Un lugar en el mundo

La última temporada de películas originales de Disney cambió el concepto de que la papa estaba en Pixar. En sintonía con Frozen y compañía, Moana reafirma al estudio del ratón como uno de los grandes del momento en términos de animación.

Las películas animadas de Disney vienen por cosechas. Cada tanto se desconectan del público y sus films pasan sin pena ni gloria, pero siempre llega alguna oleada para revitalizar los estudios. Hay películas buenas sueltas en el medio, pero a grandes rasgos hay tres grandes épocas. Dos con Walt al mando: la original, a comienzos de los años 40 (de Blancanieves a Bambi), y otra a comienzos de los 50 (de La Cenicienta al El libro de la selva). La tercera llegó durante los tempranos 90, de La sirenita a El rey león. Y de momento, posiblemente desde Ralph el demoledor, estamos en la cuarta. Estos últimos años, el estudio de animación de Disney regresó a pegar varios éxitos, incluso superando, en comparaciones cualitativas, a su otrora competidor, Pixar. Mientras los del velador parecen estar atrapados en secuelas meramente por el vil metal y en premisas que se agotan enseguida (te estoy mirando, Intensa-mente), con solo un gran film ocasional (la extraordinaria Un gran dinosaurio), Disney viene en una buena racha ininterrumpida. Frozen, Big Hero 6 y Zootopia demostraron que el castillo no tiene a Walt (que no está congelado, no sean opas) pero sigue pudiendo encontrar su camino. Cada tanto.

Como en Frozen, Moana, basada en los mitos de la Polinesia, retoma el cuento de princesas con enfoque renovado. Moana es la heredera al liderazgo de una pequeña isla aislada del mundo. Una de las ventajas del film es el compromiso por involucrarse en serio con el material que lo inspira. El pequeño mundo es retratado con detalle, no meramente en lo visual, sino con un espíritu jovial y relajado que inunda todo el film. El universo que habita Moana es uno, sobre todo, distendido, más allá de los conflictos necesarios para toda trama narrativa. Tan es así que la película puede permitirse una especie de Deus Ex Machina literal, un Dios del Mar que directamente empuja a la protagonista al relato sin excusas. Las canciones (obvio que hay canciones) también aportan a esta inmersión, compuestas en parte por Opetaia Foa’i, músico neozelandés fundador de la banda Te Vaka, que se dedican a un género que llama South Pacific Fusion. El otro colaborador musical de Moana es Lin-Manuel Miranda, creador de Hamilton, el musical moderno más importante e innovador. Esta combinación aporta al film un soundtrack particular, mucho más cerca de Broadway que de otras películas de Disney. Particularmente notable es la secuencia de Tamatoa, un cangrejo gigante que canaliza al incomparable David Bowie. Con la voz a cargo de Jemaine Clement, que ya supo “hacer de Bowie” en Flight of the Conchords (“Bowie’s in Space”) y Rick & Morty (“Goodbye Moonmen”), la escena es el mayor despliegue visual y musical de la película.

Los directores de Moana, John Musker y Ron Clements, son veteranos del estudio: son los mismos que dirigieron films como La sirenita, Aladdin y Hércules. Aunque el relato no se separa nunca de fórmulas conocidas, ambos saben recorrerlas con encanto y humor. Y sí, no siempre dan en el clavo, principalmente en la inclusión de una gallina insoportable que repite el mismo chiste durante todo el metraje. Pero al entregarse con ímpetu al espíritu aventurero y gozoso del film salen triunfantes. La elección de Dwayne “previamente The Rock” Johnson para la voz de Maui es fundamental: es un actor que sabe combinar cierta joie de vivre con un ego descomunal y lo mantiene a flote a puro carisma. Pero el gran acierto es Moana (voz de la novata Auli’i Cravalho), una princesa que reniega de su rol heredado sin que la película se vuelva contra el rol tan identificado con Disney. Moana sueña con la aventura y el mar abierto; el sedentarismo le duele, la sofoca. Como todo personaje de Disney, Moana debe encontrar su lugar en el mundo pero, como nunca antes, lo busca activamente, con total conciencia de su necesidad. Esta conexión con su tiempo, con un público lleno de incertidumbres, la destaca de sus pares.

Con falencias y todo, Moana es una película sobre tiempos que cambian, sobre cómo se puede avanzar sin necesariamente perder lo que se tiene. La búsqueda de su protagonista, su potencia y su peso, viene de esta audacidad por descubrirse a sí misma ante todo. Y de tampoco hacerse tanto drama, que al final todo es un juego y hay que disfrutar. El tiempo pasa y las caras cambian, pero la enseñanza final es la misma: Hakuna Matata.