Perro Ataca Emo

¿Cómo nos aproximamos a una nueva película de Tim Burton? Después de los engendros Alicia en el país de las maravillas y Sombras tenebrosas, con trepidación, con sudor frío, con pánico y sobre todo con el corazón roto.

Reseña publicada en la edición impresa del número de noviembre de 2012.

 

Burton fue siempre un esteta mucho más que un narrador, un preciosista con un grupo bastante limitado de intereses antes que un maestro compositor. Pero esto pasó bastante desapercibido mientras utilizaba una particular combinación de entusiasmo y temas ligeramente olvidados (monstruos clásicos, Edward Gorey, cómics) y mientras, su estética de líneas oscuras, de carbonilla, de niños con ojos grandes que viven solos en casas victorianas, de monstruos grotescos y patéticos, tomaba forma.

Una vez que Burton logró el estado cero de su estética, todos los detalles simpáticos y asombrosos coagularon y se volvieron manierismo y repetición. Burton es, claramente, un tipo que consiguió lo que quería y no tiene empacho en repetirlo con guiones cada vez peores, actuaciones más afectadas y el financiamiento de quien en algún momento lo echó de su casa dorada de panqueques y malvavisco: Disney.

La parábola que lleva a Burton de ser un joven animador con grandes pelos expulsado de la casa del ratón, a convertirse en uno de sus niños dorados, está teñida de tristeza, patetismo y revancha. Así llegamos a Frankenweenie. En su momento, fue un corto de 30 minutos por el cual Burton fue despedido de Disney por considerar que “desperdiciaba recursos de la compañía y era demasiado oscuro para los niños”. Hoy es una película stop motion con distribución mundial y, seguramente, muñequitos. Es difícil no imaginar a Burton sonriendo de forma torcida ante sus antiguos maestros.

Lo bueno de Frankenweenie es que, por alguna alquimia extraña, logró mantener el espíritu de una película de Burton de 1984 o, mejor aún, de una película de Burton de 1994, antes que imbuirse en la exageración rococó y el sopor de sus últimos films. La historia es conocida para todos aquellos que vimos el corto original o, directamente, tenemos una familiaridad con Frankenstein: un niño extraño y taciturno llamado Víctor revive a su perro mediante el poder de la electricidad, los problemas se suceden. Esto hace que la primera media hora sea un poco aburrida, ya que sabemos más o menos exactamente lo que va a suceder. Pero luego la película, gracias a los compañeros de Víctor, un grupo encantador de niños con voces de lunáticos, se diversifica, crece en direcciones previsibles siendo Burton (es otro homenaje a la época dorada de los monstruos de cine) pero tomadas con el encanto caótico de quién no busca moraleja. Es una película que dura lo justo y cuyo tópico (la relación de un humano con su mascota) es tan cercano al corazón de cualquier persona de bien que es muy difícil no emocionarse al menos en un par de ocasiones.

Como decíamos, parece traída de otra época, en la cual a Burton no le interesaba de qué manera incómoda podía maquillar a Johnny Depp, sino sólo contar una historia. Es de una época en la que todas sus películas parecían ser la lenta reconstrucción de su soledad infantil y un intento por encontrar nuevos interlocutores. Una época antes de que cientos de chicos y chicas emo tuviesen a Jack en sus morrales y a Edward Scissorhands en sus tatuajes, generando esa sensación mortal en cualquier cineasta de ser comprendido. Podría entrar perfectamente entre Ed Wood (la única Obra Maestra, así, con mayúsculas, de Burton) y Mars Attacks (ese volcán de risas oscurísimas).  Hasta está Martin Landau en un papel que es el sucesor espiritual de su desgarrador Bela Lugosi.

Nos recuerda que a Burton en algún momento le importaba su cine con todo su corazón. Y no sabemos si esta memoria en forma de película es algo feliz, como reencontrarse con un viejo amigo en la calle, o algo profundamente triste, como recordar a alguien que ya ha muerto.