Reconstrucción de un horror

Basada en los disturbios raciales ocurridos en los años 60 en Detroit, la nueva película de Kathryn Bigelow centra toda su tensión en un hotel donde la tortura y el abuso de poder se adueñan del relato, y elige a la violencia y la injusticia como sus protagonistas.

Kathryn Bigelow tuvo que esperar mucho, mucho tiempo hasta lograr el reconocimiento. Su primer largometraje, The Loveless, es de 1981, y recién en 2008 con The Hurt Locker pudo obtener el respeto y prestigio que merecía como directora. Mientras tanto, hizo una carrera con varias joyas, siempre dentro del sistema pero sin conceder (o al menos no mucho). Cuando recibió el Oscar a Mejor Película, lo hizo ganándole a Avatar, de su ex marido James Cameron, lo que seguramente tuvo un sabor extra. Zero Dark Thirty, su primera película “ya consagrada” (por decirlo de alguna manera), fue una película sumamente compleja, que demostraba que Kathryn estaba lejos de dormirse en los laureles, eligiendo un tema sensible para su película más política hasta la fecha. Si bien no fue recibida con tantos elogios como su predecesora, esto se debió más a posiciones ideológicas que a valoraciones cinematográficas; la película es una joya del thriller político.

Casi cinco años tardó Kathryn en regresar con otro film. Detroit se basa en los eventos que ocurrieron en 1967 en el Hotel Algiers durante una revuelta en la ciudad titular. Mientras parte de la población afroamericana se descargaba en las calles con violencia ante un sistema injusto, un grupo de adolescentes, todos también afroamericanos, fueron detenidos en el hotel durante varias horas por agentes de las fuerzas de seguridad. Sin entrar en spoilers para la película, el resultado fueron varias muertes nunca del todo explicadas.

Bigelow reconstruye el evento basándose en los relatos de los involucrados y narra la situación en su integridad, desde el comienzo de las manifestaciones en la ciudad hasta los desenlaces legales, en la que seguramente sea la peor de sus películas. Esto no se debe a valores de producción o capacidad de los artistas. La ambientación está lograda, los ritmos son correctos. El elenco posee a varias caras conocidas, como John Boyega (Finn de las nuevas Star Wars), Anthony Mackie (el amigo volador del Capitán América, que también estuvo en The Hurt Locker) y Will Poulter (The Maze Runner, The Revenant). John Krasinsky, el de The Office US y Zero Dark Thirty, pasa también brevemente a saludar. Todos están muy bien en sus roles, dentro de lo limitado de las posibilidades.

El problema de la película son las certezas de Bigelow. El horror y la injusticia del evento es algo claro, nadie duda de eso. Esto lleva a Bigelow a construir un relato sin matices, donde la certidumbre de la culpa y la indignación se imponen sobre la narrativa. Parada firmemente en la necesidad de su discurso, hace lo peor que puede hacer un artista: un panfleto. Quizás un documental hubiese sido el camino correcto, pero ya es tarde. Bigelow construye personajes unidimensionales, meros avatares de su posición frente al asunto, que por más que sea la correcta no valida la simpleza de sus trazos. Los agresores son monstruos irredimibles o idiotas manipulables, seres detestables desde donde se los mire. Este es un facilismo imperdonable. Pero más injusta es Bigelow en su representación de las víctimas. Los jóvenes afroamericanos que protagonizan el film tampoco son verdaderas personas. No son realmente individuos ricos con vidas complejas, solo son definidos por las acciones que se toman hacia ellos, solo existen en relación con las injusticias a las que son sometidos. Esta es una segunda injusticia, el recuerdo de sus existencias como secundarias, como instrumentos utilizados para la exposición de un discurso que, a pesar de ser necesario hoy en día, no sirve al ser expuesto en estos términos.

La duda, ese otro nombre para la inteligencia, es siempre un valor necesario en la obra de arte. Bigelow, que siempre supo manejar con maestría los grises, la abandona por vez primera, en una película que solo posee certezas y quiere exclamarlas a viva voz. En una entrevista, definió a la película con el peor adjetivo que se le puede dar al arte, una señal siempre confiable de que lo que vamos a ver va a ser una cagada: la describió como “necesaria”. Lamentablemente, justo por esta convicción, es su primera película verdaderamente irrelevante.

 

Detroit: zona de conflicto

Detroit

De Kathryn Bigelow

2017 / Estados Unidos / 143’

Estreno: 1 de febrero (Digicine)