de la película. Actuamos en todo momento, hay cámaras, sonidistas. Todo está ficcionalizado. Durante años me encargué de manipular a la gente que aparece, en un buen sentido, para lograr eso. Y ahí está lo político de la película: mostrar a estos personajes que son tan reales, que nadie quiere ver y que conviven con esta ciudad en la oscuridad. El alma en pedazos de ellos es más fuerte que todo lo demás.

 

Parte de la experiencia de la película es vivir los excesos hasta sentir una especie de saturación.

Yo lo pensé así, que haya tanto sexo para que en un momento deje de sorprenderte. Tanto la cocaína como el sexo son elementos narrativos de ese universo, pero hay un momento en el que llega a ser asqueante. El otro día uno me dijo: “Che, sentí el olor a merca”, y yo dije: “¡Vamos, todavía, esa era la idea!”.

 

¿Cómo vivís las reacciones de la gente hacia La noche? ¿Hubo alguna que te haya chocado?

A mí lo que me choca, sobre todo del que me conoce, es algo en el dejo de la mirada como diciendo “¿qué hiciste?”. A muchos les parece una locura que me haya filmado teniendo sexo. Yo me entregué a la actuación y esas escenas le dan crudeza a la película, la hacen honesta. Entiendo que el material es fuerte, no me voy a hacer el ingenuo, entiendo que la película tiene una trampa. Pero se supone que la gente sabe que es una película, podés venir a darme un abrazo o decirme que te pareció mala. Pero siento algo cultural en lo que les pasa a algunos en el cuerpo y en la mirada. Salta la moral y el prejuicio de cada uno. A veces entro en las funciones para ver qué le pasa al espectador. Las reacciones son millones, pero hay una que se repite en las escenas de sexo: la gente mira hacia el costado para saber si el de al lado lo está mirando. Quieren saber si el otro los está observando mientras miran las escenas de sexo. Eso me parece muy fuerte.

 

¿Cómo va a ser tu próxima película?

Voy a filmar a mi familia, que vive en Chubut. Quiero hacer una película de una temperatura similar a La noche pero con ellos. Me voy a encerrar quince días con mi papá, mi mamá y mi hermana. Mis hermanos harán de extras en algún asado. Quiero filmarlos e investigar cómo dentro del núcleo familiar cada uno vive su propia soledad. Voy a ser el único actor. Quiero hacerlos actuar, que sea algo crudo. Se va llamar Familia. Tengo un cagazo… Mucho más que con La noche.